Me mantuve apartada mientras llegaban las asistentes; William y yo nos sentamos con las tazas de café frías del almuerzo, en el pequeño patio empedrado que Flora había hecho construir a continuación del comedor, oyendo golpear portezuelas de coches y el vehemente parloteo de bienvenida, las risas veladas y el murmullo africano con registro de órgano en las amables respuestas, la entonación enumerativa mediante la cual podían reconocerse las presentaciones sin que llegaran los nombres a nuestros oídos. Ambos demasiado cómodos -demasiado marginales- para levantarnos -él para mostrar, yo para ver con mis propios ojos- hablamos señalando desde nuestros asientos cómo había decidido qué retoños debía guiar y en qué lugar de las plantas que había emparrado contra las paredes.
– ¿Qué opinas de las granadas colgantes, ese rojo contra el encalado…? Quiero hacer un intento con un granado. Ya habrás visto kilómetros y kilómetros de melocotoneros y perales emparrados en armazones a la vera de los caminos del valle del Po -el considerado William hizo variar rápidamente su falta de tacto en la referencia a la facilidad con que él podía moverse por el mundo, transformando la cuestión en una inocente broma conyugal-. ¿Comprendes que no es más artificial guiar un granado para que crezca con un diseño regular? Flora siempre me acusa, pero en caso de tener razón resulta igualmente «artificial» podar cualquier árbol -ahora los recibimientos parecían hacerse a puertas cerradas; intercambiamos una mirada y reímos disimuladamente-. ¡Una verdadera multitud! -William imagina en mí una tolerancia afectuosa como la suya con respecto a las actividades de Flora, que según se supone él mismo ha circunscrito.
Cuando dejé mi parte del «Guardian Weekly» que compartíamos y entré, me miró por encima de las páginas que tenía en la mano pero no abrió la boca. El momento en que podría haberme preguntado adonde iba fue gestado, en realidad, por mí; me vi, un instante casi vergonzoso, en la interpretación errónea de que podía ser víctima de su inquietud. Pero yo siempre me había movido libremente en su casa; muy bien podría estar subiendo para dormir la siesta en la cama de «mi» habitación o dirigirme abajo, al lavabo con el cartel de Amnesty International al otro lado de la puerta.
Rodeé a las asistentes a la reunión de Flora y me senté en el fondo. La reunión acababa de empezar. Después del cuadrado de sol en el patio, oscuros soplos de aliento cubiertos de luz nublaron el inmenso salón. Todas -empecé a verlas correctamente- agrupadas en los asientos del medio y de atrás, las negras por la costumbre de que les asignaran una posición secundaria y las blancas en su ansiedad por no acaparar las primeras filas. Las alegres objeciones de Flora dieron lugar a un crujido de las sillas, un arrastrar de pies hacia adelante y las alocuciones; yo me encontraba muy bien donde estaba: su rápida atención me abarcó, como un pájaro alerta en las alturas de un poste telefónico. Después de los discursos de la abogada blanca y de una funcionaria negra de la asistencia social, una bonita india de ojos almendrados, con un suave rollo de carne a la vista en su seductora versión de la vestimenta correspondiente al sojuzgamiento oriental femenino, se refirió a la rebelión y a la hermandad de las mujeres. Flora seguía llamando a las mujeres -magistral en la pronunciación de los nombres africanos- para que tomaran la palabra. Algunas eran liebres paralizadas bajo unos faros pero otras avanzaron sentándose en las sillas alquiladas de delante, esforzándose por llamar la atención. Una dama canosa, con la parca y majestuosa paciencia de una anciana presidenta de sociedad benéfica, sostenía en alto un bolígrafo dorado. En la hilera semivacía donde estaba yo, una negra apremiada por los susurros de dos amigas no se decidió a hablar.
En respetuoso silencio por la debilidad de nuestro sexo, la carne que como mujeres podría tocarnos a cualquiera de nosotros, las matronas negras pasaban lentamente, trasero y barriga, entre rodillas, hasta la mesa donde Flora había instalado un micrófono. Otras charlaban desde donde estaban, sentadas o de pie, repentinamente separadas por el don de las lenguas, mientras todos los rostros giraban para verlas. La cruzada de la anciana blanca resultó ser la seguridad en carretera, campaña en la que «nuestras mujeres bantúes deben aunar sus esfuerzos con los nuestros»; tembló con la voz dulce y cloqueante de una inglesa sorda de las clases altas mientras Flora intentaba poner fin al discurso con floridos movimientos de cabeza. Una pelirroja cuya expresión se perdía entre pecas tan encarnadas como su vestido, solicitó apasionadamente que la reunión lanzara el proyecto «Año de la cortesía» para fomentar la comprensión multirracial. Hasta había preparado la consigna: SONRÍE Y AGRADECE. Hubo un farfullar de risillas entre dientes atravesado por un gruñido de aprobación semejante a las respuestas poco entusiastas que se dan en la iglesia, pero una joven blanca se levantó de un salto con los puños en las caderas:
– ¿Agradecer qué? Quizás esa señora tiene mucho que agradecer. Pero, ¿es un objetivo de la acción femenina hacer que las negras se muestren «agradecidas» por las chabolas donde viven, los trabajos inferiores que se ven obligados a realizar sus hombres, la pésima educación que reciben sus hijos? ¿Deberían dar las gracias por la humillación que les brindaban las blancas que vivían protegidas y en situación de privilegio, que votaban y hacían las leyes? -y así sucesivamente.
La vi vacilar, perder la concentración cuando tres chicas negras en tejanos, que acababan de aparecer, se levantaron y salieron como si se hubieran equivocado de lugar. Una blanca levantó el brazo pidiendo permiso para hablar.
– No tenemos por qué trasladar la política a la fraternidad de mujeres -aplausos del grupo que la rodeaba.
Las matronas negras hicieron caso omiso de la chica blanca y de las chicas negras, informándose entre ellas, afanosamente, con sus susurros y sonidos guturales, los chasquidos y las sordas exclamaciones de sus lenguas nativas. Ellas sólo se adherían al tipo de liga de amas de casa blancas que se ceñían a los servicios de sanidad y «el aumento de precios en el presupuesto familiar» como problemas prácticos que eran el destino de la mujer -al igual que la menstruación- y no los relacionaban con ninguna otra circunstancia. El temor de las negras a llamar la atención como «agitadoras» y la determinación de las blancas a «no tener nada que ver» con la política que planteaban los problemas a los que se referían, produjeron un ardor que duraría hasta que se enfriaron las tazas de té. Vestidas con sus mejores galas, una tras otra, las negras con peluca y trajes de dos piezas, se quejaron, abogaron por una oportunidad para las guarderías, los huérfanos, los ciegos, los tullidos o los ancianos de su «lugar». Pedían cunas «viejas», cartillas escolares «viejas», juguetes y muebles «viejos», máquinas de escribir «viejas» con sistema Braille, materiales de construcción «viejos». Habían entrado por la puerta principal pero seguían aplicando la lógica correspondiente a la puerta de servicio. Estaban convencidas de que lo único que podían conseguir eran desechos; ninguna de ellas creía en la posibilidad de obtener otra cosa de las blancas, pues sólo servían para eso.
Y en ningún momento las negras como la anciana que estaba cerca de mí -con su doek en el que llevaba prendidos con alfileres distintivos de la Iglesia de los Jueves, un recorte en el zapato izquierdo para aliviar las molestias de un juanete, una rebeca que olía a humo de carbón y una bolsa de la compra llena de paquetes de periódicos- escucharon a nadie; estaban allí y sólo ofrecían su presencia como reconocimiento a las oradoras, a las oyentes y al significado de la reunión. Era suficiente. Ignoraban por qué estaban allí, pero a medida que los fines opuestos y las inimaginables disgresiones aumentaban de tono con cada discurso a medias audible, incoherente o digno o incoscientemente divertido, quedó más clara cada locuaz divagación, cada torpe, patética o pomposa formulación de necesidades en una vida que ninguna de las blancas (cuidándose de no sonreír ante el inglés chapurreado) vivíamos o sabíamos cómo vivir, por mucho que Flora insista en la común posesión de vaginas, úteros y pechos, el alumbramiento de los hijos y un amor enormemente compulsivo por ellos… las calladas negras viejas vestidas como respetables sirvientas en su día de salida supieron, aunque estaban sentadas en el salón de Flora, que de ellas no se trataba la reunión. El aroma a cosméticos de la clase media blanca y de las señoras negras y los olores a humo de carbón y vaginales de las pobres negras viejas. Me moví en la silla dura y respiré hondo: al aspirar en el salón de Flora inhalé todas estas esencias.