– Probablemente Orde sabe algo más… -Marisa lo llamó-. Orde, ¿qué es lo que ocurrió en Providence House? ¿A quién visitaron además del grupo de Hlubi?
Estaba rígidamente digno con sus calcetines rojos caídos sobre las botas, la mano palpando masturbatoriamente su espalda y su pecho debajo del jersey.
Había tomado fotos; el coronel Van Staden había dirigido personalmente la redada, lo que significaba que buscaban algo importante; el intrépido reportero gráfico subió de dos en dos los peldaños de la escalera de incendios y tomó una foto del hombre de Van Staden, ese cretino de Claasens.
– Sujeta a un tipo del cogote, como si fuera un perro, apretando parte de la chaqueta y la camisa… sus pies levitan prácticamente por encima del suelo.
– ¿Pero qué ocurría? ¿Resistencia a la autoridad?
– No, no, Claasens lo está registrando, con la otra mano… ya veréis. No, no lo veréis porque mi puñetero director no quiere publicarlo. Me dice que caerán sobre nosotros como un cargamento de ladrillos. Que me encerrarán también a mí por haberla tomado. No está permitido mostrar a la policía en una situación semejante. Es perjudicial para la dignidad. Su dignidad. ¡Caray!
– ¿Claasens vio que lo fotografiabas?
– Salí corriendo como alma que lleva el diablo. Otro me detectó pero cuando empezó a perseguirme resbaló en los escalones metálicos y cayó de culo; el muy cabrón tuvo la suerte de no rodar cuatro pisos…
Desde el regazo de su abuela el bebé respondió regocijado a nuestra carcajada. Se produjo un intercambio de relatos a costa de la policía, algunos que los narradores habían vivido personalmente, otros pertenecientes a nuestra tradición popular. Marisa, James y yo nos estimulamos recíprocamente.
– Qué me dices del día en que se casaron tus padres, Rosa?
Tuve que describir una vez más lo que Lionel contaba como anécdota política, una crónica familiar que en realidad era su aventura amorosa con mi madre: la policía fue a hacer una redada en aquel diminuto piso y no tuvo más remedio que desembalar los enseres domésticos. Mientras lo contaba, el bebé corrió hacia mí con una prenda de punto rojo en la mano. Pensé que era algo suyo que quería que le ayudara a ponerse, pero lo retuvo, señaló mi cabeza y luego se lo frotó en la propia.
– ¿Qué quiere? -pregunté a Margaret y vi que las encías desnudas de la abuela me sonreían cargadas de simpatía. Pero Marisa comprendió.
– Quiere ponerte ese sombrero, Rosa. Es para ti -incliné la cabeza y el bebé la coronó a manotazos. Un gorro con una roseta a un costado, de los que venden las negras, extendidos a sus pies mientras hacen ganchillo entre las piernas de los transeúntes, en las calles urbanas como si estuvieran en la cocina de su casa. La abuela estaba regalando su trabajo manual a la hija de Lionel Burger. Me lo calcé y Marisa lo enderezó-. La roseta no va en el medio -rió con disimulo, encantada, observándome, con la primera articulación de un dedo delgado entre los dientes. Margaret agregó su toque, arrollando el borde hasta convertirlo en un ala-. No, espera… eso es -Marisa metió todo el pelo debajo del gorro, mientras las dos protestábamos y reíamos.
La vieja se acercó y me abrazó. La niña de nueve o diez años que me había llevado el té por la tarde se colgó de mi brazo con la ternura de quien quiere llamar la atención de una hermana mayor.
Indudablemente Orde Greer no parecía en condiciones de conducir; cuando Fats y su mujer me invitaron a pasar la noche -el pelo corto del bebé suavemente áspero bajo mi mentón-, me atrajo la idea de quedarme entre ellos, en medio del manoseo de los niños, de la reconfortante confianza transmitida por Fats, competente en la corrupción, de que si la policía me encontraba allí, él sabría exactamente a quién dar una botella de brandy. La vanidad de ser querida y de pertenecer a ellos se propuso por su cuenta, oportunamente. Pero yo sé que aceptar no sería gratuito. Se me ofrecía gratis… pero tiene su precio, que yo tendré que decidir por mí misma para no ponerme en ridículo como Greer, que había pedido a Dhladhla que lo calculara.
Volvimos bajo un cielo que parpadeaba relámpagos a través de calles que se perdían en la noche, casas bajas cerradas a cal y canto, reforzadas en la oscuridad, atrancadas con latas y hierro para protegerlas de ladrones y policías, en ambos casos merodeadores indistintos. El ojo de una ventana era la visión de una vela en el interior, o sólo el reflejo de los faros del Volkswagen que me devolvían la mirada mientras traqueteábamos y virábamos en el camino de regreso. Semáforos repentinos, muy separados e irregulares, nos volvían vulnerables al pasar por debajo como el rayo. Humeantes como un solar quemado, nos rodeaban kilómetros de distritos negros en su oscuridad coagulada, sin la afirmación de altos edificios contra el cielo, sin el globo de alabastro nuboso invertido sobre la ciudad blanca por la vida que se declara abiertamente en neones, focos y ventanas que despiden luz hacia los jardines. Hay un hombre tumbado en la calle sin cunetas que encuentra su límite en los baches y los charcos. Borracho o apuñalado. A ninguno de los dos se nos ocurrió parar o hacer una observación. No en ese lugar. Ni aunque hubiésemos sido negros. Ni porque somos blancos.
Orde Greer me dejó en casa sana y salva. Debía de estar acostumbrado a conducir borracho. El único sonido en el coche era su pesada respiración y los eructos con vapores de whisky que lo acometían de vez en cuando; su concentración excluía mi presencia. Sabíamos que nada nos ocurriría en ese coche cruzando las esquinas a toda velocidad y deteniéndonos con demostrativa precaución antes de cruzar los semáforos en rojo. Noto que es alguien permanentemente fascinado por la idea de algo que puede transformarlo; la muerte accidental no es su solución. Y aquí estoy yo, último miembro de mi familia.
Gusanos de seda de la llovizna mascan las hojas de los árboles a las dos de la madrugada.
Pero no he olvidado el gorro de punto rojo; lo guardé -guardé la tentación- en un cajón antes de acostarme aquel sábado, al tiempo que la benigna precipitación llegaba a los suburbios blancos.
Lo que digo no será comprendido.
Una vez fuera de mí se convierte en apología o en acusación. No estoy haciendo ni lo uno ni lo otro… pero tú usarás mis palabras para darles tu propio significado, de igual manera que la gente quita o agrega letras en los juegos de palabras. Tú dirás: ella dijo que él era tal o cual cosa: Lionel Burger, Dhladhla, James Nyaluza, Fats, e incluso el pobre diablo de Orde Greer. Yo sólo procuro encontrar formas de afianzarme; tú dirás: es maniquea. No entiendes la traición; un pez volador aterriza en la cubierta desde aguas por las que te deslizas. Te inclinas curioso, llamas al resto de la tripulación y vuelves a echarlo al mar.
Fuera lo que fuese, me confundiste. En la cabaña me dijiste que en esa casa la gente no se conocía entre sí; me lo demostraste en lo que he descubierto desde entonces en lugares en los que, aunque estás explorando el mundo, nunca has estado. Pero hay cosas que ignorabas; o, aplicando tus mismos criterios, que sólo conocías abstractamente, en el acto público e impersonal de leerla o indagar, como un periodista blanco profesionalmente objetivo y conocedor del «sujeto» de una «clase negra explotadora». El credo de esa casa descartaba el tipo de individualismo de los Conrad, pero en la práctica descubría y elaboraba otro. Esto ocurría en las interminables reuniones y grupos de estudio que eran los torneos de golf y las cenas en el club que celebraban quienes compartían las ideas de mi padre. Era lo que se interpretaba falsamente en las purgas, cuando se denunciaban y expulsaban unos a otros por revisionismo o falta de disciplina o insuficiente celo. Algo que lograban crear por sí mismos incluso mientras los agentes del Comintern iban a informar sobre sus actividades y, en ocasiones, a destruirlas por completo cumpliendo órdenes que sembraban nuevas disensiones entre ellos, desesperación y desafecto. Es algo que se introducirá en una grieta oculta entre el análisis que hace el biógrafo de Lionel sobre la Teoría del Colonialismo Interior, la Naturaleza del Nuevo Estado como Movimiento Revolucionario, y la resolución de los Problemas del Período de Post-Rivonia… el cristal que segregaban para sí mismos a partir del dogma. ¿Qué harías si estuvieras en mi lugar? ¿ Qué hay que hacer? Lionel y sus compañeros lo descubrieron; signifique lo que signifique el credo en todos los países donde se evoluciona entre «las ortodoxias polares de China y la Unión Soviética» (según el giro expresivo acuñado por el biógrafo), en este país concreto hicieron un comunismo adecuado a las «condiciones locales». No lo declararon herético, aunque sé que contiene algún tipo de herejía desde la perspectiva interpretativa de alguien de afuera. Lionel -mis padres-, la gente de esa casa, tenía con los negros una relación totalmente personal. En este sentido, su comunismo era la antítesis del antiindividualismo. Una relación que otros blancos nunca tuvieron de la misma manera. Una relación sin reservas por parte de los blancos y de los negros. Las actitudes y actividades políticas de esa casa iban de adentro hacia afuera, los negros de esa casa donde no había Dios sentían su abrazo ante la Cruz. Finalmente no había nada entre esta piel y aquélla. Finalmente nada entre la palabra del hombre blanco y sus actos; chapoteaban juntos en la misma agua de la piscina, iban a la cárcel por la misma causa: era, por encima de todo, una conspiración humana.