– ¿Qué dices? Hay unos pocos blancos buenos… ¿Y qué hay con eso? No podemos caer en la trampa de perdernos a nosotros mismos en algún tipo de «humanidad» incolora… informe. A nosotros nos conciernen las actitudes grupales, la política grupal.
– Los comunistas creen en lo que queréis… no, aguarda… en lo que queréis para vosotros mismos. ¿Conforme? Pero ven la conciencia negra como una forma de racismo que desvía y socaba la lucha.
Dhladhla apartó a Tandi cogiéndola de la muñeca, pero no la soltó.
– Dado que el problema es el racismo blanco, sólo existe una oposición válida para contrapesarlo: una sólida unidad negra.
– ¡Dios mío! Ahora citas a Hegel, el materialismo dialéctico en su forma anticuada; desde aquellos tiempos han habido pensadores marxistas que desaprobaron…
– Nuestra liberación no puede divorciarse de la conciencia negra porque no podemos ser conscientes de nosotros mismos y al mismo tiempo seguir siendo esclavos.
Las consignas en boca de quienes las han vuelto a conformar para sí mismos recobran una dolorosa espontaneidad para las etiquetas y los apagados gritos de batalla de causas que el que habla no reconoce.
– ¿No es hermoso? -Fats elevó la palma de la mano, presentándonos viejas palabras como nuevas.
El bebé se había abierto camino a través de una arboleda de piernas. Lo alcé para evitar que lo pisaran y me examinó, después estiró su suave almohadilla de mano marrón y me restregó la nariz, riendo, riendo hasta que los gorjeos se volvieron líquidos y la saliva chorreó de su labio ambarino.
– ¿No es hermoso? Duma… si ves a mi chico dejando fuera de combate a un boxeador blanco, verás algo hermoso como esto. No estoy bromeando. Verás que él representa exactamente lo que tú estás diciendo. ¿No es así? Será algo que hicieron un cuerpo negro y unas manos negras. Se siente… es… ya veras… un hombre negro -Fats se apropió de la expresión de Dhladhla; probablemente la incorporaría a su vocabulario, revistiendo su desafío con la vanagloria del mundo del espectáculo. Cuando se río de sí mismo la carcajada recorrió toda la habitación.
La voz de James Nyaluza desvió la atención.
– Verwoerd y Vorster lo hicieron. En quince años no hemos podido llegar a los chicos. Puras palabras para estos chicos, sólo nuevas palabras… Cuando llegue el día en que tengan que actuar… ¿qué es lo que sabrán?
Duma Dhladhla y Tandi formaban una pareja extrañamente contrapuesta a la que formábamos el bebé y yo. El movimiento de la gente a medida que la discusión perdía impulso nos dejó en la arena de un momento cuya naturaleza era indecisa: tal vez empezaríamos a charlar intrascendentemente, las fuerzas excesivas cargadas entre los que habíamos estado discutiendo y escuchando virarían de pronto, dejando reducidas corrientes amistosas de gente cómoda en su callada sociabilidad de bebidas compartidas y humos de la casa, como los gorrones apiñados que de vez en cuando salían contentos al lavabo del patio, o expresando los puntos atesorados que aún no habían conseguido que escuchara nadie, como James capturado por Orde Greer. De repente Tandi llamó desenfadadamente al bebé que estaba en mis brazos, hablándole en su lengua. El bebé permaneció inmóvil, empecinado. Tandi volvió a hablarle. El bebé dio un salto contra mi cuerpo y una vez más se quedó quieto. Yo le sonreía en el homenaje que los adultos creen que deben rendir a los niños sin saber por qué. Tandi abrió los brazos e inmediatamente el bebé le imitó, abandonándome.
Hablé con la tibia intimidad de unas chicas que tienen más o menos la misma edad:
– ¿Es tuyo?
Yo quería decir que pensaba que el niño era de Margaret y Fats.
– Son todos nuestros -fue un movimiento en zigzag de la lengua, algo que no esperaba comprender, que no tenía derecho a comprender aquella a quién estaba dirigido.
Tandi me observó durante un segundo y se volvió riendo agresivamente, parloteando en su idioma con Dhladhla. Bromeaba con él, bromeaba con el bebé, él a medias irritado, el bebé a mitad de camino entre la beatitud y las lágrimas. Margaret se acercó y lo alejó de Tandi, besándolo apasionada y maliciosamente hasta que se aferró a ella.
En algún lugar cercano las frases del periodista blanco tintineaban como llaves toqueteadas en su bolsillo:
– …no la paz a cualquier precio, sino la paz para el precio de cada uno.
Las mujeres entraban y salían de la cocina. Le ofrecí ayuda a Marisa, que de inmediato organizó y delegó tareas entre las ollas de carnes hervidas, las patatas y la papilla de harina de maíz, la salsa que olía a curry. La amiga de Tandi cortó el pan. Margaret preparaba sus delicadas ensaladas con estrellas de remolacha y rosas de rábanos.
– Gracias señora -los enanos esperaron a que les sirviera y comieron seriamente con sus gorras puestas.
Algunas personas se fueron sin cenar pero llegaron otras salidas de la noche, debido a la consabida sociabilidad de Fats más que al hecho de haber sido invitadas. En realidad, a Orde Greer y a mí no nos habían pedido que nos quedáramos a comer en la forma en que se intercambian las invitaciones entre los blancos, sino que nos habíamos quedado, sencillamente, hasta que llegó la hora en que habitualmente comía la familia de Fats. Es gracias a este tipo de sociabilidad negra -que extiende a los negros la hospitabilidad ya ofrecida a los blancos por el tío Coen y la Tía Velma según la tradición de mi abuela Marie Burger- que florecieron los domingos en esa casa. Solíamos sentarnos en cuclillas alrededor de la piscina, haciendo malabarismos con los boerewors entre la yema de un dedo y la yema de otro; estos niños compartían una fuente en el suelo, modelando atentamente entre sus dedos las albóndigas de espesa papilla de harina de maíz y sumergiéndolas en la salsa, mientras el bebé y su abuela comían del mismo plato.
Sentada en una banqueta de plástico entre James y Fats, tenía conciencia de la figura de Greer siempre vista desde atrás, plantada con el aire esperanzado y ligeramente ridículo de alguien que se ha emborrachado decididamente más que nadie y da la lata desde la periferia de un grupito u otro, trasladando consigo su conjuro de provocaciones, de modo que la gente pueda interrumpir lo que estaba diciendo o absorber negligentemente sus preocupaciones, incluso interpretarlas erróneamente con el fin de combinarlas con las propias. Había aplastado su comida en un montículo, sin probarla; su plato abandonado ya tenía el repelente aspecto de sobras; alguien había apagado allí un cigarrillo. Por último se instaló delante de Duma Dhladhla, ineludible, haciendo caso omiso a la autosuficiencia del trío, Dhladhla y las dos muchachas. Le oí decir en voz muy alta, como si él y Duma estuvieran solos:
– ¿Qué harías si estuvieras en mi lugar?
Dhladhla dio un bocado de una pata de pollo que tenía en la mano y lo masticó con vivida energía, moviendo naturalmente los músculos de los ángulos de su fina mandíbula al estilo en que los actores del sexo masculino fingen emoción. Miró a Greer fastidiado, triunfante y aburrido.
– Nunca pienso en eso.
Marisa se unió a mi grupo.
– ¿Sabes que hoy hubo una redada en el centro? Dicen que han detenido a June Makhudu y a otros dos. Se llevaron todo el material de Sol Hlubi sobre estudios negros. Hasta el informe sobre alumnos de segunda enseñanza que la asistencia social del municipio ya había aceptado como prueba de su cometido oficial… Quisiera saber por qué de pronto eso se ha vuelto subversivo. Están locos… Rosa, hoy por la mañana estuvimos juntas en la ciudad…
Suponía que yo lo ignoraba igual que ella. Y en esa compañía comprendí que era extraño, una especie de desliz de la norma establecida desde los albores de mi vida, que no se lo hubiera comunicado de inmediato cuando nos encontramos en la tienda.