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– ¿Y por qué no Tanzania… con el hermano David? ¿Por qué no? Tal vez ahora estén de humor para ablandarse y darte un pasaporte.

El marido de Flora Donaldson, que en general permanecía en silencio con los amigos de ella porque no era un correligionario, súbitamente se volvió hacia su esposa, invirtiendo la posición en la que se esperaba que fuera él quien metiera la pata.

– No seas absurda, Flora -todo su cuerpo y su cara parecieron dislocarse en un insulto a Rosa Burger mientras se movía innecesariamente de un lado a otro.

– William, ¿qué sabes tú de las cuestiones que están en juego?

– En mi ignorancia, aparentemente más que tú.

La chica no abrió la boca, tolerantemente desinteresada por una rencilla conyugal en la mesa. Pero aquella tarde le preguntó a William Donaldson si le daría la oportunidad de derrotarlo en una partida de tenis. Cuando estuvo viviendo con los Donaldson, era una broma corriente decir que aunque él jugaba asiduamente en un club deportivo para hombres de negocios, con el propósito de mantenerse en forma, nunca lograba ganarle un set a nadie salvo a ella.

Después de la muerte de su padre, a no ser que el antiguo círculo se pusiera en contacto con Rosa, cada vez la veían menos. El sueco había desaparecido; o ella rompió la relación o él se volvió a Suecia. Cuando alguien la encontraba solía llevar a rastras a un joven que parecía un estudiante radical o se creía pintor o escritor; a la gente de la generación de su padre le daba la impresión de un bohemio, a los contemporáneos de ella no mucho más que un marginado taciturno algo más joven que ella. Podría haber sido un pariente, la de su padre era una familia numerosa del Transvaal. Tal vez ella lo guiaba por la ciudad, o le había dejado una cama para que durmiera durante una temporada. Cuando estaban juntos y se encontraban con amigos de la familia Burger, ella parecía complacida y animada para charlar, olvidando la presencia de él; se llamaba Conrad No-sé-cuántos.

Ahora eres libre.

No sé si me lo dijiste o si lo pensé en tu presencia. Me vino a la mente cuando estaba contigo; se me ocurrió por estar contigo.

Fui a la casita porque era la vivienda de un extraño que dijo: si alguna vez… Los otros, los buenos amigos y camaradas de mi padre habrían sido demasiado presionantes en su comprensión y exigentes en su afecto. No querían que me sintiera sola, ya no quería estar sola en mi piso, pero estas dos cosas no significaban lo mismo. Tú habías dicho mucho antes que si alguna vez necesitaba un sitio donde estar, podía usar esa casita. Tu sugerencia no tenía nada que ver con la muerte de Lionel. No lo repetiste después de su fallecimiento. Tú tomaste lo que necesitabas. Usaste mi coche. Me pediste dinero y no te pregunté para qué lo necesitabas. Dormías mientras yo trabajaba y si por la noche no llegabas cocinaba y comía sola; la bauhinia estaba en flor y las abejas que atraía permanecían en el tejado, como un ruido interior de la cabeza.

Ahora eres libre.

Conrad salía algunas noches para sus lecciones de español y a veces volvía con la chica que le daba clases. Pasaba esas noches en la salita; Rosa, al salir a trabajar por la mañana, rodeaba a los dos, acurrucados entre los viejos cojines y kaross [capa ceremonial confeccionada con pieles de animales. (N. de laT.) ] en el suelo, como niños vencidos por el sueño en medio de un juego.

Los domingos Conrad y Rosa solían estar juntos en esta misma sala. El yogur y la fruta de un desayuno tardío se complementaba de vez en cuando, cuando ella ponía un plato con sobras frías que sacaba de la nevera y él iba a buscar una lata de cerveza y pan con manteca de cacahuetes. Algunas veces era pan que él mismo había horneado.

El gato que Rosa había llevado rozaba las hojas sueltas de la tesis de Conrad, enterradas debajo de los periódicos dominicales.

– ¿Lo pongo en un lugar seguro o saco al gato?

Los dos reían por la pregunta implícita. La habitación estaba llena de sus libros y papeles, sus gramáticas de español, su violín y las partituras, discos, pero entre tantas muestras de actividad se tumbaba a fumar, con frecuencia a dormir. Ella leía, arreglaba su propia ropa y deambulaba en la inmensidad exterior, donde recogía ramas, cortaderas, pinas de abetos y en una ocasión gardenias que las fuertes lluvias habían hecho brotar en la aridez del abandono.

A veces él no estaba dormido aunque aparentaba estarlo.

– ¿Qué era esa canción?

– ¿Canción? -agachada en el suelo, limpiando trozos de corteza y hojas rotas.

– Estabas cantando.

– ¿Qué? ¿De veras? -había llenado un tiesto abollado, de Benarés, con ramas de nísperos del Japón.

– Por la alegría de vivir.

Ella lo miró para ver si le estaba tomando el pelo:

– No me di cuenta.

– Pero nunca lo dudaste un solo instante.

Ella no le mostró el perfil de intimidad que él estaba acostumbrado a ver.

– Supongamos que no.

– Enfermedad, ahogo, arresto, cárceles -abrió sus ojos almendrados y vidriosos desde una ostentosa vulnerabilidad indolente-. Daba igual.

– Nunca lo he pensado. No. En última instancia, daba igual -una risilla embarazosa, casi forzada-. No éramos la única gente viva -se sentó en el suelo con los pies debajo del cuerpo, los muslos inclinados hacia las rodillas, las manos sujetas entre las piernas.

– Yo soy la única persona viva.

Podría haberlo desviado de este terreno con el tipo de comentario que surge fácilmente: Qué discretamente te deshaces de los demás.

Pero él poseía un dominio del timón que resistía las desviaciones.

– Una familia feliz. Tu hogar era feliz. Estuvieron los juicios de Moscú y estuvo Stalin antes de que tú y yo naciéramos; la sublevación de Berlín Oriental y luego Checoslovaquia, allá hubieran cárceles y refugios llenos de gente como tu padre aquí. Los comunistas son los últimos optimistas.

– Mi hermano, mi madre… ¿qué tiene que ver esto con la política? Son cosas que le ocurren a cualquiera.

El se paseaba inquieto, con los brazos cruzados, las manos palpando clínicamente sus músculos pectorales.

– Eso es. A cualquiera… Pueden afectar a cualquiera. Y significan todo… Finalmente a nadie le importa un comino quién está preso ni qué guerra se está librando, mientras ocurra lejos, pero los Lionel Burger de este mundo… las angustias personales y las políticas son idénticas para vosotros. Sobrevivís a todas. Al mismo nivel. Y ocurra lo que ocurra, al margen de lo que ocurra…

Ella esperaba, apartada de él, frotándose con la mandíbula el hombro encorvado en obstinada escucha.

Conrad empezó a hablar y se interrumpió, insatisfecho. Por último se decidió, con una extraña expresión de esfuerzo en su boca bordeada de vello, como si tragara algo, tanto de las angustias como de su propia extrañeza.

– ¡Por Cristo! Tú. Canturreando entre dientes. Recogiendo flores.

Ella sacó las manos de entre los muslos y se miró las palmas, una parte tan responsable y poco conocida de sí misma, como si hubieran actuado ajenas a su propia voluntad. Las palabras salieron de su boca de la misma manera.

– Nada más que una supervivencia animal, tal vez.

De vez en cuando él desaparecía; una vez trajo de Swazilandia un cuenco de madera y una talla naive. El cuenco albergaba al gato dormido o la masa del pan que ponía a levar, el pájaro rojo y negro siempre instalado donde él pudiera verlo al despertar por la mañana. Cuando se vendió el cochazo de Lionel Burger sólo quedó el Volkswagen de Rosa y él se arrogó su uso, e iba a buscarla al hospital, esperándola sin emplear jamás un saludo verbal. A veces, sin haberlo hablado, pasaban las noches en el cine o, paseando por los terrenos que rodeaban la cabaña de latón, seguían andando kilómetros enteros a través de los suburbios.