Выбрать главу

Fijó la vista al frente por miedo a que alguien le hablara o la tocara.

En el fondo del tribunal, donde estaban apretujados los negros, de pie, para que cuando los blancos sentados levantaran la vista sobresalieran, se dispararon los gritos: Amandhlal

Y el estallido de respuesta: Awethu!

Amandhlal Awethul Amandhlal Awethu!

Cayeron sobre su padre: flores, laureles, abrazos. El sonrió, resplandeciente, y levantó su blanco puño hacia ellos.

Todo concluyó. Una espalda delgada bajó a las celdas entre muchos policías. Todo había terminado. Los grupos se separaron, los abogados, policías y empleados cambiaron de sitio. La cara regordeta y desesperadamente serena del abogado de su padre, prematuramente envejecida por un rictus de tensión alrededor de su boca sonrosada y bondadosa, la buscó con la mirada y ella se apresuró a llegar hasta él. La besó y por un instante ella se hundió en el cojín de esa mejilla, oliendo el aroma de algo que él se ponía cuando se afeitaba. La voz británica de un extranjero que pasó a su lado le dijo al oído:

– Aquí de por vida significa de por vida.

Conozco las horas que siguen. Después de que se han llevado a alguien.

Después de que mi hermano se ahogara. Después de los arrestos. Después de que murió mi madre a las cinco y diez de la tarde en el hospital y cuando volvimos a casa el aspersorio funcionaba en el jardín y el bebé de la lavandera intentaba sostener el vaporizador con las manos.

Pienso que mientras mi madre estaba viva y mi hermano era un bebé, mis padres organizaron sus actividades de manera que siempre estuviera disponible uno de los dos, siempre, uno de ellos siempre tenía probabilidades de quedarse para llevar la casa si arrestaban al otro. Por supuesto, también especulaban con que la Rama Especial prefería dejar a uno de ellos aparentemente libre, con la esperanza de ser conducidos hasta otros que trabajaban en la clandestinidad. Nadie me lo dijo, nadie hablaba de eso en casa… pero yo lo sabía, como los niños saben cosas que sus padres hablan en la cama por la noche. Cuando mi hermano y mi madre ya no estaban, estaba yo. Si arrestaban a mi padre, siempre estaría yo.

Después están los juguetes, los armarios llenos de ropa, las cuentas, y las circulares de personas que ignoran que su destinatario no las recibirá. Aunque no hay documentos ni cartas porque la gente como mis padres no puede conservar nada donde figure un nombre o conexiones, hay cajas (una vieja caja redonda, de piel, con un broche en forma de hebilla, que según me han dicho la gente -tal vez el abuelo de Lionel- usaba para guardar los cuellos duros) que contienen cosas rotas y que no sabes por qué se han conservado. El mobiliario de las habitaciones está acomodado de acuerdo con una lógica de movimientos, de corrientes vitales que ya no están.

Theo quería llevarme a su casa pero le dije que prefería volver primero a la mía e ir más tarde con los Santorini.

– A comer con nosotros.

– Sí, cenaré con vosotros.

– Abriremos una botella de Dáo.

Dáo era el vino predilecto de mi padre.

Theo podía decirme algo así. No era únicamente el abogado de mi padre, ni siquiera era únicamente un amigo. Cuando un colega hostil lo había acusado -los abogados que el gobierno etiqueta de comunistas son expulsados del colegio- de tener un interés más que profesional en el caso Burger, había adelantado sus finos labios rosados y respondido: «Digamos que tengo puesto en ello el corazón».

Sabía que tendría que resistir una escena con Lily y su marido Jamison y cualquiera de sus amigotes que solían reunirse en la casa. Fue ella quien dio a la prensa las fotografías de bebé de Tony cuando éste se ahogó. Fue ella quien se puso de luto de la cabeza a los pies, con el único alivio del salmón de las palmas de sus manos y del blanco de sus ojos, cuando murió mi madre. Hizo por nosotros todo lo que los blancos le habían enseñado que se debía hacer. Yo sabía que le impresionaría que no volviera a casa sustentada por el tío, la tía y los primos que -con la lealtad consanguínea que era su forma de coraje o bondad- habían ido a escuchar la sentencia. Yo quería llevar a Lily arriba, a mi dormitorio, para que nos sentáramos en mi cama y pudiera rodearla con mis brazos y dejarla llorar, pero ella estaba formalmente sentada entre las chaises-longues levantadas y el equipo de la piscina, en el porche contiguo al estudio de mi padre, con Jamison y los sirvientes de los alrededores que eran sus amigos íntimos, esperándome. Le había dicho en varias ocasiones que debía esperar que esta vez estaría en la cárcel durante largo tiempo. Había intentado prepararla. Pero ella estaba allí sentada como en una de sus reuniones de fieles para rezar, aguardando la buena nueva, la misericordia del Señor. Había una bandeja con una jarra de zumo de naranja y un vaso -para mí- en la mesa oxidada con el agujero donde se encajaba la sombrilla. Todos se levantaron de las chirriantes sillas de hierro forjado cuyos cojines ella misma había guardado, y al verme llegar -como había llegado día tras día mientras duró el proceso- comprendió que no había buenas nuevas ni misericordia del Señor y su obstinación la abandonó. Dijo, con un beligerante sentido práctico:

– ¿Qué le han hecho?

Luego gimió y balanceó la cabeza y echó con fiereza a los demás. Parecieron a punto de empezar sus aullidos penetrantes y vibrantes, pero con alguno de sus sentidos me observaba y formulamos el convenio tácito de que no caería al suelo presa de la histeria. Le acaricié la cabeza que al tacto era un colchón cubierto de bultos, su elástico pelo africano dividido en pequeñísimas trenzas debajo del doek [pañuelo que suelen usar las mujeres negras, en general de colores, confeccionados por ellas mismas. (N. de la T.)] (con frecuencia la había visto hacerlas, de niña). Me acunó.

– Dios estará con él en ese lugar. Todo el tiempo, todo el tiempo. Hasta que vuelva a casa.

Así intercedía por nosotros, también, mediando en nuestro rechazo de la fe hacia una forma aceptable para los blancos ricos que pasan por alto, simplemente, las visitas a la iglesia. No sé qué respondí; nosotros también teníamos nuestra forma de enmendar sin ofender.

– Piensa en él, Lily. Piensa en él a menudo y no se sentirá solo -o algo parecido.

Abrazadas, las dos solas, fuimos lentamente hasta la gran cocina donde ella había preparado tantas comidas para mi padre, para su familia. El despertador que se llevaba a su cuarto todas las noches estaba en el alféizar de la ventana de encima de la pila, marcando los segundos del fin del primer día… de por vida significa de por vida. Por último, me dijo que se habían terminado los huevos y que no había pan para el desayuno de mañana. Volví a salir aquel día; fui en el coche hasta la verdulería portuguesa, camino abajo. El lado oeste de la cuesta, donde estaban las tiendas, conservaba el calor del sol vespertino, volviendo llamativas las rayas y las manchas del parabrisas. Algunos niños blancos descalzos que ya se habían puesto sus pijamas cortos de algodón estaban comprando leche y cigarrillos y el regalo de un chicle o un helado de cucurucho para llevar a los pisos de arriba. Yo estaba entre mujeres jóvenes de mi edad, algunas con hijos colgando de la cadera o de la mano, con las espaldas y el declive de los pechos manchados de un rosa parduzco profundo después de una tarde en sus piscinas, entre hombres negros en mono de trabajo, que bebían en silencio y de pie botellas de coca o naranjada, entre autoritarias blancas de mediana edad que lucían el yelmo de los cabellos recién teñidos mientras elegían frutas y lechuga y limones siguiendo el plan de la cena que darían esa noche. Henriques sabía que comprábamos huevos pardos, extragrandes. Probablemente mi madre había iniciado la costumbre; sea como fuere, Lily siempre insistía en que comprara esos huevos. Henriques tenía una sonrisa para todos, como si habiendo escapado al servicio de un pobre en el ejército colonial portugués de Madeira no tuviera ningún derecho a estar fatigado o irritado. No se atrevía a coquetear con chicas sudafricanas educadas, como yo, pero expresaba una tímida preferencia o deseo regalando un melocotón o una manzana perfecta cuyo precio pasaba por alto.