Theo Santorini no repitió, ni siquiera a los más íntimos de la familia de Rosa Burger durante muchos años, la firme posibilidad de que el Estado intentara establecer la connivencia de Rosa con Marisa en la conspiración para fomentar los objetivos del comunismo y/o del Congreso Nacional Africano. La acusarían de incitación, apoyo y complicidad en la rebelión de escolares y estudiantes.
Su discreción no impidió todo tipo de especulaciones. No está claro qué hizo Rosa durante las últimas dos semanas que pasó en Londres. Después de todo, se puso en contacto con exiliados de izquierdas. Estuvo en un mitin (los informadores tienden a mejorar la calidad de su información) en homenaje a líderes del Frelimo, donde su presencia se vio honrada por un discurso -pronunciado por uno de su antiguos compañeros íntimos- encomiando a su padre, Lionel Burger. Todo eso había sido vigilado y sin duda alguna aparecería en cualquier acusación. Aparentemente abandonó sin explicaciones su intención de exiliarse en Francia, donde el Movimiento Antiapartheid francés estaba dispuesto a protegerla bajo sus alas. No le dijo a nadie, absolutamente a nadie, cómo había ocupado su tiempo entre la reunión con los viejos camaradas en ese mitin o fiesta y su regreso. Es razonable suponer que hizo planes con otros, poniéndose al servicio de la última estrategia de lucha, que proseguirá hasta que el último preso salga de Robben Island y el último disidente cuerdo abandone un manicomio de Europa del Este. ¿Quién puede creer que los niños se rebelan por su propia voluntad? En su mayoría, los blancos postulan la teoría de que los agitadores (sin especificar), y las organizaciones prohibidas y clandestinas, adoptan la rebelión como parte de su propio impulso incrementado, si no como su inspiración directa. Los marineros vomitan con la carne podrida, los niños se niegan a ir a la escuela. Nadie sabe dónde comenzará el fin del sufrimiento.
Una mujer que llevaba cajas de fruta y flores esperaba con un grupo ante las puertas de la cárcel.
Había pulsado el timbre con más fuerza y durante más segundos de lo aparentemente necesario. Las pocas personas que esperaban afuera lo oyeron sonar débilmente en el interior. No obstante, hubo que esperar para obtener respuesta. Habló con ellas: una prostituta negra que llevaba dinero para la fianza en un monedero de plástico dorado y que movía un tumor de chicles de una mandíbula a la otra, dos mujeres que reñían soltándose susurrados tacos en zulú, una joven en compañía de una vieja que fumaba una pipa con una pequeña cadena adherida a la tapa. Se mostraban pacientes. La joven bailaba -mientras alguien tarareaba inaudiblemente- apoyada en los talones y los dedos de los pies calzados con zapatillas azules, rojas y negras. La mujer era blanca, conocía sus derechos, estaba habituada a considerar mezquina y ridícula la burocracia, no poderosa.
– ¿Están durmiendo? -la voz alta y penetrante de una señora rica-. ¿Cuánto tiempo lleváis aquí? No os deberíais quedar tan tranquilas… se supone que deben atendernos.
Las negras estaban acostumbradas a que los blancos hicieran caso omiso de ellas y sospechaban de cualquier presunción de causa común, excepto la prostituta joven, que conocía demasiado íntimamente a los blancos para dejarse impresionar por las mujeres que los habían parido. Hizo una mueca:
– Contestaron, pero dijeron que debíamos esperar.
– ¡Esperar! Ya hemos esperado bastante -la blanca apoyó el pulgar en el timbre y jugó a inclinar todo el peso de su cuerpo, sonriendo alegremente a las demás. Su pelo teñido, como los oscuros cristales de sus gafas de sol, contrastaban con su frente bordeada de blanco; una cincuentona con la enérgica franqueza de una chica encantadora. La mano que apretó el timbre lucía jades y marfiles.
La prostituta rió entre dientes, animándola:
– Muy bien, eso está muy bien. Me gustaría tener un anillo como ése.
– ¿Cuál? No, no, este pequeño es mi favorito. ¿Ves cómo está hecho? Muy ingenioso…
Se abrió la mirilla de la puerta y apareció en el marco una cara de payaso, dos cejas arqueadas, tensas y delgadas, ojos perfilados en negro, mejillas rosa tiza.
– Tengo algunas cosas para unas detenidas -la mujer era vivaz; la cara pintada no dijo nada. La mirilla se cerró y la mujer acababa de volver la cabeza en exasperado comentario a las otras, cuando se oyeron sonidos de cerrojos y llaves aceitadas y se movió una puerta en el interior del gran portal para dejarla entrar. Se cerró de inmediato, dejándola pasar únicamente a ella.
La carcelera propietaria de la cara dijo:
– Espere.
La falda plisada color crema y la camisa de seda amarilla de la mujer reflejaban luz en el oscuro pozo de ladrillos y hormigón, por lo que una criatura que fregaba el suelo con trapos atados a las rodillas para protegerlas, levantó la vista. Apareció una imagen tardía ante los ojos que volvieron a la fregona y al suelo. Esencias de finos jabones, cremas, cuero, ropas guardadas en armarios de donde colgaban bolsitas aromáticas, perfume destilado de azucenas y hasta un leve aroma natural a ciruelas y mangos, un aura que separaba a la mujer del aire viciado e impregnado de tristes fragancias a mala comida y a la lejía de la higiene institucional, del olor bajo las uñas rotas, desteñidas hasta la médula. La visitante ya había estado antes; nada había cambiado salvo la vestimenta de las carceleras, blanca y negra… acicaladas con los que le parecían uniformes sobrantes de los que cinco años antes usaban las azafatas: viajaba mucho en avión. Debajo de las escaleras de la izquierda había maletas y cajas de cartón atadas con cuerdas etiquetadas, incluso algunos abrigos; posesiones retiradas a las detenidas al llegar, que guardaban el día o la noche de su liberación. Vio la resplandeciente luz solar encerrada en el patio de la cárcel. Las gordas palmeras ornamentales, la brillante piel púrpura de la roca granosa. Hábilmente se deslizó unos pasos hacia adelante para echar un rápido vistazo, pero no había nadie haciendo ejercicios… suponiendo que les permitieran acercarse a la entrada.
Una falda diminuta moviéndose en un trasero alto y redondo, un cuerpo con tacones altos la condujo al despacho de la Jefa.
Como, como… para poder describir después a la Jefa era necesario hacer la comparación con una imagen en un escenario que formara parte de la experiencia de sus interlocutores, porque la suya era una figura indescriptible, un elemento de una escala de valores estéticos que sólo podía definirse a sí mismo. Como la mujer del patrón en un bar o salón de baile de una pintura francesa decimonónica… Toulouse-Lautrec, sí… aunque más bien alguien de segunda categoría, Félicien Rops, digamos. Su escritorio quedaba calzado debajo de unos pechos con toda la parafernalia: llevaba galones de servicio y aretes de oro empotrados en sus carnosos lóbulos. Las pequeñas cejas de la carcelera eran una buena imitación de las suyas, rojo-cobrizo, dibujadas en lo alto desde las cercanías de ambos lados del tabique nasal. Su menuda mano regordeta, con las uñas pintadas de un espeso rosa refinado, golpeteaba un bolígrafo y se movía entre papeles que observaba a través de unas gafas de arlequín con las piezas laterales doradas y decoradas con volutas. Había gladiolos en un florero, en el suelo. Sobre el escritorio, unos lánguidos claveles blancos con un cuenco de oropel que contenía un vaso… probablemente había asistido a un baile de la policía.
La visitante llevaba dos bandejas de madera con fruta, y un enorme ramo de margaritas y rosas de su jardín.