Un periódico de lengua inglesa divulgó su nombre como miembro de la mafia política afrikaner cuyos cofrades dirigen el país desde el interior del parlamento; fue entrevistado por esta cuestión, a la que respondió sonriente: ¿Por qué únicamente cofradía? ¿Por qué no el Ku-Klux-Klan o la Liga de los Partidarios del Imperio? O sea que no se descubrió hasta dónde llegaba su influencia en las altas esferas. Tenía amigos íntimos en varios ministerios. Una elegante composición fotográfica, muy distinta a la usual publicación «Ven-a-la-soleada-Sudáfrica», apareció con su pie de imprenta en todas las embajadas del país; en el departamento de Información había quienes encontraban «dinámicas» sus ideas acerca de la forma de mejorar la imagen del país sin desviarse de los principios ni ser tan ingenuos como para mentir en este sentido.
Pero su amigo más íntimo estaba en el Ministerio del Interior. El ministerio donde se conceden los pasaportes; entonces de eso se trataba. Para Vigilancia era casi increíble que a la hija de Burger se le pasara por la imaginación que conseguiría un pasaporte, pero lo más interesante era averiguar por qué lo intentaba. Durante el período de abril en que visitó al amigo de los departamentos de Información e Interior, el régimen portugués fue derrocado en Lisboa, y lo que en última instancia provocó su caída se gestó en el motín de las tropas portuguesas que se negaron a combatir al Frelimo en su última guerra colonial; existía la posibilidad de que la chica no hubiera hecho nada desde el encarcelamiento de su padre, a la espera de ser útil en una situación como ésta: así se presentaba «limpia»; quería salir del país porque era necesario montar nuevas líneas de crecientes contactos para aprovechar plenamente las bases que ofrecería Samora Machel para la infiltración desde un Mozambique marxista, ahora establecido justo al otro lado de la frontera que solían cruzar los sudafricanos que a diferencia de ella tenían pasaporte, para comer langostinos y practicar la pesca con arpón. Se sabía con certeza que quienes compartían sus ideas siempre habían tenido vinculaciones con el Frelimo (por eso habían detenido a la Terblanche y a su hija la primera semana de mayo, dejando suelto al viejo para ver con quién se ponía en contacto). La reunión de miles de negros, africanos e indios en solidaridad con el Frelimo, celebrada en la Fuente de Currie, en Durban, sacó a la luz esta relación; el interrogatorio de la gente que había estado allí proveería nuevas pistas que sin duda remitirían a los viejos focos. En Tanzania estaba su hermanastro, a quien también vigilaban alguno de los que alistaban para su entrenamiento militar como Combatientes de la Libertad, que ya había sido reclutado y recibía su pequeño estipendio estuviera donde estuviese. El hecho de que no hubiera información de tratos con el hermanastro más allá de las dos cartas posteriores a la muerte de su padre y de que se supiera que no tenía el domicilio de ella después que se mudó al piso de la ciudad, no significaba que no estuviera preparado, por intermedio de un tercero, para establecer contacto con ella en cualquier lugar del extranjero, o para recibirla bajo otra identidad en Dar es Salaam. La hija de su padre: ésa era capaz de intentar cualquier cosa. Pero lo más inquietante era su actividad en el país, sugerida por el hecho de que intentaría salir y volver a entrar; no tenía la menor esperanza de conseguir lo que nunca le habían dado, lo que se le había negado de una vez por todas cuando intentó abandonar a sus padres para correr tras el hombre que amaba.
La última vez que pasó por allí la autopista estaba sin terminar, pero ahora habían concluido las obras; los diversos tramos – incluyendo aquel en el que habían derribado la casita de hierro acanalado e incorporado añosos nísperos del Japón al paisaje- estaban empalmados, acortando las distancias. Las curvas acechaban en un suave apartadero del río color café con leche que se transformaba en una zanja pedregosa en invierno y ahogaba animales en verano; fincas donde habían instalado obstáculos para que saltaran los caballos; senderos interrumpidos donde el viejo negro remolcaba lo que quedaba del chasis de un coche hacia una comunidad ndebele, semejante a un fuerte de adobe sobre un horizonte de espesas malezas. Rosa Burger vio todas estas estaciones e incidentes pasados y presentes; en los otros viajes no había en ella espacio para nada entre un punto de partida y un punto de llegada. El camino la deslizó hacia la ciudad en medio de colinas brillantes con el verdor de los matorrales de espinos. El monumental altar al mito del volk, con la forma de una caja de música gigantesca a la izquierda, un letrero con publicidad del parque de atracciones del kloof silvestre a la derecha. Y al pasar por la casa del funcionario en el primoroso jardín, el tronco de enormes palmeras sustentando su nave de persianas, las casas de los carceleros en soleado orden doméstico, la cárcel de ladrillos rojo oscuro con la fachada ciega a la calle… los estrechos resquicios oscurecidos por las rejas y la gruesa tela metálica romboidal, imposible saber, nunca, cuál corresponde a qué categoría de habitación y con qué propósito, y en qué pasillo, a izquierda o derecha, aguardaba un escenario específico con una mesa y dos sillas; el coche celular y el patrullero aparcados afuera, un carcelero en su día libre coqueteando con una chica de pelo amarillento y un fox terrier en los brazos; el portal, la enorme puerta gastada con los tachones de menos y las estanterías definitivamente marcadas. La puerta quedó atrás y llegaron los cuarteles militares, enclavados en el fondo de un jardín de guijarros, con otra palmera inmensa de la época de la vieja república, como el edificio vecino, un ejemplo encantador (le contó su padre, que había estado en Holanda) de adaptación colonial boer de las mansiones urbanas del siglo diecisiete a lo largo de la Heerengracht en Amsterdam, edificadas con ladrillo de casa de muñecas resaltando en blanco junto a la chapucera proporción de aguilones demasiado pequeños para su altura. La oficina de correos suburbana, donde hacían cola los carceleros y los visitantes de los presos… la calle Potgieter franqueaba lo suficiente para sugerir en un sobre el sello de la cárcel.
Rosa Burger atravesó el centro comercial de la ciudad a la hora de mayor tráfico, las cuatro de la tarde, mirando de reojo un papel que no la orientaba más allá de la Corte Suprema ni de la vieja sinagoga convertida en tribunal, camino que conocía. Conduciendo al ritmo de quien debe descifrar las señales, encontró el suburbio y la calle. Uno de los viejos suburbios: Straat Loop Dood, un callejón sin salida en forma de túnel hasta la barrera de una colina empinada, bajo enormes jacarandas que no estaban en flor en esa temporada. Eran casas de boers que accedieron a la burguesía setenta u ochenta años atrás; fincas de una sola planta con galenas donde los viejos que las construyeron debieron de sentarse hasta su muerte. La casa era como todas las demás; un par de cuernos encima de la puerta de entrada, un naranjo leñoso con diminutas frutas seniles, una balaustrada de madera que llevaba a la galería encerada en rojo, un bidón de petróleo de Elephant Ear y otra desde la que un cactus floreciente se agarraba a la pared y colgaba en tentáculos semejantes a patas de moscas. Una avispa había adherido su avispero a la puerta. La fachada era equiparable a las declaraciones de Brandt Vermeulen con las que le gustaba sorprender, desconcertar alegremente en los simposios: no, no vivo de acuerdo con la imagen que da mi periódico del hombre de mundo afrikaner, divorciado, en un ático con saunas y un patio de squash en el subsuelo, remedando el lujo advenedizo de Johanesburgo. Tenía suficiente confianza en sí mismo como para hacer hincapié en lo que él mismo definiría como sensibilidad indígena; la apreciación de la intimidad, la paz y una «solución ambiental» acertadamente sencilla, protegida en esta encantadora callejuela, con -por supuesto- otra sorpresa en reserva. Cuando abrió personalmente la humilde puerta, algo despeinado, esperando a Rosa Burger en cumplimiento de la cita telefónica, pero informal por naturaleza, un rostro sonriente levantado al sol, indicó el camino hasta una inmensa sala que descendía en dos niveles hasta una pared de cristales corrida que daba a otro jardín, esta vez un auténtico jardín. El interior de la casa había sido derribado y vaciado para dar lugar al espacio ocupado por un buen estilo de vida moderno. Iba descalzo, con vaqueros de lona blanca y una camisa a cuadros que olía a recién planchada, tenía el pelo húmedo porque -señaló el jardín cercado con una tapia- acababa de nadar un rato. Una tarde tan bochornosa… si quería darse un chapuzón, la piscina era del tamaño de una pila para pájaros, no podía ofrecerle dimensiones olímpicas, pero había unos cuantos bikinis olvidados por diversas invitadas… Hablaba en inglés y no parecía sentir la menor curiosidad acerca de los motivos de su visita. ¿Se sentarían afuera, bajo la parra, o dentro? Chaises-longues de madera blanca con ruedas, salpicadas con excrementos morados por los zorzales del Cabo que alimentaban a sus crías sobre los racimos colgantes.