La chica se disculpó; la haría retirar.
Volvió antes de que oscureciera con un hombre rubio de aspecto enfermizo, pelo largo y bigote ralo, con la camisa de moda, de bordado balcánico, téjanos y veldskoen. Tenía un destornillador pero le resultó difícil hacerlo girar en las ranuras apelmazadas con capas de pulimento para metales, convertido en pétreo verdín. Ella no se movió del asiento del conductor. El rectángulo donde había estado la placa se veía blancuzco en el crepúsculo. El puso la placa en el maletero y se alejaron.
Durante el primer año, mientras su padre era un preso de categoría «D», Rosa estaba autorizada a visitarlo cada dos meses. Recibía de él y contestaba una carta mensual, no más larga de las quinientas palabras reglamentarias. Cuando excedía este límite con una oración, el jefe de carceleros, que censuraba la correspondencia, cortaba la página en ese punto. En la siguiente visita, su padre le contó cuánto se había entretenido tratando de reconstruir, a partir del contexto de la oración anterior, la parte que faltaba. En julio y octubre de ese año no le escribió para dejar que lo hiciera su hermanastro, del primer matrimonio de su padre, un médico que trabajaba en Tanzania y tenía prohibida la inmigración a Sudáfrica. Durante el segundo año su padre era un preso de categoría «C» y le permitían varias visitas especiales. Las solicitudes presentadas por Flora Donaldson y Dick Terblanche (Ivy estaba en la cárcel pero la proscripción de su marido estaba caducada y aún no se la habían renovado) fueron rechazadas por el director de cárceles, lo mismo que la de un viejo camarada, el profesor Jan Hahnloser; éste opinaba que Lionel Burger había arrojado su vida por la borda, estúpida y trágicamente, en virtud de convicciones políticas que para el profesor habían llegado a ser abominables, pero en la tragedia descubrió la necesidad de reforzar los vínculos de una amistad juvenil. El director autorizó una visita navideña del tío y la tía, la hermana y el cuñado de su padre, el granjero y su mujer que habían estado presentes en el tribunal para escuchar el veredicto. Fue el otoño del segundo año cuando le permitieron visitar a su padre en semanas alternas, cuando tuvo que verlo en el hospital de la cárcel, porque había tenido la primera infección virósica de garganta que posteriormente reaparecería.
Durante un tiempo compartió un piso con Rhoda, la hermana de Mark Liebowitz, recién divorciada. Después su compañera de piso, secretaria organizativa de un sindicato mixto de blancos y mestizos, inició una relación amorosa con un sindicalista de color y se trasladó a Ciudad del Cabo para estar cerca de él, aunque no podían vivir juntos. A Rosa le disgustaban los olores a fritura que siempre flotaban en los pasillos y el ruido de la radio que se colaba por la puerta; ahora estaba en condiciones de mudarse. Vivió con Flora Donaldson y su marido, que por cuestiones de negocios pasaba en Europa la mitad del año. Era una casa, una casa abierta, como había sido la suya, la de su padre; habitaciones espaciosas con flores del jardín, sirvientes parlanchines y amistosos, libros, cuadros, invitados, piscina. Volvió a probar con otro piso, muy pequeño, para ella sola. Lo que en realidad quería era una casita con jardín. Una vez creyó haber conseguido lo que buscaba, pero cuando los propietarios se dieron cuenta de quién era soslayaron el trato. Como no manifestaron abiertamente sus razones ella no pudo decirles que la policía parecía haberla dejado en paz desde que su padre cumplía condena. No la habían visitado una sola vez en sus diversas viviendas.
Todavía tenía su puesto en el hospital; trabajaba principalmente en salas geriátricas y con niños. Su medio hermano le escribió desde el norte de Tanzania diciéndole que si pudiera tenerla en su hospital… allí no había dinero, ni tiempo, ni personal capacitado para hacerle fisioterapia a nadie. Podía haber ido a trabajar con un médico amigo entre africanos rurales del Transkei, que también estaban muy necesitados de sus conocimientos -habría podido viajar en avión dos veces por mes para las visitas a la cárcel-, pero el administrador del territorio sabía quién era ella y no le dio permiso para vivir en una «patria» negra. Tal como ocurrieron las cosas, la tendencia de su padre a las infecciones de garganta se volvió crónica y ella tenía que estar allí, en la penitenciaría, para insistir en los informes médicos del comandante, negociar a través de Theo la visita de un especialista particular para que examinara a su padre, importunar a varios funcionarios que estaban en contacto con él aunque ella no pudiera verlo. Jugaba al squash dos veces por semana para no abandonar del todo la gimnasia. Iba al teatro cuando ponían algo que valía la pena. En las fiestas, su carne desnuda se veía tan bronceada por el sol como la de cualquiera que hubiese pasado unas largas vacaciones de verano junto al mar; en una o dos ocasiones pasó una semana fuera de la ciudad, aparentemente con un periodista sueco con quien (se daba por sentado que ni siquiera sus amigos íntimos debían esperar la menor información de labios de la propia Rosa) vivía una aventura amorosa. Se llevó de casa de la ex recepcionista de su padre una de las crías de la vieja gata negra y la instaló en una caja con arena, en el cuarto de baño del piso. Alguien notó que el sueco usaba un anillo de oro, según la costumbre que tienen los europeos casados. Los amigos de la familia y los compañeros de la generación de su padre lamentaban que no se casara con un sudafricano, alguien del lugar; pero nadie se tomaría la libertad de expresarle personalmente esta amable inquietud; estaba sobreentendido que no podía irse, abandonar el país como hacían muchos, ahora que su padre estaba en la cárcel y ella era lo único que le quedaba.
En noviembre, durante el segundo mes del tercer año de su cadena perpetua, Lionel Burger contrajo nefritis como secuela de otra infección de garganta y murió entre rejas.
Las autoridades carcelarias no consintieron que se celebrara un funeral privado organizado por sus parientes. Su condena de por vida había sido cumplida, pero el estado reclamó su cadáver. Un millar de blancos y negros habían asistido al funeral de Cathy Burger, su esposa y madre de Rosa, años atrás. En un homenaje a la memoria de Lionel Burger celebrado al mediodía en un pequeño salón sindical, muy pocos de los rostros que se presentaron volverían a ser vistos; los líderes negros e indios y mestizos y blancos terminaron en la cárcel o en el exilio, o por medio de proscripciones se les prohibió asistir a reuniones de cualquier naturaleza. Dos o tres personas que durante muchos años habían permanecido ocultas debido al arresto domiciliario, aparecieron en escena a la manera de actores que vuelven a las tablas con el estilo y la retórica de su época. Algunos jóvenes presentes preguntaron quiénes eran. Había bebés en brazos y niños inquietos. Un diminuto crío indio recibió una manzana para que se tranquilizara. Si estaban presentes miembros de la Rama Especial fueron discretos a pesar de la reducida asistencia, y difíciles de detectar bajo el cultivado aspecto desharrapado de jóvenes blancos intelectuales y el aire impasiblemente distanciado de empleados y recaderos negros que debían haber adoptado. Una vez pronunciadas las palabras de despedida, mientras la gente se levantaba de sus rotos asientos de madera, el mismo crío -que había sido alzado por su madre- levantó un puño apretado y gritó con el tono de triunfo con que un niño recita una poesía, exactamente con la misma entonación con que se la habían hecho ensayar: Amandhlal Amandhlal Amandhlal Una vacilante respuesta se aunó entre el escaso gentío que salía en tropeclass="underline" Awethul Al ver que lo había hecho bien, empezó a gatear entre los pies de la gente para recuperar su manzana a medio comer. Un hombre que rondaba los juzgados municipales para tomar fotos de bodas a precio reducido y que trabajaba a media jornada para la Rama Especial, aguardaba en la calle para fotografiar a todos los que salían.
Pero de todos modos la gente rodeó a Rosa Burger a la salida; algunos, con delicadeza o turbación, le apretaron la mano y le dijeron que irían a verla… casi tres años es mucho tiempo y bastantes habían perdido el contacto con ella. Parecía distinta, no en la forma en que son difíciles de mirar aquellos a quienes han sobrevenido acontecimientos terribles. Ahora llevaba el pelo cortísimo, rizado como la cabeza de un pilluelo mediterráneo o de Ciudad del Cabo, haciendo que los tendones de su cuello parecieran más largos y más tirantes de lo que debían ser los de una mujer joven. Desplegó la sonrisa de su padre para todos. Pero algunas personas descubrieron que ahora no sabían cómo llegar a ella; ya no estaba en su piso: en la puerta figuraba otro nombre. Otros explicaron que… sí, sabían que había encontrado una casita en el jardín de alguien, se había mudado, no tenía teléfono. Lleva cierto tiempo establecer un nuevo punto de referencia, incluso cartográficamente, entre un círculo de amistades. Siempre podían intentar encontrarla en el hospital. Algunos lo hicieron y ella asistía a los almuerzos de los domingos. Dijo que la casita estaba en algún sitio de la parte vieja de la ciudad, cerca del zoo… un plan muy transitorio; aún no había decidido lo que haría. Los Terblanche le preguntaron si no volvería a solicitar permiso para ir al Transkei.