Выбрать главу

– Al volver te queda prácticamente de paso.

La mansión y el jardín de principios de siglo a los que pertenecía la cabaña habían sido expropiados para hacer una autopista gratuita que se retrasaba debido a las objeciones de los contribuyentes; entretanto la cabaña había quedado sin posesión oficial en un domicilio que ya no existía.

El techo acanalado de hierro galvanizado estaba pintado de azul, lo mismo que la baranda de madera de la galería. Desde una pista de tenis abandonada, brillante de resplandecientes hierbas, un pájaro plañidero presagiaba lluvias. La bauhinia que se elevaba desde matorrales y palmas ornamentales se había convertido en una jungla enredada en verdes; las dos habitaciones estaban hundidas en ella como si de una piscina oculta se tratara. Era tan segura y acogedora como una casa de muñecas, y sexualmente excitante como un escondite de amantes. Estaba en medio de la nada.

Ella llegó del sol y el tráfico de la autopista directamente desde la prisión y él se levantó de un mueble sombrío sin fingir no haber estado tumbado, probablemente toda la tarde, y la mantuvo en el vano de la puerta, frotándose contra ella. Lo directo de la caricia era sencillamente la acción, en circunstancias mejores y más apropiadas, de lo que había ocurrido en la cafetería. El deseo puede ser muy reconfortante. Tendida con el vulnerable olor metálico del pelo de un extraño cerca de su respiración, vio moscas balanceando un móvil debajo de un farolillo de papel arrugado, el diseño floreado del interior de los cuadrados contados en un techo emplomado recargado de sombras proyectadas desde el jardín, el reloj de él en la mano que tenía apoyada en ella, mostrándolo ahora… exactamente una hora y veinte minutos desde que había estado en el banco del lado de los visitantes ante la mirilla enrejada que fragmentaba el rostro de su padre al tiempo que la charla entre otros prisioneros y sus visitantes rompía la secuencia de lo que él intentaba decirle.

– Es una suerte encontrar un lugar como éste. Es lo que todos buscan.

– Fácil. El único problema consiste en convencer al rico propietario o propietaria. Tendrían a un negro si les permitiesen tener negros con vivienda, porque son controlables, tienen que hacerte caso. Pero un blanco capaz de vivir en una choza como ésta sin duda será joven y no tendrá dinero. Tienen miedo de que pases drogas o seas políticamente subversivo, que crees conflictos. Cuando dije que trabajaba en el hipódromo todo se arregló, es la clase de vida honrada que comprenden; aunque para ellos no sea socialmente aceptable al menos forma parte del servicio a sus placeres. Mantienes la boca cerrada con respecto a la universidad pues no confían para nada en los estudiantes. Y no los culpo. Sea como fuere, a mí me va. Si logro terminar la maldita tesis y hacer mis cien o ciento cincuenta semanales entre los parásitos y timadores del hipódromo, me largaré a México.

– ¡México! ¿Por qué México?

El se levantó, se desperezó en toda su desnudez, bostezó de modo tal que su pene se meneó y el bostezo se convirtió en una sonrisa de gato. Apoyó la palma de la mano en unos libros que estaban sobre una bandeja de cobre con un soporte desvencijado.

– No existen las buenas razones para la gente que tiene que tener buenas razones. Cuando leo poemas y novelas que me gustan quiero ir a vivir al país que conoce el autor. Quiero decir que deseo conocer lo que él conoce…

– Préstame algo.

Ella probó a decir los nombres que figuraban en los libros que le dio.

– Octavio Paz. Carlos Fuentes.

El le corrigió la pronunciación.

– ¿Has aprendido castellano?

El se acercó y le tocó un pecho como quien ajusta el ángulo de un cuadro.

– Hay una chica que me da lecciones.

Ella ni se habría enterado si él hubiera dejado de estar por allí.

Si hubiera desaparecido en cualquier momento durante los siete meses del proceso de su padre habría supuesto, sencillamente, que se había largado a México o a cualquier otro sitio. De hecho, una vez que con el mentón en las manos al otro lado de la mesa, entre amigos y curiosos -en el descanso para el té mientras un observador del Consejo Internacional de Juristas comentaba algunos aspectos de las audiencias de la mañana- levantó la vista para mirarla desde abajo de las cejas y levantó una mano a modo de saludo, ella sólo reconoció el gesto de alguien que ha estado lejos y avisa que ha vuelto. Fue con ella en el coche hasta Johanesburgo. Era una de esas personas que habitualmente aguarda a que el otro empiece a hablar. Las declaraciones de los testigos de la defensa, por la tarde, habían ido mal; no había nada que decir, nada. En presencia de otro en el coche, ella sólo tenía conciencia de los actos que suelen realizarse automáticamente, el juego de los tendones en el dorso de su mano cuando cambiaba de velocidad, la curva de sus codos en el volante y su mirada entre el retrovisor y el camino.

– ¿Cómo fue?

– ¿Qué fue? -con un matiz de desafío ante tanta preocupación.

La voz de ella se debilitó a causa de la turbación.

– Has estado… ¿dónde? ¿Ciudad del Cabo?

– Siempre eres así de cortés, ¿no? Lo mismo que tu padre. Nunca se crispa. Le arroje lo que le arroje ese rastrero fiscal cargado de histrionismo. Nunca pierde la calma.

Ella sonrió en dirección al camino.

– Debes de haber sido muy bien educada. Nada de insultos ni portazos en casa de los Burger. Todos maravillosamente comedidos.

– Lionel es así. Ofendido, sí. Lo he visto ofendido. Pero no pierde la paciencia. Es capaz de estar enfadado sin salirse de quicio… Nunca, no recuerdo haberlo visto así una sola vez cuando era pequeña… No es aceptación, él es por naturaleza comprensivo a su manera.

– Maravillosamente comedido.

Ella sonrió y se encogió de hombros.

– La vieja de esta tarde, ¿era una amiga?

– Algo así.

– Algo así. Pobrecita. Temblorosa y lloriqueante y bajando la vista de reojo todo el tiempo para no encontrar la mirada de él.

No sólo la mirada, ni siquiera podía darse el lujo de fijar los ojos en la punta de sus zapatos. Se notaba. Y diciendo todo lo que consiguieron sacarle, ensuciándose ella misma… Delante de él. Observé al acusado Número Uno. Se limitaba a mirarla, escuchando como cualquiera. No estaba indignado.

– Ella estuvo detenida casi un año -la conductora debió de sentir que su acompañante la estudiaba-. Está rota.

– Pues hoy resultó desastrosa para tu padre. ¿Qué es eso? ¿Compasión cristianoide?

– El sabe las que ha pasado. Eso es todo.

La conciencia que tenía ella de la forma de su propio perfil imposibilitó que él agregara: ¿Y tú?

Para ponerlo cómodo le dedicó una semisonrisa, una semimueca.

– No «muy bien educada», sólo acostumbrada a las cosas.

El día que su padre fue condenado él debía de estar allí, la cara pálida y angosta como la de un mandarín chino, con el bigote caído, ostentosamente mal vestido con el propósito de inquietar a los imperturbables policías jóvenes que crujían dentro de sus atuendos abrochados y abotonados. Ella no recordaba haberlo visto aunque era cierto que se había acostado con él una o dos veces. Los sentimientos familiares dominaban cualquier otra consideración, como ocurre en una boda o un funeral; una tía -una de las hermanas de su padre- y un tío, primos por parte de madre que acudieron a su lado pese a que nunca habían tenido nada que ver con las ideas políticas de su padre. Como en un oficio religioso, la familia ocupó la primera fila en el tribunal. La tía y las primas llevaban sombrero; ella tenía en el bolsillo el pañuelo de cachemira azul, lila y rojo, que sólo se ponía cuando el tribunal se levantaba al entrar el juez, cada uno de los doscientos diecisiete días que duró el proceso de su padre. A su alrededor, por todas partes excepto en el techo alto donde permanecían inmóviles las hélices de los ventiladores, había rostros. El estrado estaba bordeado de cuerpos, cuerpos móviles y encrespados en los bancos a espaldas de ella, alzados muslo contra muslo, las paredes acolchadas con policías de pie.

El, su padre, fue conducido desde las celdas de abajo hasta el estrado, un actor, un salvador, un boxeador profesional entrando en el reino de las expectativas que lo aguardan. El era, por supuesto, más corriente y mortal de lo que había anticipado su imagen de aquel día; un penacho de pelos se erguía desde su coronilla pulcramente cepillada y la mano de ella subió hasta su propia cabeza para alisarlo por él. Vio que veía primero a su hermana, luego a los primos; le sonrió haciéndole saber que había notado la presencia de los familiares y luego amplió la sonrisa, se la dedicó por entero. Lionel Burger, su padre, recitó sus señas desde el banquillo de los acusados. Sabía lo que diría porque los abogados habían trabajado con él los materiales y ella misma había ido a la biblioteca para verificar unas citas que necesitaba. Le oyó decir en voz alta lo que había leído de su puño y letra en las notas que había escrito en su celda. Nadie pudo interrumpirlo. La voz de su padre, Lionel Burger, estaba siendo oída en público por vez primera en siete años y por última vez, atestiguando de una vez por todas. Habló durante una hora. «…Como estudiante de medicina atormentado no por los sufrimientos que veía a mi alrededor en los hospitales, sino por el sojuzgamiento y la humillación de seres humanos en la vida cotidiana, que había visto a mi alrededor toda la vida… sojuzgamiento y humillación de gente viva en los que, con mi silencio y mi inactividad política participé, con tan poca opinión o voluntad por parte de las víctimas como las que había en los cadáveres negros, siempre abundantes, en los que aprendía la intrincada maravilla del cuerpo humano… Siendo estudiante universitario descubrí por fin la solución a la espantosa contradicción que conocía desde que iba a la escuela y se esperaba que no tuviera en la cabeza nada más conflictivo que mi situación en el equipo de rugby. Me refiero a la contradicción de mi pueblo -el pueblo afrikaner- y del pueblo blanco en general de nuestro país, que idolatra al Dios de la Justicia y practica la discriminación en virtud del color de la piel; profesa la compasión del Hijo del Hombre y niega la humanidad de los negros entre los que vive. La contradicción que escinde los fundamentos de mi vida, que me imposibilitaba verme a mí mismo como un hombre entre los hombres, con todo lo que implica de conciencia y responsabilidad… en el marxismo descubrí que se analizaba de otra manera: como fuerzas en conflicto a través de las leyes económicas. Vi a los marxistas blancos trabajar codo a codo con los negros en una igualdad que significaba aceptar las tareas más despreciables -tareas que significaban pérdidas de ingresos y de prestigio social, riesgo de arresto y encarcelamiento- además de compartir el desarrollo político y su dirección. He visto a blancos dispuestos a trabajar a las órdenes de negros. Allí había una solución posible a la injusticia, que debía buscarse fuera de la terrible falibilidad de cualquier moral que yo conociera. Porque como ha dicho un gran líder africano que no era comunista: "Las faltas morales de los blancos en este país sólo pueden juzgarse en la medida en que han condenado a la mayoría de su población a la servidumbre y la inferioridad".