Supongo que para ellos el nombre te sitúa vagamente entre los rusos blancos. Como el viejo Ivan Poliakoff, cuyos cuentos de amor dactilografías a cuatro francos la página. Cuando lo conocí, estando contigo en la aldea, me besó la mano levantada en una de las suyas, tan frágil que sentí bombear la sangre lentamente a través de las venas. Pregunto de qué tratan sus relatos. Es tan anciano que resulta inimaginable que recuerde cómo era… el amor, el sexo. Me dices que le has sugerido que escriba historias románticas acerca de las aventuras de condes y condesas, aristócratas rusos, utilizando el escenario de las grandes propiedades campestres donde pasó su infancia.
– Al menos el ambiente sería algo que conoce. Pero no, sus personajes son hinchas a las que ligan actores del cine norteamericano en el Festival de Cannes, o adolescentes heroinómanos que son salvados por devotos cantantes pop. El cree haber aprendido el vocabulario en la tele… es inútil, así salen sus manuscritos. ¡Después espera que yo baje mi tarifa a tres francos!
Aquí la gente ignora que estoy tan alejada de la vida joven que pupula alrededor del Festival de Cannes como del anciano conde ruso que no quiere confesar su edad.
– ¿Qué es un hincha?
Las quejas de Katya sobre Poliakoff se transforman en una representación que improvisa en medio de nuestras risas.
– Mira qué letra. Se necesita un experto en códigos para desentrañar y diferenciar sus G de sus E… un cortaalambres y una lupa. ¿Podéis creerme? Sus B son como esas anticuadas paletas para alfombras… y para colmo escribe en la cama, de noche, después de ponerse emplastos en la cara. ¡Tendríais que verlo! Todas las páginas con manchas de leche de pepinos o yogur y yema de huevo o lo que se le ocurra inventar. A veces yo misma agrego una oración de relleno, «Delphine esnifa cocaína en el viril sobaco de Marcel», y él no nota la diferencia… aunque con toda probabilidad ve que he mejorado la cosa y es demasiado celoso para reconocerlo.
– Sea como fuere, ¿qué es un hincha?
– Una de esas chicas que siguen a los cantantes y actores. Que les arrancan la camisa. O que se limitan a idolatrarlos con la mirada fija… el elenco de Ivan.
Río con su Katya como las adolescentes en la escuela, que estaban en esa etapa mientras Sipho Mokoena nos mostraba a Tony y a mí el agujero de bala en la pernera de sus pantalones y yo corría de un lado a otro para visitar la cárcel, la primera cárcel, donde estaba mi madre. La cabeza de Cristo con aspecto oriental que está a medias pintada y a medias estampada en cuero es un regalo de Ivan Poliakoff: el primer icono que he visto en mi vida. Me llevaste a una exposición de Cristos famosos prestados por el Hermitage de Leningrado; transmitían cantos gregorianos mientras pasamos toda la mañana contemplando la cara del pálido y atezado proscrito. Me dijiste que era tan hermoso que hasta podrías creer en él. En algunos ejemplares su corona de espinas estaba salpicada de gemas rojas que, supongo, representaban la sangre. Una pareja ataviada de beige y blanco, cuyas ropas de seda sugerían que eran usadas una vez y después tiradas, examinaban de cerca los rubíes y granates, en silencio, ella con un par de gafas de media luna, pasándose el catálogo entre sus manos suaves y pulcras como guantes nuevos de cabritilla, cargadas de oro. Detrás de nosotras venía un joven americano con un brazo en la nuca de su mujer, un bebé en un asiento que cargaba en la espalda y un niño de cinco o seis años tomado de la otra mano. Mostró al chiquillo la máscara cristiana que representaba el sufrimiento del mundo, de igual manera que las máscaras japonesas representaban diversos estados del ser en el teatro.
– Mira Kimmie, ése es nuestro Señor, probablemente mucho más parecido al verdadero que el hombre rubio y de ojos azules que te muestran en la escuela.
Después fuimos a nadar a una de las calas entre Antibes y Juan les Pins que los amigos de Katya consideran una reserva de su propiedad, guardando en secreto las dificultades y la forma insólita de bajar, pasando por lugares prohibidos y entre cubos de basura de restaurantes. Ahora yo podría guiar a cualquiera. Sumamos nuestro almuerzo al de Donna y Didier. Era la última vez, ese verano, que iríamos allí, dijo ella, los suecos y los alemanes llegan después de mediados de junio, habrá que ir a nadar mar adentro, desde el yate. Tiene una mente muy ordenada: los impulsos no dominan a esa mujer que puede hacer lo que le venga en gana. Deduzco de las conversaciones que navega hasta las Bahamas en noviembre, va a esquiar en enero y le gusta viajar a sitios donde no ha estado antes… Oriente o África, digamos, durante un mes a finales del verano europeo. Le sorprende que yo no conozca los países africanos donde ella ha ido para ver cacerías y visitar puntos de interés turístico. Me habla de ello y yo escucho con los otros europeos como Gaby Grosbois, para quienes África es una vocación que no pueden permitirse. No es posible saber qué edad tiene Donna… también es algo que ella ha determinado con todos sus recursos como bisnieta de un canadiense millonario gracias a la instalación de ferrocarriles, me dices: esta mujer de largo y ondulado pelo rojo claro estirado hacia atrás a partir de un rostro elegante y sin afeites, con un brillo alrededor de la boca y las mejillas bajas al sol, tiene el mismo tipo de antecedentes fronterizos que yo. Los Burger emigraban al Transvaal cuando su bisabuelo tendía vías férreas a través de territorio indio. Corresponde a un accidente de nacimiento, eso es todo, que una tenga un abuelo que ha elegido un país donde sus descendientes pueden volverse ricos sin dudar de sus derechos, o donde el patrimonio consiste en descubrir por una misma mediante qué estilo de vida debe ganarse el derecho de pertenencia cada generación sucesiva, si es que puede ganárselo. Supongo que se le ha decolorado el pelo. Incluso puede tener mechones blancos mezclados en su espesura y nadie lo notaría. Probablemente cuarenta y cinco o más, en otros tiempos una chica grandota y de cara sonrosada que aún conserva los hoyuelos en el paréntesis que rodea su sonrisa. A veces, cuando sigue lo que alguien le dice, descubre sus dientes sin sonreír, un amaneramiento semejante a un gruñido complaciente. Noto esta costumbre porque es la única señal de la intensa sexualidad que esperaría encontrar en una mujer que siente la necesidad de pagarse un amante joven. Tú y Gaby -Madame Bagnelli y Madame Grosbois- coincidís en que éste es el mejor que ha tenido; no es ningún «putito» (utilizas las inversiones despectivas de las amigas lesbianas) como Vaki el Griego, su predecesor.
¿Qué ocurrió con Vaki el Griego?
Yo hago preguntas inesperadamente, como un niño que aprende de la tradición oral. Estoy empezando a entender que existe cierto espectro de posibilidades dentro de la órbita de un orden de vida específico; se reproduce en habladurías, en conversaciones íntimas ante mesas donde sólo caben los codos en el fondo del bar de Jean-Paul, en bulliciosas discusiones en las terrazas de la casa de éste o del otro. Vaki el Griego se fugó a América del Sur con el director de una empresa electrónica alemana al que ligó aquí mismo, en la aldea, en la place; Darby fue testigo de todo y se lo contó a Donna después que el putito desapareció con el Alfa Romeo que estaba a nombre de él, por cuestiones impositivas de ella. Didier es derecho (no sé si eso significa que no es bisexual) y aunque con toda razón espera ser tratado generosamente, no parece un ladrón… ¡jamás!