En una ocasión reaccionó, casi furiosa.
– Conrad, no me creerás porque es lo mismo que decirle a alguien que nunca te masturbaste. Creo que jamás los he experimentado.
– El día en que alguien dijo por primera vez: mira, ésa es Rosa Burger… Tengo la impresión de que has crecido sólo a través de otra gente. Te decían lo que era apropiado sentir y hacer. ¿Cómo empezaste a conocerte a ti misma? Haces las cosas como es debido… lo que se espera de ti. Aquello en lo que has llegado a confiar.
Ella había adoptado una postura muy erguida, al mismo tiempo resistente y sin embargo atenta hasta la tensión. No necesitaba mirarlo.
– No sé de qué otro modo decirlo. Racionalidad, extroversión… Quiero despejar los términos porque a eso estoy llegando: sólo palabras; la vida no está allí. La tensión que posibilita la vida se crea en otro sitio, de otra manera.
A veces ella le devolvía la pelota, insultando a la manera de una persona a quien no podía llegar alguien como él.
– En el I Ching.
– Esa basura -la chica con la que se acostaba siempre cargaba con el libro como si fuera su breviario.
– Según Jung, entonces -un libro junto a la cama.
– ¡Descuida, allí también hay algo para ti! Una vez, de niño, Jung imaginó a Dios sentado en las nubes, cagando sobre el mundo. Su padre era pastor… Cometes la gran blasfemia contra toda doctrina y empiezas a vivir…
– ¿De qué tensión hablas? ¿Por qué tensiones?
– La tensión entre la creación y la destrucción en ti misma.
Rosa, los labios apretados, la respiración profunda, la mirada de alguien que lucha contra la ira, el desaliento o el desprecio.
– Desvariando entre tus fantasías y obsesiones.
– Sí, fantasías, obsesiones. Son mías. Son la forma en que se me plantea la cuestión de mi propia existencia. De ellas derivan las maravillas -con ese gesto heredado de algún antepasado que aporreaba biblias apoyó la palma de su mano, dura, en los poemas de Borges que ella había estado leyendo-, las verdaderas razones por las que no matarás y por las que, tal vez, puedes seguir viviendo. Saint-Simón y Fourier y Marx y Lenin y Luxemburg, de quien eres tocaya… no puedes extraerlas de ellos.
Cuando él (que no tenía conversación con otros) empezó a hablar ella perdió la concentración en aquello en lo que estaba ocupada, manteniéndose quieta y callada como si quisiera atraer algo que pudiera aproximársele. Sus manos rezaban el rosario de un gesto repetitivo. Los pies y las pantorrillas se entumecieron debajo del peso de su cuerpo pero no se levantó del suelo, en la permanencia de una sensación que retiene la lucidez.
– Quería matarme, naturalmente. Creía que debía matarme por haber follado a mi madre. Esto es claro y fácil de entender tanto para ti como para mí. No hay ninguna diferencia, cuando se llega a la culpa, entre lo que has hecho y lo que has imaginado. Pero yo no tenía la menor idea… no sabía que existiera esta relación.
– Pobre diablillo.
– No, no, no. Rosa, te estoy diciendo la verdad acerca de lo que importa. Esta sólo era una de las maneras en que alcanzaba las realidades: el sexo y la muerte. El resto es escapismo.
Rosa rastrilló con cuatro dedos de su mano izquierda el pelaje tieso y sucio de la vieja alfombra, una y otra vez.
– ¿Viste algún muerto de pequeño?
– No. Un perro o un gato. Los pájaros que matábamos en la escuela con tirachinas. O al menos que ellos mataban… Los otros. Yo renuncié.
Ella sonrió.
– ¿Por qué?
– Porque dejaban de cantar.
– Así fue cómo elegiste «la alegría de vivir».
– A mi manera. Que me dijeran que era una crueldad no fue lo que me disuadió, sin duda.
En algún lugar del yermo exterior a la casita, los peones camineros habían hecho un depósito para herramientas con montículos de piedrecillas, carretillas volcadas pegoteadas con alquitrán, estacas y caballetes y faroles a modo de barricadas. Había un cobertizo levantado con chapas de plomo y ladrillos sueltos de la mansión demolida. El brasero del vigilante, penetrado de triangulares ojos rojos por la noche, humeaba a través de pimenteros semipelados y aterciopeladas hojas de nísperos durante el día; los gatos forajidos aguardaban para pasar como un rayo sobre la harina de maíz quemada que escupía sobre los carbones la olla negra sin asas. Los ruidos de un campamento señalaban la dirección del emplazamiento; siempre había parásitos alrededor del vigilante. Rosa tropezaba con la curiosa postura de la espalda de un borracho que meaba contra un árbol, o el gato, al percibir la presencia de alguna amenaza de los de su propia especie, súbitamente daba un brinco incompleto en el aire.
El vigilante daba dinero a Conrad para que colocara sus apuestas en el hipódromo. El hombre iba regularmente a la casita a última hora de la tarde; se quitaba el sombrero de hule amarillo y preguntaba por el amo. Si Conrad no estaba pero iba a volver pronto, Rosa lo invitaba a entrar, pero semejante idea era incomprensible para él, sólo la entendía como el procedimiento para autorizarle a acercarse a la casa de un blanco; se sentaba en el peldaño roto, el único que quedaba de los cinco que en otros tiempos conducían a la galería, a esperar la llegada del amo blanco.
Conrad se agachaba a su lado. Leía en voz alta los nombres de los caballos y las probabilidades apuntadas; el vigilante respondía con sonidos de aprobación o, en ocasiones, dejaba flotar un silencio de indecisión después que Conrad se interrumpía a la espera de su asentimiento. Conrad se metía el dinero en el bolsillo de los téjanos, para luego usarlo como moneda contante y sonante; aparentemente cogía el equivalente de sus ganancias en el hipódromo cuando realmente registraba las apuestas en el totalizador. El vigilante reía tontamente, con voz de falsete, al recibir las ganancias. Cogía al joven blanco de la muñeca, del hombro, buena suerte hecha carne. Quería, como si estuviera en su derecho, una cerveza. Conrad reía.
– El tendría que invitarme a mí.
Rosa llevaba las latas de cerveza.
– Tú eres el manantial del que fluyen todos mis beneficios.
Una vez el negro estaba tan contento que se sintió inspirado a hablar con ella.
– Su hermano es muy inteligente. Me gustan los inteligentes.
– ¿Qué ocurre cuando el vigilante pierde el dinero?
– Que no lo ve más. Eso es todo.
– No puede permitirse ese lujo.
– Tampoco puede permitirse el placer que encuentra cuando gana.
Con los amigos de Conrad ella hablaba tranquilamente y él permanecía casi tan reservado como cuando se encontraban con la facción Burger. Uno de sus amigos estaba construyendo un velero en un patio trasero. Rosa reía encantada ante la incongruente visión de la embarcación erigida entre una caseta para el perro, un garaje y la habitación para la servidumbre en la que a través de la puerta abierta se veía la cama levantada sobre ladrillos. Conrad estudiaba las cartas marinas y los gráficos relativos a la construcción del velero y a los mares de la ruta propuesta. Aparentemente la idea consistía en navegar de isla en isla a través del Océano Indico hasta Australia. El amigo de Conrad levantó la vista y la miró, indiferentemente generoso.
– Ven tú también.
– Me encantaría. Podrías dejarme en Dar es Salaam para que pueda visitar a mi hermano.
Era un juego, fingiendo que tenía pasaporte, refiriéndose al hijo del primer matrimonio de su padre, a quien jamás había visto, como a un hermano; su agradable fantasía de volverse aceptable para esa gente dedicada a cepillar madera de aroma silvestre y a coser cobertores para las literas. Como si cediera a la tentación, retornó a las convenciones mientras se cortaban mutuamente el pelo en el cuarto de baño de la casita. El había leído en voz alta un poema que escribió Baudelaire acerca de la isla Mauricio, traduciéndolo para ella.
– André y su chica lo sacan todo de un manual. A mí me asustaría internarme tanto en el mar con la única compañía de una persona que no sabe nada de navegación.
– ¿Y qué? No le temes a quedarte en casa e ir a parar a la cárcel.