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– Oh, mucho antes. Volverás para navidad o para Paques, en esas fechas Bernard… las cosas pueden ser difíciles para ti en París. En cualquier momento, ésta será siempre tu casa. Aquí las mimosas brotan la semana de navidad -los besos cálidos en las mejillas, el fuerte olor a deliciosa sopa de verduras y a barniz para madera. ¿Y los ruiseñores?-. ¡Por supuesto! En mayo, ven en mayo y te estarán esperando.

La calle londinense no era un túnel atravesado por una lluvia sucia y por la niebla, tal como decían. Los árboles eran de un fuerte verde sereno. Alfombras soleadas junto a las ventanas alargadas, frente a la estera española de Flora Donaldson. Una planta baja con una franja de jardín compartido que descendía desde los plátanos. Pájaros negros (¿urracas? Pájaros de tarjetas de navidad del hemisferio norte) soltaban dulces exclamaciones desde una silvestre domesticidad de hierbas sin cortar y margaritas.

¡Parece una casa! Sonaba emocionada, por teléfono. Una especie de esfera de reloj de madera con un rabo de vaca móvil para indicar cuántas botellas debía dejar el lechero en la puerta. Una pared llena de libros y un congelador lleno de alimentos, suficiente para aguantar un sitio. Pero los franceses no sabían cómo era Inglaterra… Inglaterra era el sol, los pájaros, los amantes ocultos en el césped. Apenas paraba en casa. Paseaba por los parques y tomó el barco a Greenwich. No conocía a nadie y hablaba con todo el mundo. Bernard Chabalier se vio obligado a postergar su llegada otras dos semanas porque uno de sus colegas había contraído oreillons y el lycée estaba escaso de personal. (¿Qué demonios…? No conocía el nombre de esa enfermedad en inglés pero describió los síntomas: paperas, de eso se trataba, paperas.) No sólo la llamaba todos los días excepto los domingos, sino que le escribía largas cartas; la demora sirvió meramente para darle más tiempo en el goce de la anticipación del momento en que estarían juntos, solos, entre tantos placeres. Seguía un curso audiovisual de francés en el centro estudiantil… costaba muy poco y era excelente. Se había presentado en el Consulado Francés y estaba a la espera de información acerca de la validez de su título de fisioterapeuta en Francia. El había hablado confidencialmente con el presidente del Comité Antiapartheid en París con el fin de conseguirle residencia permanente y un permiso de trabajo, con toda probabilidad usando expresiones como «un miembro anónimo de una familia blanca cuyos miembros son víctimas destacadas del apartheid». Incluso entre París y Londres, por teléfono o en las cartas, él no fue más allá de hacerle saber que había «hablado con unos amigos», como si -otro amante adoptaba los tics de su amada en el deseo de identificarse con la forma de vida que la había conformado antes de conocerla- asumiera las costumbres de un país que desconocía.

Aparte de la precaución de inscribirse en el centro estudiantil bajo un apellido que no era el suyo -aunque por motivos privados más que políticos-, Rosa Burger se mostraba relajadamente comunicativa y no participaba en conversaciones cuyo tema exigiera discreción: intercambios de palabras con madres jóvenes acerca del ingenio de los hijos que construían casas con palos y hojas; discusiones con barqueros sobre los peces que habían vuelto a poblar el Támesis; debates entre condiscípulos acerca del significado de tal o cual escena en una película japonesa que todos habían visto. Sus respuestas rápidas no llegaban al punto de permitirle verse envuelta en ligues de bares: poseía la sonriente e invencible habilidad para desviar tales intentos, habilidad sólo posible en una mujer que ya está enamorada. Pero asistió a una fiesta con una joven pareja de indios que estudiaba francés con ella. La chica era originaria de la India, pero el hombre hablaba inglés con un acento que Rosa reconoció, así como él reconoció el suyo. En la reunión había otros indios sudafricanos; había dicho a la pareja su verdadero nombre pero les pidió que por el momento callaran su identidad; el resto de los invitados sólo vio en ella a una estudiante de su tierra. Volvió a encontrarlos en el piso de la joven pareja. Esos encuentros casuales ejercieron el curioso e imprevisto efecto de hacerle pensar, o soñar despierta, en buscar a la gente que se había ocupado de evitar, porque no podía imaginarse a sí misma deseando lo contrario. Ahora se veía hablando con ellos, acompañada por Bernard Chabalier. La siguiente vez que una de las fieles en el exilio telefoneó al piso con la esperanza de encontrar a Flora, Rosa no respondió como una ocupante anónima; aceptó el entusiasta supuesto de que aquella se presentaría; un sábado por la tarde estuvo en el Swiss Cottage, una refugiada política entre otros, hablando de los viejos tiempos. Se suponía que al igual que ellos seguiría en la lucha de un modo u otro; alguien dijo que había mencionado Francia como su base de operaciones. Fue a otra reunión; en esta ocasión resultó ser en honor de una delegación del Frelimo de paso por Londres para pedir ayuda al gobierno británico. Algunos hombres de Samora Machel habían asistido a la escuela o a la universidad en Sudáfrica. En la causa revolucionaria común al África meridional entre los negros de Mozambique, Angola, Rodesia y Sudáfrica, el gobierno del Frelimo formaba parte de la autorrealización de los negros sudafricanos, era una prueba de su existencia. Mozambiqueños negros que eran jornaleros migratorios todavía trabajaban mano a mano con los negros sudafricanos en las minas de oro y como sirvientes de hoteles y casas a todo lo largo y lo ancho de Sudáfrica. Los exiliados de ambos países habían estado juntos en campo de refugiados, juntos habían sido entrenados como guerrilleros en recónditos lugares del mundo, tomando partido en las luchas internas por el poder, las divisiones y los nuevos alineamientos; los unos hablaban el idioma de los otros, y el inglés del blanco que había industrializado culturalmente el extremo de su continente aun allí donde la lengua del poder colonial era el portugués. No era fácil saber cuáles de entre los negros de la ruidosa y atestada sala eran de Mozambique y cuáles de Sudáfrica. Al menos entre los que llevaban el uniforme del liderazgo: los trajes bien cortados y las chaquetas estilo Mao contaban con el favor indiscriminado del mismo sujeto de rostro autoritario y esclarecedor, tanto si pertenecía al CNA o al Frelimo, y pasaban de grupo en grupo. Alguien pronunció un discurso sobre el Frelimo y el principio del fin del imperialismo colonialista en el África austral. Otro pronunció un discurso acerca del Congreso Nacional Africano y la lucha contra el racismo y el fascismo mundial, vinculando a Vorster con Pinochet. «Unas pocas palabras» fueron dichas espontáneamente -y desarrolladas en una elegía con la elocuencia de uno (de los files) que habían bebido lo suficiente para calibrar su gran momento- sobre los grandes hombres que no habían vivido para ver las fisuras de la opresión en el África meridional… Xuma, Luthuli, Mondlane, Fischer, y por supuesto Lionel Burger, que esa noche ocupaba especialmente los pensamientos de mucha gente porque «alguien muy cercano a él» y su esposa, Cathy Jansen, otra estupenda camarada… se encontraban entre ellos. El papel de Lionel Burger en la lucha; la callosidad y la cobardía del gobierno de Vorster al mantener en la cárcel a un hombre anciano y agonizante, en contraste con la valentía de ese mismo hombre, invicto hasta su último aliento, que rechazó la concesión de compasivas apelaciones en su nombre, que nada pidió a Vorster salvo justicia para el pueblo. El gobierno racista blanco había robado su cadáver pero su espíritu estaba en todas partes… en Mozambique, en esta sala, esta noche. Una anciana inglesa blanca se acercó a la chica y la besó. Se la llevaron de allí para presentarla al contingente del Frelimo. Un maduro miembro del CNA recordó las campañas de los años sesenta, trabajando con Burger. Ella sonreía y agradecía, como una novia durante la boda o una actriz entre bastidores. En su intimidad estaba a su lado Bernard Chabalier, manteniéndola a buen resguardo en otro orden de realidades.

Un periodista del «Guardian» le preguntó si existía la posibilidad de hacerle una entrevista. Un productor de la televisión independiente quiso acordar una charla con ella para incluir a Lionel Burger como tema en una serie de televisión que llevaba el título provisional de «A hombros de la historia». ¿Tendría acceso a fotos, cartas, además de (afortunadamente) el testimonio de muchos exiliados que se encontraban en Inglaterra y podían hablar de él? Rosa mencionó una fuente en Suecia. El hombre la guió solícitamente hasta la mesa donde se pescaban salchichas calientes en una enorme olla. Unos cuantos jóvenes negros comían con espíritu de clan, de espaldas a la sala. El hombre irrumpió entre ellos, hablando sobre su proyecto, presentándole a uno o dos que conocía, murmurando el civilizado borboteo inglés que ocultaba su desconocimiento de los nombres de los demás. Los agrupados dieron la lacónica respuesta de gente que se siente invadida. Rosa miró a uno que, con sus altos hombros hundidos hacia el plato, mientras masticaba la contemplaba como si de alguna manera lo estuviera amenazando. Le había tendido por un segundo su mano delgada, caliente y seca, y luego apuñaló una salchicha de piel dura con el tenedor. Rosa cogió su plato; el grupo que ahora incluía al hombre de la televisión y a ella fue nuevamente invadido por otro, Rosa pasó a formar parte de un nuevo alejamiento, de un nuevo núcleo. Pero no participó de la conversación de este último. Comió lentamente y bebió su vaso a sorbos regulares. Poco después dejó de lado el plato y el vaso, como ante un llamamiento; la persona que hablaba a su lado pensó que había sido llamada por alguien que estaba fuera de todo ángulo de visión salvo el de ella. Volvió junto a la camarilla de jóvenes negros. Rechinando palabras y bocados él hablaba bajo, en xosa, con su vecino, pero el toque que él le había dado antes se interpretó a sí mismo y ella lo interrumpió: