– Es la que me limpia la casa. La conocerás el martes, vaya infierno con ese crío, de bebé se meó en mi cama. ¡Para no hablar de cuando empezó a gatear! Se metía en todas partes, mis papeles y mis libros siempre tenían migas de galletas… ¿Tú que opinas? De los niños, quiero decir. Supongo que soy abuela, pero hace tanto tiempo que no trato con… ¿Cuántos años tienes tú, Rosa? Anoche estaba pensando… ¿cuántos años puede tener esta chica? ¿Veintitrés? ¿No? ¿Cerca de los veinticinco? Siete… Dios mío.
Una mujer con su cabellera de oropel al sol se apoyó en un bastón para dejarlas pasar. Un hombre maduro con la barriga desparramada sobre los téjanos hizo un gesto con la pipa; la chica, con una sonrisa de persistencia oriental, mantuvo alejado del coche a un perro de aguas que retozaba a su alrededor sujeto de la trailla: la conductora saludó a todos con la mano sin mirarlos.
– Tu habitación está en lo alto y te advierto que tendrás que subir muchos escalones… pero tiene terraza, en realidad es la azotea de la casa vecina pero me autorizaron a restaurarla. Pensé que te gustaría salir al despertar por las mañanas. A tomar el sol, lo que quieras. Lejos de mí o de cualquiera, un lugar personal. Aunque si lo prefieres puedo dejarte el cuarto más pequeño del primer piso. Bien, ya verás… un embrollo de casa como las demás, toda la aldea es una conejera, cada una está construida contra la siguiente, si mis cañerías no funcionan tengo que ir a la casa vecina para descubrir la fuga… Debes decirme si prefieres instalarte abajo. Pero la habitación que te ofrezco es contigua a la mía; a mi no me importa, pero quizá tu… claro que podríamos cerrar la puerta de comunicación, por supuesto. La de arriba es la que usaba Bagnelli cuando estaba en casa… Debo decirte que murió hace cuatro años. Fueron quince años. En realidad nunca nos casamos, pero todo el mundo…
El coche frenó bruscamente, un antebrazo bronceado con manchas color té se estiró para impedir que Rosa cayera hacia adelante.
– ¿No te lo dije? ¡Ya estás aquí! El día y la hora que corresponde. ¡Puros nervios! ¡En qué estado se encontraba Madame Bagnelli por tu llegada! Tuve que correr tras ella con los huevos que se dejó esta mañana en la épicerie. A mí no me pareces tan impresionante -una voz de hombre con la precisión de un vicario de teatro inglés, y una larga cara imberbe bajo una visera con galones de capitán inclinada hacia la ventanilla.
– Sí, sana y salva… Rosa Burger, Constance Darby-Littleton. ¿Piensas subir la colina a pie?
– Por supuesto que iré andando. Es mi paseo higiénico. Creí que ya todos conocían perfectamente mis costumbres -hendiduras azul noche entre párpados hinchados, sin blancos ni pestañas, que pasaban de la conductora a la pasajera como los ojos mecánicos empotrados en esos relojes antropomórfícos. El coche pasó al nivel de sus pechos de matrona caídos bajo la camisa a cuadros.
En un aparcamiento cavado debajo de los árboles, un Baco joven y gordo, con botas camperas manchadas de cemento, saltó de una furgoneta cargada con tejas y marcos de ventana rotos.
– Madame Bagnelli -voces altas e indignadas, risas; no era necesario dominar el idioma para deducir que eran un trabajador y una clienta que reanudaban una larga disputa.
– ¡Vino y no pudo entrar! ¡Qué le vamos a hacer! He pensado tantos días para nada… Ahora no lo veré en seis semanas y después de una docena de llamadas telefónicas. Tiene que poner un suelo en mi cave, mejor dicho en el hoyo de basura que con un poco de suerte llegará a ser una cave. Se llevará todo lo que encuentre allí.
Retuvo el coche con el embrague en lo alto de la espiral donde el camino se bifurcaba ante una muralla. El castillo mostraba ondulantes gallardetes de naciones no identificadas. El coche se anunció con un alegré bocinazo de advertencia al doblar a la derecha. Se aproximaron unas mechas grasicntas y un bello rostro de enamorado.
– Madame Bagnelli -el hombre separó tres cartas de la saca de correspondencia y se las entregó; se dieron las gracias mutuamente, como si lo hicieran por el placer de hablar su idioma.
Rosa Burger fue presentada por un nuevo nombre, con el acento en la última sílaba: la amiga -¡llegada desde África!- que recibiría su correspondencia en este domicilio.
El coche giró después de dejar atrás al cartero, hacia un pequeño callejón con pendiente que subía hasta terminar en dobles puertas tachonadas que bloqueaban el paso; estuvo a punto de apearse para abrirlas por primera vez hacia la casa donde le dijeron que dormiría, escaleras arriba, en una habitación con terraza: por el momento no había nada detrás de ese portal con su botón del timbre y la tarjeta debajo de una ranura de plástico, Bagnelli.
– ¿Cómo la llamo?
– ¿Que cómo me llamas?
– ¿Debo llamarla Madame Bagnelli o…? -se llamaba Colette, «Colette Swan». «Colette Burger.»
La mujer apoyó los brazos en el volante y de repente se relajó, volvió la cabeza con una expresión de astuta complicidad voluptuosa, encerrándose en la pregunta tímida e intrascendente como una forma inerte pero electrizada que podía cobrar vida con un contacto.
– Katya. Llámame Katya y de tú.
En la puerta había un enorme girasol seco en forma de estrella fugaz y una nota pegada con celo. MADAME BAGNELLI URGENTE y signos de admiración, todo subrayado. La puerta se arrastró chirriando sobre el patio empedrado, un olor a humedad fría y un perfume jamás olido. Cuando la puerta se abrió de par en par y entró la maleta, rozó la cara de Rosa Burger: lilas, auténticas lilas europeas.
– Bla-bla-bla; bla… esto puede esperar. ¿Por qué demonios debo telefonear nada más llegaré -la nota voló hasta un cesto de paja-. ¿Quieres subir directamente? No… Entonces dejemos todo por aquí. Tengo un poco -atmósfera multicolor, frondas fuera de foco y un horizonte marino que se balanceaba en los paneles de cristal irregulares-, sólo un poquitín de algo preparado -la puerta de cristales se abrió de golpe, la recién llegada salió a una frondosa repisa de sol, ofrecida al mar de mediodía entre el cielo y terraplenes de pequeños árboles oscuros decorados con naranjas. Olió a gatos y a geranios. Las primorosas villas de juguete de los muertos en un escarpado cementerio atraían sobre sus fachadas la luz que despedía el mar. La sintió en las mejillas y en los párpados. Vi… vio una grieta en un recipiente blanco, que en realidad era una fila de hormigas, un diminuto bote que hacía una muesca del tamaño de una uña en las aguas, vio la vena varicosa serpenteando en la corva de la ex bailarina cuando dejó sobre la mesa la bandeja con la botella de champagne en un cubo.
Bebieron apoyadas en la balaustrada, grandes espacios de mar abierto que absorbían el ventoso tartamudeo de las motos y el zumbido de los engranajes de camiones, música y voces entremezcladas, desde otras terrazas y balcones. De vez en cuando llegaba un tintinear a Rosa Burger: una vez la repentina carcajada burlona de un hombre, el ladrido de un perro que tiene a un gato acorralado, el grito de una mujer llamando a alguien que se alejaba en coche. Todo chocaba suavemente contra ella; la palma de su mano sintió el frío inane de la copa y su lengua el frío vivo del vino. Se sentaron en sillas inclinadas, con los pies en la balaustrada, entre cascadas de geranios y adormiladas plantas crasas con grandes abejas europeas a rayas. La mujer bajó el talón de las alpargatas y pasó el arco de su pie descalzo sobre la cabeza y el lomo de un gato de la isla de Man. (No es mío pero le gusto más que su dueña.) Una vez fuera de las botas, los pies de Rosa se sintieron libres de opresiones y marcas; se arremangó los téjanos hasta la rodilla. La mujer le estaba contando la historia de la aldea, con la satisfacción de quien se proyecta a sí mismo en la impresión que debe causar a quien nunca ha visto nada parecido.