– Mmm, sí, supongo que podríamos decir que creemos saber qué derechos humanos defenderemos, pero no deseamos la nacionalización ni la migración ilimitada de los negros. Por esta razón el Partido Laborista se irá al traste -esta vez los franceses rieron con el invitado de honor, que fue apagándose en un vago asentimiento, simulador, desdeñoso en murmullos que lo disociaban de esa específica locura política.
– Tampoco se trata de la ortodoxa tesis apologista según la cual lo ocurrido al socialismo en la Unión Soviética tiene algo que ver con el legado del atraso ruso. La vieja historia: su estado de subdesarrollo cuando llegó la revolución, el revés económico de la guerra, la tradición autocrática del pueblo ruso y así sucesivamente. La teoría de izquierdas dice que si Stalin estaba contenido en Marx se debe a que el culto del estado y la rationalité sociale ya estaban contenidos en el pensamiento occidental… esto es lo que se originó en la Unión Soviética, pero su doctrina nace en Maquiavelo y Descartes.
La frente definida con la pelusa detrás de cada oreja se inclinó hacia atrás, los párpados cayeron intensificando la mirada.
– De modo que todo lo que anda mal en el socialismo es lo que anda mal en Occidente. Otra vez la culpa del capitalismo.
– Permíteme terminar… por ende el antisovietismo de los izquierdistas occidentales es un antisovietismo de la izquierda, totalmente distinto.
– Y permíteme decirte -saltó Bernard a través de la elipse de su propia ironía- que la tragedia de la izquierda consiste en que aún está convencida de que todo lo que tiene de malo el socialismo está en Occidente. Nuestra tragedia como izquierdistas, la tragedia de nuestra época. El socialismo es el horizonte del mundo, Sartre lo ha dicho de una vez por todas; pero es una evasión… cierra los ojos, apriétate la nariz, antes de reconocer de dónde viene el hedor.
– Sin duda alguna lo importante es…
La voz del ingeniero se paseó por temas que lo complacían:
– Ojalá pudiera acomodar mis convicciones al genio de un nuevo philosophe… y hablaban de maniqueísmo… acusan a Giscard…
– Sin ningún género de dudas el factor importante reside en que -el inglés había metido la panza y sacado el pecho, manteniendo sus opiniones por encima de la discusión-,…al menos estos tipos pueden tener la cordura de haber acabado con las ideas totalitarias y la represión total inseparable de dichas ideas. Cuando encuentras a alguien que dice que el gran invento del siglo veinte puede resultar ser el campo de concentración… cuando apareces con ideas semejantes, es posible que por fin nos estemos alejando del señuelo de la maligna utopía. ¡Si la gente se olvidara de la utopía! Cuando el racionalismo destruyó el paraíso y decidió instalarlo aquí, en la tierra, la meta más terrible penetró la ambición humana. Era evidente que no tenía fin lo que se haría sufrir a la gente para alcanzarla.
Bernard vio que Rosa los miraba a todos, a él mismo como uno de ellos. Sus pómulos estaban tensos de asombro; su presencia entre ellos era como un brazo que los hace retroceder de algo perdido y pisoteado.
– ¿«No puedes institucionalizar la felicidad»? ¿En serio? ¿Como un descubrimiento…? Es una de esas máximas que aparecen en las sorpresas del árbol de navidad…
El ingeniero se mostró encantadoramente perspicaz.
– Quizá se referían a la libertad, de alguna manera están… no sé, algo trastornados en estos tiempos para usar esa palabra. Sea como fuere, según la visión izquierdista de la vida, ambas significan más o menos lo mismo, siempre insisten en que su «libertad» es condición de la felicidad.
Ella sopesó por un instante sus manos vacías. Bernard vio que se levantaba y se mostraba allí aquello que había sido pisoteado. Enseguida Rosa ocultó los puños detrás de los muslos.
– ¿No lo sabes? No existe ninguna posibilidad de felicidad sin instituciones que la protejan.
El inglés sonrió desde una ventana de minúsculos dientes que sujetaban el cigarro.
– ¡Qué Dios nos proteja! Entonces levantan la alambrada de púas y quién sabe en qué momento descubres cuál es el lado erróneo…
– No estoy postulando una teoría. Me refiero a gente que necesita tener derechos (allá) en un código para poder moverse en su propio país, decidir qué trabajo harán y qué aprenderán sus hijos en la escuela. Para poder montar en un autobús o entrar en un sitio y pedir una taza de café.
– Ah, sí, los derechos civiles ordinarios. No puedo decirte que sea una utopía. Pero para ello no es necesario una revolución.
– En algunos países sí. La gente muere por cosas como ésas -dijo Bernard en voz alta, para sí mismo.
Rosa no dio muestras de haberle oído.
– Pero la lucha por el cambio se basa en la idea de que la libertad existe, ¿verdad? La libertad, esa idea estrafalaria. La gente tiene que estar en condiciones de crear instituciones… y es necesario desarrollar instituciones que la vuelvan posible en la práctica. Esa utopía es interna… sin ella, ¿cómo puedes… actuar? -la última palabra sonó como si hubiera dicho «vivir», aquella por la que la había sustituido incoscientemente; hubo modificaciones comprensivas, incómodas, apreciativas en esos rostros que aceptaban, amablemente o como un reproche, una verdad ingenua por todos modos admitida.
El inglés colocó su perfil como si lo situara para un retrato, en actitud resuelta.
– Los embustes. La crueldad. Demasiado dolor emana de todo ello.
– Pero no hay indemnidad. No puedes tener miedo de hacer el bien por si acaso el resultado es el mal.
Mientras Rosa hablaba, Katya se detuvo al pasar y la rodeó con un brazo; miró a todos un momento, disfrutando del reflejo de un desafío pretérito, como un viejo veterano que todavía se muestra capaz de recuperar la atención. Prosiguió su camino para limpiar una mancha de vino derramado en la pechera de su vestido:
– Mi enorme balcón recoge hasta la última gota de lo que se cae.
La autoridad del inglés se inclinó y rodó. Cogió otro pastis de la bandeja de Didier sin enterarse del cambio de su vaso vacío por uno lleno.
– No es una cuestión de justificación moral, tenemos que apartarnos de eso. La maligna utopía… el estado monolítico, que es todo lo que es susceptible de producir el sueño utópico, ha asumido la justificación moral y la ha convertido en el mayor embuste.
– Sí, sí, exactamente lo que están diciendo… ya se trate del Partido Comunista como de una gigantesca empresa multinacional, la gente se vuelve contra las estructuras descomunales y limitadoras…
– Nuestra única esperanza reposa en un desapasionado precepto tecnológico, nuestro credo tiene que ser, hablando en un sentido general, ecológico… admitiendo siempre la premisa de que el lugar del hombre es fundamental.
Bernard encontró a Rosa en el matorral del ensimismamiento de los derechos:
– Para ellos ésta es la forma de animar una fiesta.
Ella se encogió de hombros e imitó su gesto de levantar el labio inferior: para todos nosotros. Le sonrió fugazmente.
Se apartaron como si no tuvieran un destino común, como si estuvieran a punto de separarse para ir a la barra de Didier o unirse a la facción Grosbois, donde incitaban a Darby a refunfuñar alguna historia que hizo caer sobre ella tal bombardeo de carcajadas que Donna los observó, fastidiada. Se movieron mesuradamente, como dos que se encuentran para intercambiar un mensaje bajo la cobertura de la multitud. De improviso él empezó a hablar.
– Es mucho lo que puedes hacer, Rosa. En París, en Londres… Lo suficiente para abarcar toda una vida. Si creemos que debes hacerlo. Aunque empiezo a pensar… -se interrumpió; siguieron andando lentamente-. Oye, mis motivos no son los de ellos -no podría haber dicho lo que dijo en ningún otro sitio, ni a solas con ella; lo facilitó la presencia de la muchedumbre, salvadora de cualquier muestra de emociones liberadas-. Debo decirte que no puedes inscribirte en la causa ni en la salvación de los demás. Fíjate en los idiotas que hace unos años cantaban en las calles con las cabezas afeitadas. Nunca alcanzarán el nirvana hindú -ella tenía la cabeza baja, inclinada hacia él para oírlo mejor. Daban la impresión de estar cotilleando acerca del grupo que acababan de dejar-. Lo sé, no puedo comparar… -se detuvo en espera de una rápida mirada que no llegó- el mismo caso que tu padre y los negros… su libertad. Disculpa que te lo diga… lo mismo ocurre contigo y los negros. No es accesible a ti.