– Igual que ese gato, Didier. Viene a buscar golosinas y se larga con paso majestuoso.
Volvió a abrazar a las mujeres, meciéndose graciosamente de una a otra. Se despidió de la chica en un inglés empleado a la manera indiferente de un idioma habitual, aunque con marcado acento francés y ligero acento norteamericano.
– ¿Cuándo volverán?
La voz llegó antes del portazo:
– ¿Cómo puedo saberlo?
– ¡Qué travieso! ¿Por qué estás enfurruñado? -gritó Madame Bagnelli descaradamente, riendo fuera del alcance de su oído.
Hizo piruetas y brincó, se abalanzó sobre la mesa y recogió los platos vaciando abejas y restos de vino entre las jardineras. La francesa se fue. Limpiaron los restos de comida, rezagándose en el fresco salón para hablar, la voz de Madame Bagnelli revoloteando sin cesar desde la nevera, en la cocina o repentinamente sentada en un pequeño sofá, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, en una postura de ballet. Su huésped había abierto la maleta para sacar los regalos que forman parte del ritual de los viajeros. La chica los observó con gran cuidado ahora que habían encontrado a su destinataria. Elecciones impersonales para una desconocida, podían dar la impresión de ser para cualquiera, regalos de aeropuerto intercambiables que ella misma había recibido todos los años que permaneció en el país. Sólo uno sugería a un ser imaginado, la afirmación de una relación que podía no existir o no ser bien acogida: un collar de dos vueltas, de carretes de madera hexagonales, finamente tallados, separados por abalorios baratos, comunes y corrientes.
La mujer lo observó, arrollado en sus manos; miró rápidamente a Rosa Burger, otra vez al collar, separó un abalorio de un carrete.
– Veremos con qué están ensartados. Cómo se llama… esa palmera… Hala. Hebras de hala torneadas haciendo rodar las fibras arriba y abajo en el muslo desnudo. He visto cómo los hacen, ¡Mira, no es algodón! Hala -se enorgulleció al verificarlo, se identificó a sí misma-. Y la madera… no me lo digas, espera… -la hija de él estaba allí, delante de ella-. Tambuti. ¿Sí? ¡Esa fragancia! Es Tambuti.
– Creo que sí. Son las cosas que usan las mujeres hereras. Hay una tienda… muy rara vez se encuentra algo.
– Nomihi. Ya ni siquiera los afrikaners la llaman Sudoeste, ¿no? -se paseó por el salón estudiando la disposición de una extraña cabeza de Cristo sobre cuero repujado con dorados escamosos, con ojos rasgados de mirada fija; un cuadro en el que se veía a una chica desnuda con una anguila u otro monstruo marino mutilado a su lado; una enorme llave de hierro; mellado por la edad y un antiguo fervor que lo había separado del todo, un fragmento de un rígido santo de madera que levantaba su mano plegada y con un dedo en posición vertical sobre la chimenea. Colgó el collar del brazo de un portavelas ahora marmóreo con su lava de cera-. Mientras no lo use quiero gozar comtemplándolo.
– Fue anteayer. Pensé que te gustaría… -Rosa Burger vaciló antes de deshacerse del periódico sudafricano junto con las envolturas arrugadas, el mismo que asomaba de su bolsa cuando la mujer la divisó.
– Dios mío. Tantos años… -Madame Bagnalli se hundió en el asiento, dejando el diario al alcance de la mano-. La misma cabecera… En la cocina encontrarás un par de gafas. Probablemente en el estante donde está el molinillo de café… encima de la nevera o dentro de la nevera. A veces saco algo y las guardo sin… -se burló de sí misma llevándose un dedo a la sien-. Todavía estabas allá. Apenas anteayer -miró a Rosa Burger como a alguien en cuya existencia no podía creer. La hija de él inclinó lentamente la cabeza: estaban juntas-. ¿Es la primera vez que sales?
La cabeza floja, abriéndose camino, apartándose en la suave confusión del vino que había originado todo eso.
– Nunca.
– Por supuesto. Nunca.
– Y tú nunca volviste.
La mujer apretó los codos contra el cuerpo, se meció amorosamente, los puños juntos bajo el mentón, el periódico caído.
– No me habrían admitido. Nunca.
Se levantó de un salto sobre sus pies de planta ancha; su equilibrio y su agilidad contradecían su corpulencia.
– ¿Podemos hacer diabluras? Tendremos que subir la escalera colgadas del rabo, como los monos.
Apenas había lugar para que pasara entre pared y pared, con una gruesa cuerda sedosa, un accesorio teatral, bordeando una de ellas en vez de un pasamanos. Mientras la guiaba iba explicándole cómo extraer alguna excentricidad al grifo de agua caliente del cuarto de baño; resollaba alegremente.
En lo alto había una habitación con diferentes matices de luz. La claridad rebosaba contra el techo; más abajo, diseños y formas apenas definidos. Un gran jarrón con lilas, aroma a melocotones vellosos en un cuenco, un espejo sin brillo, baratijas femeninas en frascos, cepillos, una pequeña pantalla de tafetán con encajes para las intimidades sociales, una silla larga de mimbre para leer poesía y revistas elegantes, una cama baja y amplia para recibir a un amante. Era una habitación preparada para una persona imaginada. Una chica, una criatura cuyo sentido de la existencia se centraría en su nariz enterrada en flores, zumo de melocotones chorreando por la barbilla, la cara cuidada en espejos, la mente ensoñadoramente dispersa, el cuerpo buscando placer. Rosa Burger entró, yendo hacia la posesión de esa imagen. Madame Bagnelli, sonriente, halagadora, notó que su invitada estaba un poco achispada, como ella.
De haber sido negra, al menos mi color habría indicado que provenía de África. Incluso a trescientos años de distancia, que era una negra norteamericana, pero allí nadie podía saber de dónde vengo, Nadie en París… excepto mi prima, naturalmente. La hija de tía Velma y tío Coen con quien comparto el nombre de nuestra abuela. Ella estaba en París vendiendo naranjas sudafricanas en alguno de esos edificios que se ensanchan como una proa desde las estrechas perspectivas donde se unen dos calles en forma de V, la única noche que di un paseo. Podría haber buscado la dirección de la junta de Frutos Cítricos en el listín. La boerevrou [ama de casa granjera. (N. de la T.)] con el broche que indicaba cuál era su grupo turístico y que iba a mi lado en el avión, observó mientras charlábamos en nuestro idioma que es lamentable que los afrikaners no viajemos más. Pegados a la tierra, dijo. Es cierto, por una razón u otra. Ella a los cuarenta y tres (me confesó) y yo a los veintisiete (me lo preguntó) íbamos a Europa por primera vez.
Sabía a través de los libros y de conversaciones con gente como Flora y William que me encontraba en el barrio donde iban los turistas porque allí habían vivido pintores y escritores del siglo diecinueve cuyas vidas y obras se popularizaron románticamente. Ahora miles de estudiantes parecen ocupar sus cuartuchos de hotel y guaridas; rubios y gitanos en un alarde de probreza que los pobres se empeñan en ocultar, van con sus botas de pescadores o descalzos entre la multitud, mientras en la granja de tío Coen la gente guarda los zapatos para los domingos. Chicas y muchachos cuya época es la mía, discuten a fondo sus vidas con la misma naturalidad que los relojes hacen tictac, pagando diminutas tazas de café al precio de una bolsa de harina de maíz, bebiendo vino ataviados como guerrilleros que sobreviven en el monte con un vaso de agua por día. Sombrías escaleras, pequeñísimos balcones inclinados, infinitos palomares de buhardillas casi todas a oscuras: todos están en la calle. Caminé por donde ellos caminaban, giré donde ellos giraban, acompañando a éstos o a aquéllos durante unos metros o una manzana. Se encontraban y besaban, se besaban y se separaban, comían delgadas crepés hechas en un puesto resplandeciente como una fragua, compraban periódicos, se pavoneaban para ligar. Si bien los estudiantes no siempre son reconocibles, sin duda había otros que se vestían como si lo fueran, e incluso otros que deseaban que los tomaran por la idea que tenían de cómo eran los modelos, actores, pintores, escritores, directores de cine. ¿Cuáles eran empleados y cuáles camareros en sus horas libres? No podía saberlo. Sólo los putos profesionales, maquillados y lo bastante altivos para estremecer e intimidar a los clientes en perspectiva, son lisa y llanamente lo que son: hombres que conservan la insignia sexual de lo femenino, criatura extinta en las preferencias de los suyos. Uno se paseaba arriba y abajo delante del café donde yo estaba sentada con la bebida que había pedido. Usaba un abrigo largo de ante color verde suave, abierto en su diagrama desnudo y rodeado por un cinturón plateado, con su rostro de una belleza inhumanamente estilizada en la expresión de un ser mitológico. Si yo hubiera sido hombre me habría acercado sólo para ver si de su boca salían palabras como las de cualquier ser común y corriente.