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Clare Terblanche decidió que el piso no era adecuado. Quizás ahora que me había hablado de las circunstancias especiales de su relación con la inquilina en perspectiva no quiere que ésta viva en el edificio donde yo podría tropezar con las dos y ella sabría que yo las estaría viendo a la luz de la confidencia que me había impuesto y que ya lamentaba.

Justo cuando salíamos se distrajo o se agitó un instante… pensé que habría olvidado algo, que había dejado un cigarrillo encendido. Se arrodilló rápidamente, arrancó unas hojas del listín telefónico y se acercó a zancadas al aparador. Recogió la compresa entre varias hojas, la levantó sin tocarla e hizo un tosco paquete. Después no sabía dónde dejarlo: no hay cubos de basura en un piso desocupado. Afuera, en la escalera de incendios, alguien había abandonado unas cajas. Levantó las dos de arriba y enterró su carga. Volvió a acomodar las cajas y salió con paso majestuoso delante de mí, como si se hubiera quitado de encima un cadáver.

Sólo la paloma podría encontrarte, ésa es la idea. Ninguna reclamación del mundo llega al arca. Mientras huís, jóvenes valerosos a quienes dan la bienvenida los periódicos locales en cada puerto extranjero, friegas las cubiertas a modo de absolución y comes el pan de una inocencia que no puedes asumir. Lionel habría explicado por qué. Si lo hago yo, dirás que se debe a que soy su hija, expresando con tono rimbombante que las ruecas y el pan integral de salvado que solías hornear en la casita no pueden restituir algún paraíso imaginario de producción precapitalista. La gente no deja morir a Lionel, o lo que le adjudican -sabiduría, responsabilidad sorprendentemente respaldada hasta el punto de la arrogancia- no morirá con él dejándolos en paz. Pero los fieles no conmemoran la fecha de su muerte, no tienen por qué hacerlo; los sentimientos quedan para aquellos que no saben cuál es el paso siguiente. Flora me envía lirios españoles cargados a la cuenta de William en una florería. El hombre que está escribiendo la biografía me telefonea para preguntarme si prefiero dejar la cita de hoy para otro día.

Había dos cartas detrás del ala abatible de lata que lleva mi número en el bloque de buzones del vestíbulo, grises como celdas. Una era en sueco. Leí un párrafo entero sin saber quién era el remitente; era manuscrita y todas las que había recibido de él antes venían escritas a máquina. Es extraño no conocer la letra de alguien con quien has hecho el amor, no importa por qué ni cuánto tiempo atrás. Había abrigado la esperanza de poder decirme que por fin la película sobre Lionel sería distribuida en Inglaterra, pero las negociaciones habían fracasado. Tendría que esperar hasta que «ocurriera en Sudáfrica algo que volviera a despertar el interés». En este momento era más fácil vender material relativo a Mozambique y Angola. Le había complacido enterarse de que un ala de la Universidad Patricio Lumumba de Moscú lleva el nombre de mi padre. Había escrito un breve artículo sobre este tema y esperaba verlo publicado pronto. Como su película no ha satisfecho sus esperanzas de darse a conocer, para él la época en que Lionel estaba vivo en la cárcel no parece, como para Lionel y para mí, tan lejana. En el caso del sueco el éxito está ligado a lo que aún no se ha logrado.

La otra carta era en realidad una tarjeta, apretadamente escrita en la parte interior. Yo no sabía que vendieran tarjetas para aniversarios de defunciones… barbas, dorados, ramilletes, el tipo de cosas de las que estás a salvo por haber roto amarras: el ordenamiento de las respuestas apropiadas para todas las ocasiones, lo que tú solías llamar «amor consumista», Conrad. Leí primero la firma; alguien la había hecho por los dos: «Tío Coen y Tía Velma», pero evidentemente era ella sola quien la remitía. Seguía tan convencida como siempre de sus sentimientos hacia mí, último miembro de la familia de su hermano. Siempre seré bienvenida en la granja si quiero descansar tranquila. No dice de qué actividad, no quiere saberlo por si se trata, como en el caso de su hermano, de algo que teme y desaprueba hasta lo inconcebible. Mejor así. No propone expectativas ni reproches. «La granja siempre está allí.» Y lo cree: para siempre. El futuro… es lo mismo que el presente. La granja será ocupada por sus hijos, eso es todo. Quizás habrá mejoras: el cambio es la automatización de los establos de ordeñe y la televisión, prometida para un futuro cercano. Mi prima, la tocaya de Ouma Marie Burger, está recorriendo el mundo en el presente. Trabaja con la junta exportadora de cítricos y la han enviado a las oficinas de París. ¿No es fantástico? Tuvo que aprender francés y lo captó enseguida… tiene un «cerebro Burger, naturalmente». Tía Velma piensa, sencillamente, en mi padre. Los Nel nunca han tenido la menor dificultad en conciliar el orgullo de pertenecer a una familia notable con la certeza de que el mienbro que la hizo destacarse seguía ideales perversos y horripilantes. Hasta el tío Coen está contento de que lo conozcan como el cuñado de Lionel Burger. Fuera lo que fuese mi padre para ellos, todavía acecha en sus conciencias.

Algo más en la carta del sueco: quiere un cinturón de cuentas como el que compró aquí, ¿recordaba yo dónde? Se trata de una tienda de obras de caridad, donde comercializan los objetos que hacen las tribus negras para su propio uso y adorno, y no de artesanía para turistas. Como la mayoría de empresas no lucrativas, la administración no es suficiente y no albergué grandes esperanzas de que quien estuviera a cargo pudiera recordar, para no hablar de estar dispuesto a molestarse en obtener, un cinturón de una artesanía específica. La carta era precisa; decía Baca, pero pensé que más probablemente sería del Transkei o de Zululandia. Sheila Itholeng estaba allí, como todos los sábados por la mañana, para limpiar el piso y lavar la ropa: la habitación cobra vida. Cocina harina de maíz mientras yo frío huevos con bacon; desayunamos juntas, como una familia. Ninguna de las dos tiene marido pero ella es madre de una niña. Compré lápices de pastel y plastilina para la pequeña Mpho, pero debajo de la mesa, alrededor de nuestras piernas, jugaba a lustrar el suelo con un trapo, su culito más alto que la cabeza, sus talones sonrosados sobresalientes, en la postura exacta que adopta su madre cuando friega.

Aunque Barry Eckhard no hace trabajar a sus empleados los sábados, fui a la ciudad. En medio del tráfico repentinamente empecé a tratar de considerar este día como algo tan específico como el cinturón de cuentas hecho a mano que estaba buscando, la reproducción del día en el que, esta vez un año atrás, Lionel todavía vivía, aunque a la hora de almorzar sería el día de su muerte. El y mi madre fueron una vez a visitar la tumba de Lenin, me han dicho. Desfilaron, irreconociblemente embozados para protegerse de un frío que aquí no existe, al igual que lo sigue haciendo una cola interminable. Todo mes de noviembre desfilará ante la muerte de mi padre, el mismo día una y otra vez, con cielos de tormenta de verano y jacarandas callejeros brotando febrilmente en purpúrea tensión; las estaciones sólo pueden repetirse a sí mismas, no tienen futuro. En el banco del parque también se percibía un estado de reiteración.

Un cordón policial flanqueaba toda la fachada del edificio donde está la tienda de artesanía africana. Perros alsacianos sujetos con correas a sus portadores mantenían a raya a los transeúntes, pero éstos aguardaban impasibles, los negros sosteniendo las bicicletas de reparto, familias con hijos que salen de compras los sábados, parejas con los brazos colgando de los hombros o de la cintura de los téjanos del otro, esperando su espectáculo, tanto fuese un grupo pop negro que transforma los ritmos de la calle, un suicida que vacila en un antepecho, la trampa de una bomba. Supe de inmediato de qué se trataba: hombres y mujeres de aspecto tan corriente -¡asombroso!- como el de ellos mismos, arrestados y seguidos por más policías, estabilizando con las mandíbulas sus cargas de papeles y máquinas de escribir. El edificio albergaba organizaciones cuyas instalaciones suelen ser sometidas a redadas. No esperé a ver de cuál se trataba esta vez; la asociación de estudios negros o los clérigos militantes, todos sospechosos de «fomentar» los objetivos que a mi padre y sus compañeros llevó tantos años formular. Reinaba el silencio entre el gentío que esperaba sin hacer nada, como caballos atados con ronzales. Una mujer con un bulto de negra en la cabeza y la cara afilada, de nariz larga, que suele aparecer cuando hay un ingrediente de sangre blanca, borracha o un poco loca, se dirigía a todos desde el orificio redondo de su boca.