– Quiero salir.
– Créeme, lo entiendo… no lo pongo en tela de juicio, yo mismo he vivido lejos, en el extranjero. Es necesario, te ayuda a saber de dónde eres. Te convence… ya verás.
– Espero tener la oportunidad de verlo -rieron, acortándose rápidamente el tempo entre ambos, a pesar de él.
– Lo verás… espero. Lo que estamos haciendo aquí puede asustar al mundo, pero todo lo que es salvaje y maravilloso siempre resulta un tanto terrible para alguien. Tu padre encontraba la misma reacción ante sus ideas, ¿no? Desde luego: los que somos diametralmente opuestos nos entendemos mejor. Si las cosas hubieran sido distintas… si tu padre hubiese vivido más tiempo, creo que hubiera superado su desesperación. A mi juicio el hecho de que viviera como un comunista era una expresión de desesperación. No creía que su pueblo pudiera resolver el problema de su situación histórica. Entonces se inclinó por la noción de la solución históricamente inmutable. Y, sí, no confiaba en nosotros: su propio pueblo; él mismo… así es como yo veo las cosas. Pero si hubiera vivido un poco más, sinceramente creo que un hombre con sus cualidades… un gran hombre…
Brandt Vermeulen forzó la pausa para que los dos pudieran reflexionar.
– Un hombre como Lionel Burger habría estado preparado para reconocer un descubrimiento: nosotros hemos llegado más lejos… estoy convencido. A menudo he pensado que quería hablarte de esto, pero en realidad no te conocía. La dinámica del afrikaner no se agotó como la dinámica social en Europa y probablemente en Estados Unidos. Ha adquirido diversas formas desde la época de la conquista a saco, muchas. La de tu padre fue una de esas formas. He oído decir que alguien está escribiendo un libro acerca de él… con frecuencia he pensado que soy yo quien… me gustaría desarrollar esta idea de que se ha desviado de su destino y por qué.
Rosa mantuvo la expresión considerada de quien respeta un enfoque erudito. Por supuesto, el sentimiento era una emoción demasiado poco profunda para alguien de sus antecedentes.
– Es terrible… murió prematuramente. Pero en otro sentido -buscó la forma de decirlo sin parecer brutal- no ha pasado el tiempo suficiente. ¿Me sigues? Aunque para ti… -contuvo la respiración y se inclinó hacia adelante.
– Otra vida -no se explicó… estaba separando el contexto de su padre del propio o en cierto modo era tan directa que Brandt Vermeulen no podía dar crédito a su demanda: Quiero conocer otros sitios.
– Claro… no hay que vivir en el pasado, el presente es tan emocionante. Sí, alarmante ¡y sin embargo! -no tuvo necesidad de mencionar Angola, Mozambique, Rodesia, Namibia, las guerras fronterizas que libraba su país, cuestiones en las que él y ella podían no estar del mismo lado-. Y eso es todo -su mano en el aire abarcó la atención de Rosa, su rostro, su existencia, con el gesto de su bolígrafo rojo seleccionando párrafos en los periódicos-. ¿Sencillamente, quieres irte? ¿De vacaciones?
– La gente lo hace todos los días.
– De vacaciones.
– Sí.
– Como cualquiera.
Intercaló movimientos afirmativos de la cabeza y sonrisas, como si ella fuera una cría que daba las respuestas correctas.
– Si tú eres como cualquiera… suponiendo que uno formulara algún tipo de petición en tu nombre, sólo suponiendo… en principio… es demasiado esperar que te consideren como a cualquiera.
– Lo comprendo.
– Lo comprendes -las uñas muy limpias después de nadar; con ellas palpó la línea que agrietaba la almohadilla rosada de su mentón-. Lo comprendes.
Ella no se intimidó.
De momento, súbitamente frívolo, Brandt se protegió congratulándose a sí mismo por incluirla entre quienes no se toman demasiado en serio.
– Tendrás que conformarte con un tarro de las calabazas en conserva que prepara Nina. No sé qué puedo hacer, si es que hay algo… si algo…
– Cualquier cosa que ofrezcas.
– No se trata de lo que yo ofrezca… sino de lo que se pide, chiquitina -rió, rieron, la mano de él estabilizó el hombro de Rosa.
Sin duda volvieron a investigarla, si eso era lo que él quería decir. Al menos Brandt Vermeulen llegó tan lejos como para conseguir que su íntimo amigo del Ministerio del Interior consintiera en considerar la necesidad de investigarla, en lugar de rechazar la cuestión lisa y llanamente. Eso fue un logro en sí mismo; ella dedujo que lo había conseguido, en posteriores visitas a su recluida y encantadora casa con cuya existencia uno no habría soñado cuando sólo conocía el camino del tribunal y de la cárcel. Aparentemente, siempre se alegraba de verla, o mantenía, a su manera, una tradición de hospitalidad que sustentaría cualesquiera fuesen las circunstancias.
– Nada alentador para decirte. Tienes que saberlo desde el principio… tendrás que armarte de la paciencia de un santo -seguían hablando en afrikaans, pero la frase salió en inglés.
Nunca mencionaban nada por teléfono, observando cada uno por sus propias razones las cautelas necesarias en el país. Fue en marzo y abril para escuchar este consejo personalmente; era posible, incluso probable, que en algún lugar de la sala, detrás de uno de los cuadros de su colección o en las grandes vasijas de «arreglos» florales que proveía su jardín… hubiese otro «arreglo» que registraba la conversación como parte de la investigación. Era lo que ella debía suponer; para ser justa con él, para salvaguardar su posición. El no sólo usaba su nombre a menudo, sino que ella empleaba el de él, llamándolo Brandt, tranquila y abiertamente: para cualquier servicio de escucha ella estaba apelando a una autoridad. El le contó la divertida historia de la forma en que había llegado a adquirir el torso de plástico con las fantasías anatómicas -las denominó así recurriendo una vez más al inglés y volvió una y otra vez al tema de la biografía de su padre. Ella le habló del joven que la estaba escribiendo, o al menos reuniendo material, y cuál era el enfoque. Coincidieron en que probablemente el resultado no sería gran cosa; un inglés -sintetizó Brandt Vermeulen-, ¿cómo esperaba un inglés desentrañar la personalidad de Lionel Burger? Ella siempre se olvidaba de llevar el bañador, aunque a finales de abril hacía bastante calor como para que en una ocasión (Nina la hizo pasar y la acompañó hasta el jardín) lo encontrara en la piscina, arrojando una pelota a un pequeñajo negro muy alborotador que chapoteaba envuelto en la cámara de un viejo neumático.
– Ah, ¿nunca habías visto a mi kaffertjie? -salió para saludarla, habló afectuosamente mientras el chico salpicaba y gritaba demasiado para oírlos. Era el nieto de su Nina, que pasaba las vacaciones escolares consentido en el jardín.
Sólo en mayo se volvió operativo el otro significado de la observación de Brandt: Es lo que se pide, chiquitina.
– Imagino que lo último que tienes ganas de hacer es sumarte a la madriguera de exiliados. En Londres y demás -¿Brandt Vermeulen hizo una mueca de respetuoso aburrimiento?-. La vieja pandilla.
Rosa Burger sonrió lentamente; meramente tolerante, pensó él, y retomó la palabra.
– No, claro que no. Vacaciones. Eso es lo que he asegurado… -la miró por un momento que nunca se repetiría. Ella no dijo nada pero comprimió las comisuras de sus labios suaves y adelantó la barbilla señalando que asimilaba el convenio tácito-. Bien. Y ya que hablamos de ello… tal vez husmeen tus documentos en el extranjero.
– No lo creo -no se consideraba tan interesante.
– Sí, en Inglaterra… hija de víctima del apartheid visita Torre de Londres, ya conoces el estilo…
Ella estaba meneando la cabeza, la barbilla todavía adelantada; un gesto tranquilizador para él, un tic peculiarmente afrikaner, típico como el encogimiento de hombros de un francés.
– Queda entendido que no concederás ninguna entrevista a la prensa. Tú no quieres publicidad, no es tu estilo. ¿De acuerdo? Ahora bien, no tomaré ningún compromiso… no haré ninguna promesa sobre nada que tú no tengas claro o con lo que no estés conforme. Entonces de acuerdo, yo estoy satisfecho. Espero que a otros les ocurra lo mismo -esbozó su sonrisa juguetona y estimulante.
– ¿Algo más?
La escrupulosidad de Rosa lo volvió optimista.
– No. Creo que las cosas se están moviendo. Es algo sensato por ambas partes… -estaba citando un argumento que había expuesto en algún lado-. Nosotros no carecemos de confianza en nosotros mismos, no tenemos por qué ser vengativos, ¿verdad? No tienen que tenerte prisionera como hacen los rusos con las familias de sus disidentes de generación en generación. Si hay algo más, te lo haré saber, seré sincero. Ah… un pequeño detalle… tu hermano… ¿tienes un hermanastro, no?