– A una tasa fija del treinta y tres por ciento le iría mejor, sin duda… pero si tienes ingresos flotantes de una docena de fuentes distintas… Sólo tiene sentido si te cercioras de no desparramar tanto tus ingresos como para entrar en otra categoría impositiva -las palabras en inglés son de Donna y la serpenteante risilla cosquillosa significa que está la chica japonesa con el perro.
La chica parloteaba con su hermoso perro en una especie de juego antropomórfico. Rosa bajó la vista de su azotea privada y la vio, tan bonita con sus pantalones franceses ceñidos y los zuecos altos que usaba con el femenino vestido exótico sujeto en los codos y en las rodillas, levantando su rostro sonriente de mandíbulas anchas sobre su frágil tronco. Vivía con un inglés al que la invitada de Madame Bagnelli todavía no conocía. El pasó por abajo en una caminata matinal, con un bastón, la japonesita y el perro; un hombre canoso con la majestuosidad de un árbol de crecimiento lento llevaba con indiferencia, en el igualitarismo que dan los téejanos primero adoptados por los estudiantes a imitación de campesinos y trabajadores, y luego tomados de los jóvenes por los ricos. Era propietario de un astillero en Lancashire -había sido, todos habían sido algo antes de instalarse allí para vivir como querían- para quien trabajó Ugo Bagnelli, cuyo apellido usaba Katya aunque nunca había estado casada con nadie salvo con Lionel Burger.
– Si Tatsu te invita, debes ir… aunque sólo sea para ver lo que hacía Ugo. En esa embarcación todo es idea suya. El armó… debieron ser tres o cuatro, toda una serie de yates de regatas y de paseo para Henry Torren. Oh, a Henry le caía bien… y no son muchos los que le caen bien. Es un solitario. Al margen de la joven con quien se case o viva. Nunca se mezcla aquí. Le gusta creer que no es como nosotros… hay tantos fracasados. Pero aquí la gente que no tiene dinero también hace lo que quiere. Creo que eso es lo que no aprueba, es como si eso le echara a perder las cosas a él. Le encantaría creer que no disfruta de las mismas cosas que nosotros. No es un snob, no, nada de eso, hay que llegar a conocerlo… nos llevamos muy bien. Un puritano. Ugo nunca le cobró… o le cobró tan poco que era lo mismo que nada. Amaba las cosas lujosas, vivía con ellas… con estilo… en su imaginación, mientras lo único que comíamos eran espaguetis. Sabía diseñarlas y hacerlas, pero al mismo tiempo sabía que nunca las tendría. En cierto sentido era lo mismo… No sé por qué me chifla ese tipo de hombre. Mejor dicho por qué me chiflaba… y ahora -el gesto, la expresión de burlona abdicación aprendida de Gaby Grosbois cuando habla de Pierre, su marido.
Madame Bagnelli y Rosa Burger no hablaban deliberadamente de Lionel Burger pero tampoco eludían hacerlo: era una realidad entre ambas. Su existencia las volvía intercambiables en diferentes momentos y en distintos contextos. No se habían reconocido antes de llegar a ser una mujer de edad madura y su joven huésped, con la suerte de encontrarse en un estado que no podían haber anticipado, acordado ni explicado. Compatibles: eso era suficiente en sí mismo; cómodamente, sólo empezaron a existir en el instante en que cada una buscaba con la mirada a la otra en el aeropuerto. Ese hecho -la realidad de Lionel-, cuando el paso de la vida cotidiana se estrechaba o viraba hasta ponerlo de relieve, como un cambio de luz transforma el aspecto de un paisaje, hacía algo más de la relación entre ambas mujeres.
Mientras Madame Bagnelli hablaba, la chica veía a la mujer que se había enamorado de Lionel Burger. La mujer percibió cómo era vista y se transformó en Katya.
– Éramos jóvenes y todas las ideas maravillosas. Sé que lo has oído todo antes, pero así era. «Cambiaremos el mundo.» Incluso mientras te lo digo ahora… podría empezar a temblar, mis manos… ¡Yo pensaba que ocurriría! Nunca más hambre, nunca más dolor. Pero ése es el mayor lujo, ¿verdad? Supongo que yo era una criatura estúpida. Lo era. Un objetivo inaccesible. Algo que no lograríamos en toda nuestra vida, en la de Lionel. El lo comprendía. Estaba preparado para que así fuera, no me preguntes cómo. ¿Pero si nunca…? ¿Entonces qué? Yo no podía esperar, no puedo esperar, no quiero esperar. Siempre tuve que vivir… no podía renunciar a la vida. Cuando vi a tu madre… ¿recuerdas que te dije que pensé: éste es mi fin?
La chica la corrigió.
– No, dijiste… que ella era una «auténtica revolucionaria» -una pausa impuesta con toda precisión. Sonrientes. Estaban pelando grandes pimientos morrones que habían asado a la parrilla.
– Sí, eso es lo que quiero decir. De modo que ése fue mi fin. No tenía la menor posibilidad contra ella. Mi fin con él -la piel de los pimientos era transparente cuando se levantaba en remilgados bucles y la pulpa caliente era suculenta, color escarlata; les ardían las yemas de los dedos-. Así, poco más de un centímetro, no te preocupes si no son regulares -Rosa observaba mientras acomodaba tiras de pulpa en un cuenco-. Pero también me libré de ellos, lo cual es bastante. Unos cabrones. Una vez me puse un par de zapatos de verano, muy bonitos. En aquellos tiempos todos usaban zapatos blancos en verano. Con toda inocencia debió escapárseme que me los había limpiado la sirvienta. En seguida hubo una queja en una reunión: la camarada Katya evidenciaba tendencias burguesas indignas de un miembro del Partido. No quisieron ser específicos. Nadie lo reconoció. Perdí los estribos y chillé en la reunión. Yo sabía que era por los zapatos, por un estúpido y condenado par de zapatos… Ahora unas gotas de aceite entre cada capa -los dedos manchados, seguidos por los de la chica que, chorreantes hasta las muñecas, acomodaban un enrejado colorado. La chica la miró y ella sugirió-: Una pizca de sal.
En el bar jóvenes suecos y alemanes, hombres y chicas ingleses apretujados para beber algo cuya etiqueta decía La Veuve Joyeuse y al atardecer los amigos de Madame Bagnelli preferían reunirse en el bar de Josette Arnys durante la temporada de verano. La vieja cantante estaba rodeada de jóvenes homosexuales que de alguna manera componían una familia numerosa a su alrededor, afectuosos, aburridos y dependientes. Algunos servían detrás de la barra o eran servidos como clientes, indiscriminadamente; Madame Bagnelli los trataba de la manera laxa, mandona, bromista y espontánea que adoptaban hacia los hombres jóvenes todas las mujeres de la aldea que por diversas razones se habían desprendido de sus propios hijos.
– Oh pardonl Je m 'excuse, je suis desolée, bien sur,… Je vous avais pris pour le gargon,…
Rosa Burger comenzaba a captar fragmentos enteros de conversaciones en francés, pero la comprensión flaqueaba cuando empezaban a volar insultos y chistes entre Madame Bagnelli y algún joven de expresión distante que cogía su bolso sujeto a la muñeca con una correa, sus cigarrillos y el encendedor dorado. Uno de ellos guisaba para Arnys en la cocina del sótano, a la altura de la bovedilla de diminutas mesas que había junto a la barra. Los manteles individuales de papel, pintados por otro, aconsejaban las spécialités antillaises (entre las viejas grabaciones que sonaban sin cesar aparecía la voz de Arnys en los años treinta, cantando «La isla donde nacimos Joséphine Beauharnais y yo»). Con la toca blanca usada al modo en que un travestí se pone una peluca y cadenas de oro enredadas en el vello rubio de su pecho, el chef de Arnys pasaba casi todo el tiempo jugando a las cartas con ella en su rincón, debajo de fotos en las que aparecía con Maurice Chevalier, Jean Cocteau y otros cuyos nombres no eran tan conocidos para una extranjera.
La barra era central y majestuosa como un fino altar erguido en una iglesia. Cuando Rosa Burger perdía el rastro de la conversación seguía una y otra vez con la mirada la espiral formada por magníficas columnas de caracol color roble oscuro que flanqueaban el espejo donde todos se reflejaban: la gorra de capitán de Darby; los pechos de Madame Bagnelli inclinados sobre la superficie de caoba; los ojos de Tatsu opacos como melaza; la mirada de uno de los homosexuales coqueteando consigo mismo; la disociación de una pareja francesa aturdida de tanto tomar el sol y tanto hacer el amor; el exaltado cuerpo doblado de Pierre Grosbois mientras daba sus opiniones sinceras, sus advertencias sobre tal o cual tema a Marthe y Françoise; la apergaminada pareja de labios brillantes con boquillas largas cuyo patio florido que bordeaba la place era una tienda donde las boas emplumadas, las antiguas bañeras con patas de dragón, los rostros quebrados de ángeles románicos llevaban tarjetas con el precio como si fueran árboles en un jardín botánico. Las columnas de roble -cuando Pierre explicaba algo a Rosa empleaba con toda consideración un francés especial, didácticamente articulado- eran clavijas de antiguas prensas aceituneras que abundaban en los campos de los alrededores, desde tiempos de los romanos (¡Qué estás diciendo! ¡Mucho antes! Su mujer asomó la cara por encima de su hombro) hasta finales de siglo diecinueve (¡Hasta la guerra del catorce, Pierre!).