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Otros de mente menos delicada que la de él ejercen la escala humana en las salas provistas únicamente del mobiliario básico de los interrogatorios, convenciendo a enemigos sacados de la incomunicación que permanecen de pie hasta que caen, pateados, golpeados, sumergidos en agua y sobrecogidos por el terror hasta la resignación. Cada vez que observaba la delicada adherencia del avispero durante unos segundos, antes de que me abrieran la puerta, ingresaba en un lugar que no existía para mi padre y en el que jamás él me habría introducido aunque me haya condenado a la cárcel; un lugar en el que jamás habría puesto un pie, aunque haya heredado de él y de mi madre la necesidad de una dosis suficiente de tortuosidad taimada para permitirme ir allí… un lugar donde era posible un punto de encuentro entre aquellos para quienes la piel es un valor absoluto y aquellos para los que la piel no vale nada; un lugar cuya vergonzosa existencia reconoce la posibilidad de que haya algo que decir entre mineros temporeros, obreros fabriles, sirvientes sin hogar, campesinos sin tierras, y la clase y el color que mora en ellos. Paz. Tierra. Pan. Pero Brandt sólo conoce las expresiones largas: progreso étnico, libertades separadas, desarrollo multilateral, democracia plural. Para mostrarle al mundo cómo Sudáfrica «asediada por estados hostiles en sus propias fronteras», sólo encarcela y detiene a aquellos que amenazan activamente su seguridad desde el interior, y era más necesario que nunca, para demostrar la buena fe del país, repetir los gestos correctos de concesión. Brandt tuvo que mantenerse firme, con sus amigos de las altas esferas, en el pacto con la hija de Burger. Ella había aceptado que no se pondría en contacto con nadie que contara en el extranjero; ni siquiera iría a Holanda o los Países Escandinavos, donde los grupos antiapartheid y los Combatientes por la Libertad eran más activos, y sus antecedentes comunistas la excluían de Estados Unidos, donde las camilleras de negros norteamericanos habrían buscado su apoyo en los boicots económicos.

Nada me detuvo. Hasta la última semana todavía pensaba que me detendría yo misma. Es difícil creer que el hecho de ser lo bastante objetiva como para verme a mí misma poco interesante para los periódicos pudiera transformarse en la garantía de que no sería entrevistada por la prensa extranjera hostil. Y es muy fácil mostrarse fría ante la perspectiva de reuniones en Londres con los viejos compañeros de mi padre en el exilio, que me recibirían tan cargados de expectativas como los Terblanche y su hija, tanto que apenas parecía constituir una promesa. Y todo lo que tuve que decir acerca de mi hermano, el otro hijo de mi padre, fue que un pasaporte sudafricano no tiene validez en Tanzania. La observación lo alejó tanto de mí como si se hubiera ahogado de niño o como a Baasie, mi kaffertjie, desaparecido en algún cuartucho, en algún distrito negro, en alguna prisión, tal vez donde yo no podía alcanzarlo.

Después de haber cogido el pasaporte, una vez que me hubiera ido… no sé qué dirían los leales. Sin duda, nunca lo habrían creído de mí. Quizá llegaron a creerlo explicándose a sí mismos que me había ido obedeciendo instrucciones tan audaces y secretas que ni siquiera ellos conocían. Así, mi inactividad durante tanto tiempo se les aparecería como un propósito que siempre habían esperado por mi propio bien. Y por qué medio había conseguido documentos… eso era, sencillamente, un tributo a los extremos a que debe llegar un revolucionario. Pienso en lo que deben estar pensando. Oye… Conrad, al margen de cualquier cosa que te haya dicho sobre ellos, cualquier cosa que me hayan parecido desde que me he librado de ellos, son ellos los que importan.

Un burro. La verdadera razón por la que me fui es algo que sólo tú creerías. De hecho, sólo si tú lo crees se volverá creíble para mí. Lo reconozco como parte de la forma en que mi vida ha sido codificada desde que tú me forzaste a interpretar estas cosas en la casita; pero el código es mío, ni tuyo ni de ellos. Un burro. Un burro. Un asunto para la Sociedad protectora de animales. Lionel amaba a las bestias casi sentimentalmente; curó la pata de una gaviota con cinta adhesiva cuando acampamos, de niños, en la desembocadura del Quagga; mi madre opinaba que mucha gente que mimaba animales en nuestro país no tenía el menor cuidado por los seres humanos; ella no tenía ninguno por las bestias. Un borracho muerto en un banco del parque. Un asunto para el departamento de Asistencia Social. Estas son las cosas que me conmueven ahora… y cuando digo «conmueven» no me refiero a lágrimas ni a indignaciones. Hablo de un giro repentino, una agitación tumultuosa, un desplazamiento incontrolable, conceptos cuya superficie ha sido insignificante y ahora empujan, patas arriba, elevados como enormes rocas que huelen a la tierra aún pegada a ellas. Un giro que me acomete físicamente, como los intestinos violentamente revueltos y contraídos cuando algo irritante golpea el tracto digestivo. Tierra, tripas: no sé qué metáforas emplear para describir el proceso mediante el cual plasmo mis propias metáforas del sufrimiento.

Tenía el pasaporte en un estante del ropero. En la caja de cuero para cuellos duros con las serpientes del cuerpo médico y el reloj de mi padre. Había regalado todo lo que era suyo y podía seguir siendo útil, incluso su biblioteca médica, pero la única persona que me habría gustado que tuviera el reloj era Baasie y no sé dónde encontrarlo. El pasaporte estaba allí el día que fui a almorzar a casa de Flora Donaldson. Pensé en ello mientras Flora trinchaba la pata de cordero, la voz agudizada para penetrar las diversas conversaciones que tenían lugar en la mesa.

– ¿Muy hecho? ¿Rosado? ¿Alguien prefiere membrillo a salsa de menta?

Experimenté una pueril satisfacción imaginando cómo reaccionaría (la punta del cuchillo en el aire con un trozo de carne colgando, el semblante atrozmente móvil entre la sorpresa, la curiosidad y la indecisión en cuanto a si debía mostrarse encantada o impresionada) si lo supiera. Probablemente habría decidido que la reacción correcta era una celebración: ¡Eh, todos! Tenemos noticias… Wiliam era el que se había ofendido por la sugerencia, cuando ella se ocupaba de manipular mi vida después de la muerte de Lionel, de que se me ocurriera siquiera sopesar la idea de abandonar el país. En realidad, no es de los nuestros pero comprende lo que significa serlo, mientras la buena Flora es una aficionada tanto en sus percepciones como en sus actos. Talentosa y valiente en ocasiones; los leales tienen que cuidarse del aventurerismo en sus filas, pero puede usarse este aventurerismo cuando se encuentra en el temperamento de otros: fue Flora quien ocultó con éxito a Nelson Mandela en su bodega cuando él entraba y salía del país ilegalmente antes del juicio de Rivonia. Lo que ve en mí su marido mientras estoy sentada (a Flora le gusta pensar en mí como en una hija de la casa: la hija de Lionel Burger) a su derecha en la mesa, es a una profesional como mi padre.

Flora no dijo que sería un almuerzo con invitados. Había insinuado con tono nostálgico que ella, William y yo no habíamos conversado en paz ni comido juntos, los tres solos, desde hacía mucho tiempo. Había otras tres personas; un abogado indio de Durban, de muy buen ver y con reminiscencias semíticas (¿para mí? Lo habían puesto a mi derecha), una abogada blanca tan perfectamente acicalada que parecía barnizada, y Mrs. Daphne Mkhonza, una vasta expansión de tela encrespada azul marino, zapatos de charol y bisutería dorada, como la esposa de un miembro del consejo de ministros afrikaner en la ceremonia de apertura del parlamento. Flora todavía logra hacer estos almuerzos mixtos de los años sesenta, aunque ahora debe de ser difícil encontrar negros que asistan a ellos.

Mrs. Mkhonza suele «aparecer» en las páginas femeninas de los periódicos blancos como un ejemplo de lo que pueden lograr los negros a pesar de sus desventajas. Es una de los raros negros que son pequeños capitalistas… lo que el primo de Marisa, Fats, denominaría magnates, que de alguna manera consigue burlar algunas leyes que impiden a los negros comerciar a la escala que produce magnates blancos. Tiene concesiones de estaciones de servicio a todo lo largo de las zonas negras del Transvaal, grandes almacenes y -agrega Marisa a la sarta de éxitos e iniciativas- es una socaliñera de alquileres que obtiene arrendamientos de viviendas en barrios negros sobornando a funcionarios, y luego alquilando lucrativamente habitaciones en sus tugurios a gente a quien los controles de afluencia imposibilitan de encontrar un sitio donde vivir legalmente. A veces la propia Marisa apela a Mama Mkhonza cuando es urgente encontrar «algo donde alojarse» para alguien cuya presencia en Soweto no es manifiesta; Mrs. Daphne Mkhonza puede ser una explotadora de negros -siguiendo el ejemplo de los blancos que admiran sus iniciativas de progreso- pero también es una negra: la aceptan, como a los policías negros.