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Una noche de esas pasaron junto a la casa de su padre. Al acercarse como una transeúnte cualquiera, aminoró el paso. El ritmo de su compañero se acompasó al de ella. El vio que las luces de las habitaciones de arriba estaban encendidas, pero sólo ella sabía que las filigranas de luz detrás de las oscuras ventanas del salón llegaban desde una ventana del pasillo en el que debían de haber dejado entornada una puerta. Sólo ella, con el oído acostumbrado a distinguir su tono de cualquier otro sonido, oyó que a través del jardín, más allá de los muros, sonaba el teléfono de arriba en su lugar, la habitación de su madre.

En la calle él estaba tan cómodo como los niños o los negros. Un puño golpeó el tronco del árbol callejero bajo el que permanecían, una especie de caricia por su solidez.

– ¿Cuántos años teníamos tú y yo cuando ocurrió lo de Sharpeville?

Nadie atendió el teléfono que seguía sonando, que todavía sonaba, ni su madre, ni Lily que recorría el piso de arriba con zapatos con la parte de atrás inclinada debido a sus tobillos gruesos, ni el viejo Kowalski agradecido, Lionel, ella misma.

– Doce. Más o menos.

– Doce. ¿Lo recuerdas?

– Claro que lo recuerdo.

– Yo sólo sé lo que he leído, eso es todo.

Las manchas movedizas de las sombras de las hojas sobre sus cuerpos y rostros hicieron del aire algo visto en lugar de sentido, como si en vez de sentir su habitación alrededor, viera su propio esqueleto.

– Supongo que en esa casa había crispación -en el claroscuro cada uno de ellos era una criatura camuflada por la vegetación suburbana-. Tu expresión favorita.

– Lionel descubrió que les habían disparado por la espalda. Le pregunté a mi madre y ella me lo explicó… pero yo no entendía qué quería decir, cuál era la diferencia si te mataban por la espalda o de frente. Alguien que conocíamos muy bien, Sipho Mokoena, estaba allí cuando ocurrió y vino a vernos directamente, llamaron a mi padre a su consultorio. Sipho no estaba herido, la pernera de su pantalón había sido rasgada por una bala. Yo imaginaba (¿por las películas de cowboys?) que una bala te atravesaba y tenían que quedar dos orificios… exactamente iguales… pero cuando oí que mi padre le hacía tantas preguntas entendí que lo que importaba era que pudieras ver de qué lado y desde qué nivel partía un proyectil. Lionel sabía cómo ponerse en contacto con gente que trabajaba en el hospital al que habían llevado los heridos… a la prensa no se le permitió acercarse. Desperté muy tarde en medio de la noche, debían de ser las tres de la madrugada cuando volvió y todos estaban con mi madre en el comedor, recuerdo que los platos seguían sobre la mesa: ella había cocinado para todos. Nadie se acostó. Allí estaban los líderes del Congreso Nacional Africano, y los abogados, Giffbrd Williams y alguien más… era urgente salir a conseguir declaraciones juradas de los testigos con el fin de que si había una investigación saliera a la luz lo que realmente había ocurrido, para que no hubiera un encubrimiento estatal… gente del Congreso Panafricano. Tsolo y sus hombres eran los que de hecho habían organizado esa protesta específica contra los pases en la comisaría de Sharpeville, pero aquello no importaba, lo ocurrido había sobrepasado con mucho la rivalidad política. Cuando volví a levantarme para ir a la escuela Lionel ya estaba encerrado con otra gente, no había dormido un minuto en toda la noche. Lily me dio una bandeja con café para que se la llevara, y noté que se habían olvidado de apagar las luces a pesar de que ya era de día. El tipo de cosas que se graban en tu mente cuando eres un niño. Tony y yo seguíamos pidiéndole a Sipho que nos mostrara dónde se habían roto sus pantalones. Sipho dijo que cuando la policía estaba cargando los cadáveres en camionetas tuvo que pedirles que se llevaran también los sesos… los sesos de un hombre con la cabeza aplastada y desparramada, que dejaron en el camino. Mi madre se puso nerviosa y se llevó a Tony del comedor. El chillaba y pataleaba, no quería irse. Pero yo oí que Sipho decía que habían enviado a un policía negro a recoger los sesos con una pala.

– Unos negros muertos por la espalda. Es algo que modificó para ti la visión de todas las cosas, allí -señalando la casa-, a la manera en que un fogonazo atraviesa una habitación en la oscuridad. ¿Se supone que debo creerlo?

– Pero a los doce años tienes que haber tenido conciencia…

– Para mí no podían existir los acontecimientos políticos a esa edad. ¿Qué es una matanza comparada con el hecho de haber descubierto por mí mismo que mi madre tenía otro hombre? Si en una conspiración tu padre hubiese logrado incitar a toda la población negra a que hiciera la revolución, yo no habría sabido qué era lo que me golpeaba.

– ¿Qué hiciste?

– ¿Qué hace Edipo con dos rivales? Me la tiraba en mis ensueños, en la escuela, y cuando servía la cena miraba fijamente su vestido en el punto donde se separan las piernas… ¿Atroz? -percibió en su voz la mímica del rostro impresionado que él imaginaba tenía ella en la oscuridad-. Estaba loco por ella; claro que podía estarlo cuando ya había allí otro que no era mi padre. Estaba enamorado y en tal caso nadie piensa en nada más.

Dos negros con una mujer balanceándose entre ambos, pasaron charlando explosivamente, sirvientes cómodos en la órbita de domesticidad vecinal de sus amos blancos. No vieron o no reconocieron a Rosa.

– ¿Tu madre… la que vive en Knysna?

– Mi madre. La misma. No es vieja ahora sino otra cosa… de edad intermedia. Vieja en las raíces; cuando el pelo le crece canoso un centímetro, se lo vuelve a teñir. Nunca más vieja de un centímetro. Tiene mejor figura que tú con pantalones. Vive con mi hermana, ese personaje enteramente domesticado que ha parido cinco hijos. Ningún hombre excepto el gordito semental de mi hermana. Dirigen una escuela de cerámica, las dos mujeres. Siempre está inclinada sobre el horno o sobre un nieto que necesita que le suenen las narices. La misma: supongo que es la misma.

El teléfono había dejado de sonar en la casa. Rosa lo supo por la ausencia de distracción en sus oídos. Alguien que ahora vivía allí debía de haber atendido.

– ¿Tienes una cerilla? -ella no fumaba.

El se detuvo un segundo y sacó un mechero con el pulgar listo para encenderlo. Como si alguien lo guiara, hizo pasar la débil llama por la placa cuyas dimensiones no cubrían exactamente el cuadrado blancuzco de la entrada de ladrillos: el perfil esmaltado de un perro feroz como emblema indicador de la instalación de un sistema de alarma contra robos.

– ¿Qué ocurrió entonces?

– No ocurrió nada… no a la manera en que siempre estaban ocurriendo cosas en esa casa -se alejaron, bajo los árboles-. Algunos lo sabíamos y otros no, supongo. Creo que la chica que trabajaba en mi casa lo sabía y eso le daba alguna autoridad sobre mi madre, la señorita blanca le tenía miedo a alguien… me pareció notarlo en la forma en que mi madre la trataba, siempre halagándola. Uno aprende lo que es el poder a partir de cosas como ésta. Pobre mamá. No pensé más en su cuerpo porque me fascinaron las cargas eléctricas de la casa.

Las farolas los perdían y los encontraban a intervalos regulares, la calle cedió el lugar a otra.

– En uno de esos equipos para chicos que me regalaron para navidad o para mi cumpleaños… no, me parece que entonces estudiaba física en la escuela… aprendí con cuánta rapidez pasan por tu cuerpo doscientos veinte voltios. Apenas el contacto de un segundo, no tienes que agarrarte ni tironear. No es como clavar un cuchillo ni tan definido como apretar el gatillo. Sólo un toque. Yo solía fijar la vista en esa cosa de baquelita marrón durante minutos enteros: todo lo que tienes que hacer es encender y meter los dedos en los agujeros. Un miedo terrible, una tentación terrible.

Sus voces sólo se elevaban y bajaban cuando estaban en la cabaña. Unos pasos más allá, en el terreno, dominaban las cigarras, que los borraban como hacía la oscuridad con sus cuerpos entre una farola y otra; a ciertas horas del día el tráfico de las autopistas por las que estaban prácticamente rodeados aislaban las palabras como quedan aislados los gritos de los pájaros donde la marea rodea un promontorio.

– ¿Nunca te imaginaste matando algo sólo porque era pequeño y débil? Ya sabes cómo se obsesiona uno con la posibilidad de la muerte cuando es adolescente. ¿Un conejo que te tenía miedo? ¿Un bebé que admiraste en su cochecillo? ¿Cómo sería… sería fácil herirlo como forma de castigo por su impotencia? Rosa, ¿no has notado nunca la mirada de un chico contemplando al bebé? Una cabecita que podrías imaginar aplastada aunque nunca hayas sido capaz de hacerle daño a nada ni a nadie. ¿Qué hacías con estos sentimientos cuando eras una cría?