– ¿Entonces todo va bien?
El seguía jugando con mi pie, pero uno de los guijarros grises de la playa le habría dado igual.
– Está bien. Nos llevamos muy bien. Como sabrás ella es una buena comerciante. Cuida su dinero -¿No sabe nada de Vaki el Griego? Claro que lo sabe; lo que ocurrió es un riesgo calculado en relaciones de la categoría que entabla con Vaki y él mismo: estoy aprendiendo-. Sabe cómo disfrutarlo. He dado la vuelta al mundo. Vamos donde queremos.
– ¿Y eso llena toda tu vida?
– Haré otras cosas. Tengo algunas ideas.
Sus enfurruñamientos son una estratagema, entonces, un truco para llevar a Donna hasta un límite de recelo en sus previsiones para retenerlo. Este mantenido se siente libre: libre de serlo.
– Cosas que estarías haciendo si no estuvieses con ella.
– No necesariamente. Tengo un buen amigo en Estados Unidos… queremos montar en París lo mismo que tiene él en el Metropolitan Museum -meneé la cabeza: nunca había estado allí-, conseguir una franquicia para hacer reproducciones de arte con el fin de venderlas en los museos franceses. Gatos egipcios, imitaciones de joyas y esas cosas. Es un buen negocio. En Francia todavía no se le ha ocurrido a nadie. Lo importante es ser el primero… como en todas las cosas. Donna y yo estamos analizando la posibilidad de traer trufas por vía aérea desde un desierto cercano a donde tú… he olvidado el nombre. Nos reuniremos con un hombre en Milán por esta cuestión.
– Pero aquí no trabajas. ¿Sientes que ésta es tu vida?
– ¿Por qué no? Tú también encontrarás a alguien. No puedes volver, eh?
– Katya debió decirte esto.
– Donna lo mencionó… supongo que hablan. Botswana, ése es el nombre del lugar. El hombre de Milán dijo que los nativos del desierto a veces no tienen qué comer salvo trufas, pobrecillos… ¡seiscientos francos el kilo! -empezó otra vez a entrelazar sus dedos en mis pies, dispuesto a darse a sí mismo la segunda oportunidad de excitarme-. Sé muchísimo… bueno, muchísimo no, acerca de tu lugar de origen. Yo soy de Mauricio, ¿lo sabías? ¡Casi África! Cielos… -estaba riendo-. Para mí no significa nada. Mugre. Pobreza. A veces me gusta alterar a Donna cuando le cuento que los perros, algunos perros de Port Louis tienen hernias aquí -contuvo el aliento para hundir su estrecho estómago- que les cuelgan hasta el suelo.
Volvió a reír mirándome, pero no vio al burro que todavía existe en algún lado.
– Donna se vuelve loca.
– No sé por qué Katya habrá dicho eso.
– África ya no es un buen sitio para los blancos. Lo mismo ocurre en las islas. Eso estaba muy bien cuando yo era un crío.
– Nací allí, es mi patria.
– ¿Y eso qué importa? Lo que cuenta es el sitio donde puedes vivir como te gusta. Tenemos que olvidar aquello.
– Allí murió mi padre en la cárcel.
– ¿Sabes por qué fuimos a Mauricio? Mi padre había colaborado con los alemanes y lo encarcelaron después de la guerra. La gente sólo habla de su familia si ésta estuvo en la Resistencia. Sí. Nadie pensó que tal vez los alemanes ganarían… no. ¡Donna me ha hecho jurar que no se lo contaré a nadie! Ella es canadiense y no entiende nada de esto. Conozco algunos a cuyas madres les afeitaron la cabeza por acostarse con alemanes. Tenemos que olvidar todo esto. No es asunto nuestro. Yo no soy mi padre, eh?
Me ayudó a entrar en el agua haciéndome apoyar el brazo en su cuello. No había nada sexual en esta proximidad; era la cercanía de las confidencias común a todos vosotros, los amigos de la aldea… las mujeres divorciadas y las que habían enviudado -como Madame Bagnelli- de sus amantes, las viejas lesbianas y los jóvenes homosexuales. Cuando llegamos hasta ti en la playa él debió de recordar mi estupidez por no haber aprovechado tan fácil oportunidad de hacer el amor; se mostró frío conmigo y arisco con Donna cada vez que nos encontramos en los días siguientes. A veces hace un amago de caricia cuando paso a su lado, pero sólo lo hace para ver si reacciono. Es un ademán guasón e incluso despreciativo.
Puede llenarse una mañana entera haciendo compras en el mercado. No en el sentido de pasar el tiempo, sino de llenarse con el aroma picante del apio, el perfume dulce y débil de flores y fresas, las frescas secreciones saladas de escurridizos pescados, el olor a quesos, contrayendo las membranas nasales; llenarse con los colores, formas, brillos, densidades, diseños, texturas y tactos de frutas y verduras; llenarse con los encuentros y las voces de la gente. Cuando Madame Bagnelli y su huésped pasaron por los puestos -tropezaron con amigos, admiraron perros o niños enredados a sus piernas-, comparando precios entre un vendedor y otro, habían comprado una planta con su tiesto que no figuraba en la lista de Madame Bagnelli y comido una porción de tarta de espinacas. Necesitaban un café exprés en el bar de la esquina, donde los obreros jóvenes que llegaban y se marchaban en sus velocípedos, y los viejos con gorra que decidían sus apuestas triples ya estaban bebiendo sus pequeños vasos de vino tinto. Cuando las mujeres iban cuesta arriba hasta la casa, Madame Bagnelli tocaba el claxon a alguien que las invitaba a tomar un aperitivo, o Gaby Grosbois y su marido Pierre se dejaban caer para tomarlo en la terraza de Katya. Pierre y la pequeña Rose bebían pastis y las dos mujeres mayores, siguiendo el régime de Gaby, les decían que el zumo de vegetales era ideal para librar al cuerpo de toxinas.
Madame Bagnelli llevaba lo que tuviera que hacer a la terraza. En cuclillas sobre una banqueta con sus alpargatas raídas, seleccionaba hierbas que había juntado con su invitada en el Col de Vence, y que pondría a secar. Lijaba una mesa vieja que había comprado barata cuando fueron al mercado al aire libre cercano al viejo puerto de Antibes y que esperaba vender a unos alemanes que habían tomado una casa al lado de la de Poliakoff, con la barbilla hundida en la carne de su cuello y partículas doradas atrapadas en el rímel cuajado de sus pestañas. En la misma posición, aparentemente incómoda para una mujer de sus dimensiones, con su máquina de coser en una mesa baja entre las piernas, cosía las ropas de mucho vuelo que cortaba Gaby Grosbois.
– Siempre le repito, Rose, que todavía es una mujer, que los hombres la miran… tiene que saber lo que debe usar. Este año nadie usa cosas ceñidas y cortas; a ella le sienta bien un estilo muy suelto, décolleté… no, no, Katya, conservas tu belleza, te lo digo yo -las dos mujeres rieron, abrazadas-. Si Pierre todavía funcionara -más risas, su boca jugando a la tragedia-, me preocuparía.
Por las tardes, mientras leía en la habitación que la había estado esperando, Rosa Burger tenía conciencia de las actividades de Madame Bagnelli allá abajo, y de las tijeras mordiendo hilos como perros que muerden moscas, del brochazo y el deslizamiento de un pincel al ritmo del disco que había dejado puesto adentro. Las Variaciones Goldberg, la cara uno del Oratorio de Navidad, algunas canciones puntuadas por chasquidos cuando la aguja pasaba por una raya, acompañadas de vez en cuando por una voz: Katya, siguiendo y anticipando frases tan conocidas que la grabación se había convertido en una especie de conversación. En algún momento la conversación era reaclass="underline" aquél era el croar masculino de Darby y el otro el ronco charloteo de uno de sus amigotes. Sus voces cambiaban con la edad como las de los chicos en la adolescencia, como la de quien en París había sido tan famoso como Baker y Piaf-la gente de la aldea siempre le repetía a Rosa: ¿Sabes que Arnys vive aquí?- que no podía distinguirse de la de las lesbianas que probablemente habían cultivado el registro más bajo, o la de los norteamericanos viejos, expatriados durante treinta o cuarenta años, a quienes se les habían «granulado las cuerdas vocales» (intento de Madame Bagnelli por traducir una expresión locaclass="underline" la voix enrouée par la vinasse) con los depósitos del alcohol que habían consumido.