– Cuando se vaya, se irá, eso es todo -aprueba Gaby, avalando las palabras de Katya.
Didier conoce su trabajo. Sabe cómo complacerlas, a todas vosotras. Cómo complacer a Donna, aunque esto puede requerir cierta habilidad: a veces prescinde de su compañía instalándose en la torre de marfil de su juventud, para recordarle su confinamiento, y en otras ocasiones es un asistente personal astuto y altanero que discute en el garaje los precios que le cobran por las reparaciones, que la acompaña a hablar con sus abogados. Sea cual sea la relación entre ellos, percibo que nunca están tan unidos como cuando los encontramos antes o después de una de sus sesiones con los abogados, compartiendo la misma preocupación a la manera en que otros amantes se acarician por debajo de la mesa. Y hay ocasiones, perfectamente cronometradas, en que lo veo volver sobre sus pasos hasta la habitación que estaba abandonando, como con cierta premonición del significado del momento, para besarla una vez, en la boca, sujetándola de los brazos con expresión grave. Ella nunca inicia el movimiento de acariciarlo en público. Este debe ser uno de los acuerdos tácitos entre ambos, quizá para salvar las apariencias delante de las demás mujeres. Por medio de algún instinto sano, él sabe cuándo debe hacer hacia ella el movimiento que ella no puede darse el lujo de hacer hacia él.
Su profesionalidad se extiende a mí. El y Donna intercambian conmigo el saludo en la mejilla izquierda y derecha, como hacen todos los demás desde que llegué a tu casa, pero no coquetea conmigo del mismo modo que con las mujeres mayores que Donna. Heterosexuales o lesbianas, todas pertenecéis a una categoría que no la pone a prueba. Ese es el código. Un día especialmente caluroso en que estaban pintando el yate de Donna, Didier decidió venir con nosotras a nadar en una de las playas demasiado contaminadas para ella. Katya, Madame Grosbois, Solvig: entre ellas tan a salvo de demandas como ellas mismas. Si intento describírmelo a mí misma en una sola palabra, es para etiquetarlo de precoz: un chico cómodo con preocupaciones que van más allá de una prueba y de un esfuerzo sostenido. Que te hagan rico es envejecerte, si eres joven. En la playa, ni la sexualidad de su cuerpo -el bulto de los genitales convirtiendo en un escudo el bañador blanco- era agresiva. La noruega se quitó la parte de arriba del bikini, Madame Grosbois exhibió una barriga arrugada y floja por los partos de años atrás. La presencia del cuerpo de Didier no os avergonzó. Empiezo a ver que en realidad el pudor es una función de vanidad. Cuando el cuerpo ya no es atractivo, una expresión de deseo, destapar los pechos y la tripa es sencillo; os tumbáis como perros o gatos viejos y agradecidos por el sol. Sin intención de escandalizar.
Nadamos por un mar sin olas, con matices azul eléctrico: Rosa, Didier, Katya. Tú hablabas, llamabas y te quitabas fragmentos de plástico flotando como si creyeras, al igual que uno de los primeros navegantes, que por allí hay un borde del mundo sobre el cual serán transportados, interrumpiendo el ciclo global mediante el cual te liberas de los remanentes. Te cansaste y empezaste a flotar; Didier y yo nadamos alrededor de un pequeño cabo internándonos en una franja de aguas profundas y tocamos tierra entre rocas, donde me corté el dedo gordo del píe con una lata de sardinas. Hilillos de mi sangre caían al agua; cuando saqué el pie, desde abajo de un párpado de piel chorreaba un dolor rojo. Salté sobre los guijarros. No me había dolido después de la primera punzada, en el agua, pero al aire me ardía. Examinamos juntos mi dedo gordo; sangre; el recordatorio de la vulnerabilidad, la vida siempre bajo la amenaza de derramarse. Una pequeña ceremonia de hermandad carnal, cada vez.
– Necesitamos algo para vendarlo -dijo muy serio.
Dos personas con un bikini y un bañador: no podíamos. Sonreí… sanaría en seguida, el agua lavaría la herida cuando volviéramos nadando.
Debo mantener el pie en alto para invertir la circulación. Dije que no, no, estaba bien, el frío del agua restañaría la sangre.
– Pero te duele, ¿no? -cayó agua sobre él cuando se agachó con mi pie entre sus rodillas. La rociada en su cara se secó inmediatamente bajo el sol que atravesaba mis cabellos y gritó-: ¡Eh! -me dirigió una mirada de reojo.
Mi dedo desapareció de la exposición al dolor; lo sentí rodeado de una suave calidez. Como él tenía la cabeza inclinada, sentí antes de ver que se había llevado mi dedo a la boca. Ridículo… ridículo y al mismo tiempo sensual, como son tantos movimientos sensuales si los miras desde afuera. Pero fue hecho con tal confianza que lo comprendí exactamente como debía comprenderlo.
Al agacharse delante de mí, vi y sentí su cabeza, su lengua por así decirlo entre mis pies: lo sabía.
– ¡Tengo el pie sucio! Di toda la vuelta al valle a primera hora de la mañana.
– Tu pie no puede estar sucio… acabas de salir del mar, Rose, dime… -lo tenía entre sus palmas como si fuera un conejo o un pájaro y sabía que lo sostenía así a modo de sugerencia.
– Venga, Didier. Debemos volver.
Me imitó con tono burlón:
– Venga, Didier, debemos irnos.,. Rose, es verdad que tus pies son un poco anchos, pies de campesina, pero tienes un ombligo hermoso como los que se ven en las naranjas… ¿por qué pones cara de circunstancias, por qué no podemos reír juntos? Rose…
– Conmigo, no, Didier.
– ¿Contigo?
– No tienes por qué hacerlo.
– ¿Qué quieres decir con eso? Yo no tengo por qué hacer nada. Hago lo que siento.
– Lo expliqué mal.
– Rose, estás hablando… ¿de qué estás hablando?
– Lo sabes. Si aparece una nueva mujer… una chica, entre las amistades, tú… Es lo mismo que ser amable con las mujeres mayores, es lo que corresponde.
– Pero nosotros somos jóvenes, Rose -a veces parece copiar diálogos de los seriales de televisión-. ¿No es cierto? Es natural, eh? ¡Nosotros somos los únicos jóvenes! ¿Qué te ocurre?
Dije a este ser desconocido, como si lo conociera:
– Entonces crees que está mal, con Donna, que no es natural hacer el amor, vivir con ella.
Frunció el entrecejo con aire escéptico.
– ¿Porque es mucho mayor? ¿Un sacrificio? ¿Te debe algo?
– ¿Qué dices? Donna es una mujer generosa.
– A mí. Es como si creyeras que ella me debe entregar a ti.
Puso una boca semejante a las bocas de los querubines que soplan los cuatro vientos en los cuadros italianos de la colección de Solvig. Me han dicho que esta parte de Francia era italiana un siglo atrás; veo rostros que creía pertenecientes al siglo dieciocho o diecinueve.
– Ella no espera que no me gusten las chicas. Tiene que entender, eh? A ella le gustan jóvenes.
Si muestro curiosidad por ellos, por esta gente, tengo la impresión de que me lo permiten porque soy extranjera. Pero comprendo que se trata de que no tienen miedo a ser descubiertos, la naturaleza de sus motivos es compartida y discutida, porque todos aceptan la misma premisa: vivir donde hace calor, comprar, vender o tomar el placer sinceramente… de acuerdo con sus circunstancias. Reconocen como únicos imperativos la dependencia de una enmarañada red de amistades y la consagración a evadir impuestos siempre que sea posible, aprovechando al mismo tiempo todos los beneficios sociales que sea posible conseguir: descuentos, asignaciones, concesiones y pensiones sobre las que siempre discuten, ya sean ricos o pobres.