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– Sí.

– ¿No lo verás?

– Con un pasaporte sudafricano no me permitirán entrar en Tanzania.

– No, no, pero él podría estar en Europa.

– No había pensado ponerme en contacto con él.

– Entonces no hay ningún problema, ningún problema.

Brandt no quería alentar demasiado sus esperanzas pero a veces, hablando de otras cosas (seguía al tanto del pensamiento de los movimientos en boga de Europa y Estados Unidos, en una ocasión le explicó la teoría de Monod sobre azar y necesidad, en otra algo sobre Piaget y el estructuralismo -es fascinante- o las obras de Galbraith y B. F. Skinner), mencionó domicilios que le daría, gente a la que debía visitar, sus buenos amigos.

Más de un año después de su primera visita a Brandt Vermeulen, Rosa Burger recibió su pasaporte. El documento tenía un año de validez y sólo servía para el Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, pero no para los países escandinavos, Holanda o Estados Unidos. No comunicó a nadie que lo poseía. Renunció a su trabajo en la empresa de Barry Eckhard sin dar ninguna explicación. No se despidió de nadie con excepción, quizá, de Marisa. Vigilancia no podía estar segura. No dijo una palabra a Flora ni a William Donaldson y no había visto a Aletta ni a los Terblanche desde hacía muchas semanas (las dos Terblanche fueron puestas en libertad, aunque ambas bajo proscripción). En ese momento no mantenía una relación lo bastante permanente con un hombre para necesitar una ruptura. Ni siquiera los periódicos dominicales descubrieron que se iba; nadie salvo el Ministerio del Interior, el departamento de Seguridad del Estado (BOSS) y Brandt Vermeulen (tampoco se despidió de él; habían acordado tácitamente que él no tendría ninguna relación personal con su partida una vez que ésta estuviera asegurada), supieron que ahora tenía pasaporte.

El documento fue expedido contrariando el consejo y las instrucciones expresas del BOSS. que no podía entender cómo se lo concedían y en consecuencia se desmarcó de toda responsabilidad ulterior por el riesgo que implicaba. El caso se convirtió en uno de ésos que crean hostilidades y rivalidades interdepartamentales. Pero nada pudo hacerse para retenerla. Rosa Burger se sentó sin ser reconocida en el salón de salidas del aeropuerto a primera hora de la mañana del domingo. Sus piernas en téjanos y sus botas se veían debajo del periódico abierto que tapaba su cara pero no la ocultaba; cuando hicieron la llamada de embarque, la chica bajó el diario y la escuchó como si fuera una cita privada, sólo a ella destinada. Recorrió a paso lento la pista de despegue, desapareció bajo la sombra del ala del avión y -allí estaba- reapareció otra vez a la luz del sol. Subió la escalerilla de metal hasta la sombra más oscura de la puerta, sin volver la mirada. Vigilancia la vio partir.

Ni siquiera sé si estás vivo. Leí que un yate ha desaparecido entre Durban y Mauricio. Hay fotos de las chicas en bikini, en cubierta, «recordando la animación con que zarpó la embarcación de fabricación casera» pocas semanas atrás. Restos del naufragio a la deriva, corrientes aparte, sugieren imprevisión con respecto a lo que pudiera ocurrir: la boya a rayas que marcaba la posición de un pescador submarino, flotando desde una cuerda rota, una cubierta de plástico para hielo todavía decorada con etiquetas de bebidas barnizadas, arrojado entre algas podridas y peces voladores. En el mar, en el mar; circunnavegar significa no llegar más lejos del punto de partida. El mundo es redondo como tu ombligo. Tu contemplación del mismo en la casita ya no me sirve de nada. Soy como mi padre… como dicen que era mi padre. Descubro que puedo tomar de la gente lo que necesito. Pero tengo conciencia de que no cuento con su justificación; mi herencia sólo es la facilidad; mi dote, si a algún hombre le interesa.

Hasta el último minuto esperaba que me lo impidieran. Cuando hicieron la llamada de embarque dejé el periódico: ahora; ahora mientras me incorporo el joven policía que parpadea en la puerta con el revólver, el cordaje y el crepitante walkie-talkie me pedirá que me aparte. Yo misma podría haber parado antes, antes de empezar por así decirlo. Las primeras personas que contacté se asustaron de mí; sentí que no veían la hora de que me fuera para borrar mis huellas de la galería delantera. Quienes no tenían poder. Podría haberme dado por vencida. Es imposible decidir por adelantado si un hombre como él tiene suficiente influencia. Imposible descubrir si está o no en la cofradía. ¡Tal vez tendría que habérselo preguntado! ¿Soy la persona a quien habría respondido?

Lo extraño es que mi padre abrigaba acerca de Brandt Vermeulen el mismo tipo de ilusión que éste por mi padre. Excepto que mi padre lo citaba como algo del pasado, una oportunidad perdida, no como algo que podría producirse en una u otra de sus respectivas utopías. Lionel meneaba la cabeza asombrado ante la exégesis del apartheid con que Brandt Vermeulen ilustraba reuniones de los Rotary Clubs y seminarios políticos: ¡Hombre! No vacilará en mencionar Esto o lo Otro de Kierkegaard contra la dialéctica hegeliana para demostrar la justicia de los retretes segregados… Pero al mismo tiempo Lionel consideraba a Brandt Vermeulen una víctima de su situación histórica; con su inteligencia tendría que haber optado por el Futuro y no por el volk. Tendría que haberme acordado de todo esto cuando acudía a él. Sea como fuere, descubrí que no tenía miedo.

No tenía miedo: estaba fascinado. El estado de fascinación puede ser una función de la vanidad. Incluso la tímida mujer que traicionó a mi padre se vio arrastrada a la fascinación por una idea de sí misma tan fogosa como le habría gustado ser, idea que le transmitió él. Brandt -con qué rapidez se convirtió en «Brandt» y cuánta satisfacción le dio- se mostró cauteloso, por astucia, por evitar una chapuza derivada de la prisa y la falta de estrategia, pero esta actitud siempre estuvo contrapesada por la fascinación… no con mi ser femenino, sino con lo que él mismo estaba haciendo. Allí estaba yo, prueba definitiva de su electicismo, sentada -por fin- en su casa junto al torso con la vagina transversal, la hija de Burger que llevaba el nombre de Rosa Luxemburg y de la Ouma Marie Burger. Comprendí, mientras seguía presentándome ante él, que un pasaporte para mí lo liberaría de sus últimas dudas. Me ofrecí a proporcionarle la oportunidad de demostrar que el volk, convertido en un estado poderoso a pesar de mi padre y sus correligionarios, no necesitaba temer a aquello que no ha muerto con mi padre y que él decidió ver en mí; para demostrar que un individualista como Brandt Vermeulen podía seguir comprometido con el volk sin sacrificar «amplias simpatías» y «amplios entendimientos», que «la mezquindad y las estrechas restricciones punitivas» habían caído al sótano del museo estatal junto con los carteles de los bancos de parques con la inscripción «Sólo para blancos», que solían dar tan mala imagen del país en la prensa extranjera.

Esperaba que me detuvieran. La detente (mal pronunciado y mal aplicado) hizo posible mi pasaporte. Brandt Vermeulen quería creer en la «nueva dinámica», como él prefería llamarla; me sentaba en su encantadora casa vieja como un objeto expuesto entre los demás; si lograba conseguir un pasaporte para que la hija de Burger viajara como cualquiera -si la hija de Burger estaba dispuesta a viajar como cualquiera-, ¿quién se atrevería a decir que el régimen no daba señales de avanzar en la dirección del cambio?

Cuando llegó el 24 de abril (sé que te disgusta mi costumbre de señalar acontecimientos privados con fechas públicas, pero los acontecimientos públicos suelen ser decisivos en mi vida) pensé que me interceptarían el camino. Ese sería el punto final. La mitad del muro blanco se había desplomado sobre sí mismo; los portugueses estaban perdidos. Dick no se había proyectado demasiado lejos en el Futuro cuando me habló a través de la ventanilla del coche muchos meses atrás. Pero esta vez Brandt estaba profundamente comprometido con su clase de libertad. Me ha contado cuánta importancia adjudica a la escala humana de la acción política (las frases sucintas son suyas); eso significa que cuando uno ha descubierto la idea kierkegaardiana por la que debe vivir o morir, tiene que sustentar su política apasionadamente en teoría y al mismo tiempo emprender la tarea de la responsabilidad cotidiana, personal y práctica, de su interpretación y promoción. Me soltó un discurso tipo almuerzo informal sobre la honrosa evolución del Diálogo, empezando por Platón, el diálogo con el yo, y culminando con «la iniciativa Vorster», el diálogo de pueblos y naciones. Conmigo había asumido esa responsabilidad en la escala humana; para él, sus tardes con Rosa eran «el Dialogo» en la práctica.