Es posible vivir dentro del ámbito de una persona, no de un país. París, Camerún, Brazzaville; el terruño. Existe la posibilidad con Chabalier, mi Chabalier. Me dice que una vez instalados en París, tendría a mi Chabalier, que es el único que cuenta. No es desleal. No dice que no ama a su mujer y a sus hijos: «Vivo entre ellos, no con ellos». Entre nosotros no pronunciamos palabras rituales; no quiero usar las que tuve que emplear para entrar bonafide en una cárcel. ¿Cómo lo sabía él? Pero de alguna manera lo estaba reconociendo en su disgusto por coquetear como es debido aquella primera noche en el bar.
– A veces tengo que satisfacerla.
Se lo pregunté francamente: tendrás que hacerle el amor cuando vuelvas a casa. Sabíamos que no sólo me refería al día en que se fuera de aquí, sino cuando esté viviendo «cerca» del lycée y él haya estado conmigo. Nunca miente y la mía era una pregunta que, sin duda, sólo puede hacer una extranjera. Lo comprendo. No estoy celosa aunque he visto su foto… ella aparecía en la que me mostró cuando le dije que quería ver a sus hijos. Es una mujer bonita, con una cabeza insolente y decidida, a la que imagino diciendo, como me contaste que dijo la mujer de Ugo: Puedes tener todas las mujeres que quieras mientras yo no me entere.
– Una burguesa indestructible -dijiste de la mujer de Ugo y reiste generosamente, Katya-. Eso estaba muy bien. Yo no quería destruir a nadie, no quería nada de ella -y tuviste a tu Bagnelli más de quince años. Bobby tuvo a su coronel. Es posible.
Incluso podríamos tener un hijo.
– Eres el tipo de mujer que puede hacerlo -me ha dicho-. No tendría miedo de que tuviéramos un hijo. En general no estoy de acuerdo con la idea de que una chica deba seguir adelante y tener un hijo sólo porque quiere demostrar que no necesita un marido… lo mismo que demostrar que es capaz de obtener un título. Ahora no es más fácil que antes. Un chico sin familia, sin hermanos mi hermanas… pero nuestro. Un niño para tu padre.
En la edad mediana tendré un hijo joven que ira al Liceo Louis le Grand y llevará el nombre de Lionel Burger; no necesitará reivindicar el apellido de los hijos de Chabalier. Tenemos familia en París, mi niño y yo: a veces pienso que algún día, cuando viva allá, la buscaré, buscaré a la prima Marie, que promociona naranjas. En París no habrá ninguna razón para evitar a nadie en cuanto tenga documentos nuevos. Seré libre de hablar. Libre. ¿Y si encuentro a Madame Chabalier en compañía de su marido en una de las reuniones de izquierdistas?
– No importa. Probablemente os caeréis bien. Tú hablarás con ella como con cualquiera con quien tienes ideas políticas más o menos semejantes… eso es todo. Ella intenta aguantar -saca la correosa rodaja de limón del vaso después que se ha comido la suya, y la chupa-. No le has hecho ningún daño.
No quiero saber nada más de ella, no quiero conocer sus debilidades ni calcularlas. Lo que yo tengo no es para ella; él me da a entender que su mujer no sabría qué hacer con eso y que no es culpa suya.
– Uno está casado y no hay nada que hacer.
Sin embargo me ha dicho que se casaría conmigo si pudiera, queriendo decir: deseo intensamente estar casado contigo. Lo ofendí un poco al no mostrarme conmovida. Son otras cosas que me ha dicho las que corresponden al texto según el cual vivo. En realidad no sé si deseo alguna forma de manifestación pública, de posición, de código como el matrimonio. No hay nada más privado y personal que la vida de una amante, ¿verdad? Externamente, nadie sabe siquiera que somos responsables el uno ante el otro. La amante de Bernard Chabalier no es la hija de Lionel Burger; indudablemente no es responsable del Futuro, puede ir a hacer buenas obras en Camerún o contemplar el unicornio en la foresta de tapicería. «Este es el ser que nunca ha sido», me recitó una poesía acerca de este unicornio, traducida del alemán. Una criatura mítica. Un paradis inventé.
Cuando te vi arrancarte la barba cruel de tu suave mentón, tendría que haberme acercado y haberte besado y rodeado con mis brazos para protegerte de la perspectiva de la decadencia y la muerte.
Después de un breve viaje de investigación a Córcega para su tesis, Bernard Chabalier dedicó sus pensamientos a encontrar una sólida razón para justificar su necesidad de ir también a Londres. Era bueno en estas cuestiones; sumamente experimentado y práctico, empezó convenciéndose a sí mismo. Una vez superada esta prueba -el rostro que habitualmente se arrugaba en irónico escepticismo y diversión ante proposiciones sospechosas, aceptó ésta como pasable-, confiaba en poder convencer a quien fuera necesario.
– Tendría que pasar unos días en Londres para hablar con un colega británico… sí, por supuesto, de la LSE… se dedica al mismo tipo de investigación que yo. La influencia de la contraemigración en Inglaterra. No está mal lo de «contraemigración». Creo que acabo de inventarla. Los colonizadores que regresaron de Kenya, los rodesianos que está volviendo desde la Declaración Unilateral de Independencia, los paquistaníes, huelga decirlo, los antillanos. A modo de comparación: un capítulo corto con fines comparativos. La mutación de los valores anglosajones post coloniales frente a… Esas cosas son estupendas para una tesis. Toques de erudición. Impresionan a los supervisores -apenas era necesario plantear estas cuestiones a su mujer (se llama Christine) y a su madre, para quienes las necesidades de la tesis eran prioritarias-. Si sentarme en lo alto de una columna en medio del desierto fuese la mejor manera de obtener el doctorado me enviarían, sin la menor compasión, una botella de Evian para asegurarse de que en caso de estar a punto de morir de sed no bebería agua con gérmenes. Son ambiciosas por mí, te lo aseguro. Ellas también hacen sacrificios, es verdad…
Cuatro días y tres noches juntos en Córcega habían permitido a Rosa Burger y Bernard Chabalier degustar la experiencia de estar solos, una pareja en estado puro, la incomparable experiencia de que no corrían peligro de perder en el intento de prolongación que es el matrimonio. Pero la alegría sin exigencias -porque la presencia constante del otro, la sensación y el ritmo de la respiración, el olor, el tacto, la voz, la vista, la interpretación mutua era la provisión total- se convierte en una única exigencia unificadora. De la pareja; sobre el mundo, sobre el tiempo: volver a experimentar ese equilibrio perfecto. Una resolución impetuosa, fuerte, bronca, de ojos entrecerrados, fundida en deseo, rozando los límites, derribando todo lo que vuelve improbable e incluso imposible el tránsito de la voluntad. Rosa Burger y Bernard Chabalier no tenían muchas oportunidades de vivir juntos días enteros con sus noches mientras sus cuerpos se velaban mutuamente en el sueño como las efigies de tumbas vecinas que representan cuerpos enamorados y desertados por la muerte. Si los días y las noches han de contarse con los dedos, la suma es importante. A Rosa le pareció brillante la idea de Londres porque en un contexto urgente las ideas sólo tienen que ser factibles para resultar brillantes. Estaba en condiciones de complementar la ocurrencia básica de Bernard, su razón para ir a Londres. Un hotel era peligroso; por retirado que fuese, alguien que conociera a alguno de los dos podía alojarse allí; al fin y al cabo siempre existen sobradas razones para buscar lugares recónditos. Ella disponía de un piso… tenía acceso a la llave de un piso en Holland Park, que nunca había usado. Jamás había estado en Inglaterra, en Londres. ¿Le parecía bien Holland Park? A Bernard le encantó la idea de mostrar Londres a la jeune anglaise (los franceses del pueblo donde la había conocido no sabían hacer distinciones de origen entre los extranjeros de lengua inglesa). ¡Holland Park era ideal! Un corto trayecto en metro hasta el West End.
¿Y a qué distancia de la London School of Economics?
Ataques de risa y parloteo.
– Lejos de nuestra ruta, nunca la encontraremos, no te preocupes. Pero mi colega sí que vive en Holland Park y me conseguirá una habitación en casa de unos amigos éh? Será más barato que un hotel… y si alguien llama por teléfono -Rosa entiende la pausa, deduce, la anciana Madame Chabalier ha sufrido un infarto, de hecho dos, y siempre tiene que haber una manera de llegar a su hijo-, no tiene nada de particular que otra persona que vive en la misma casa atienda, ¿no?