– No funcionó. Estas cosas pasan. Ser policía es duro. Es una vocación, más que una profesión -me dijo, taciturno-. Quizá no ha venido. Quizá sí ha venido y sospechó algo. Voy a ponerle escolta, por si acaso.
O sea que regresé a casa de la peor manera posible: con el mismo miedo que antes, con mayor inseguridad e incertidumbre y con dos hombres de vigilancia pegados a la espalda. Los gorilas subieron conmigo y entraron los primeros en mi piso para verificar que todo estuviera en orden, y después se bajaron al portal.
– Por lo menos ahora, con los guardias ahí abajo, te sentirás más segura -dijo Adrián, intentando animarme.
Pero a mí me parecía que era justo al contrario: los guardias estaban ahí abajo precisamente porque la situación era ahora más indeterminada y peligrosa. Mi vida de antes, tediosa e insustancial, empezaba a parecerme la mejor de las vidas. Siempre he sido muy cobarde: tengo la imaginación y la debilidad emocional suficientes para ello. Así es que en esas horas posteriores a la cita frustrada del café imaginé las mil y una maneras posibles de asesinarme: cómo el desconocido del teléfono se colaría por la ventana de la cocina descolgándose desde la terraza; cómo despistaría a los policías y entraría tranquilamente por la puerta; cómo se habría escondido en el cuarto de calderas del sótano; cómo subiría trepando por el canalón del patio; o cómo se encontraría ya (tal vez) en casa de Adrián, si es que Adrián (tal vez) tenía relación con los secuestradores.
Sin embargo, este rapto de paranoia acabó muy pronto y de manera abrupta. Esa misma noche recibí una llamada del inspector García. Fue al filo de las doce, la hora de las maldiciones y las brujas.
– Véngase a comisaría, por favor. Información importante.
Fui para allá con el ánimo encogido y escoltada por los gorilas. El inspector me hizo pasar enseguida a su despacho, que olía a tigre y a tabaco frío. Me tendió un periódico abierto por las páginas locales.
– Es El País de mañana.
«Hombre asesinado a tiros a la salida de su casa en un posible ajuste de cuentas», decía el titular, y debajo venía una pequeña foto de carné: un tipo joven, moreno, con aspecto campesino, no desagradable en sus facciones. Un rostro para mí familiar.
– Creo… Creo que este hombre fue uno de los que nos intentaron atracar -dije con desmayo.
– ¿Sí? Interesante.
García me enseñó entonces otras fotografías, retratos de archivos policiales, sombrías instantáneas hechas en los momentos de la detención. Sí, no cabía duda: ese hombre era el atracador.
– Pues él era él -dijo García tautológicamente-. El del Paraíso. Al que esperábamos. Su teléfono es el teléfono. Por eso no vino.
– ¿Por qué?
– Porque estaba tieso.
Leí la noticia con atención: le habían matado a las 10.45 de la mañana. Desde un coche. Una mano desconocida asomando con letal precisión por la ventanilla. El método no era muy común, pero había sido abundantemente usado por los terroristas. «Urbano Rejón Olla, alias el Ruso, tenía numerosos antecedentes por robo a mano armada, extorsión y estragos.» Urbano Rejón Olla era el finado, la voz, mi atracador. Un muerto que me salpicaba con su sangre, haciéndome sentir extrañamente implicada o incluso responsable, hundiéndome un poco más en el pantano de la pesadilla.
– Mala suerte. Alguien lo ha callado para que no hablara.
Regresé en taxi, porque García decidió quitarme la escolta esa misma noche. Según él, desaparecido Urbano, yo ya no estaba en peligro, un razonamiento que yo no acababa de entender.
– Tengo la sospecha de que no te puso la escolta para protegerte, sino para usarte de cebo y detener a Urbano si intentaba ponerse en contacto contigo -dijo Félix-. En realidad, no creo que tú hayas corrido nunca ningún riesgo.
Podía ser; pero el asesinato del atracador demostraba que esta gente mataba. No sólo secuestraban, no sólo rebanaban dedos: además, mataban. Pobre Ramón. Aunque no, tal vez pobre de mí. Porque ahora empezaba a entender la conversación del móvil con el hombre. Lo que le habían dicho que yo no sabía. Y por qué decía que no era nada personal. ¿Le había encargado Ramón que me atracara? Pero no, era absurdo, no tenía sentido. Alguien debía de haberse hecho pasar por mi marido. Eso sí. Eso era posible. Alguien que aparentaba ser lo que no era. Eso es fácil de hacer. Eso es muy común. Cuántos hay que fingen que son otros, que son quienes no son. Esa mañana, Adrián había bajado muy tarde a desayunar: eran casi las once y media de la mañana. Dijo que había pasado una noche muy mala, inquieta e insomne, y que después había dormido en exceso. Muchas explicaciones, tal vez demasiadas. Palabras para tapar la ausencia y para construir una coartada. Palabras que camuflan la posibilidad de un viaje en coche y de una mano armada que dispara y que mata.
Cabría preguntarse por qué Lucía Romero desconfiaba tanto de Adrián. ¿Por qué no sospechaba de Félix, que a fin de cuentas, y según propia confesión, había sido un delincuente y un terrorista? ¿O de José García, el inspector, que tenía la mirada torva y la boca sumida de un malo de película? Pero no, ella concentraba sus recelos en el muchacho. Era cierto que contra él se podían aducir algunas raras coincidencias, el entramado acusador de un puñado de suposiciones. Pero eran argumentos nimios y a la postre inconsistentes. No bastaban para justificar su actitud.
Probablemente el miedo de Lucía viniera de otro lugar. De la juventud de Adrián, por ejemplo. De su atractivo. Y del hecho fundamental de que fuera un hombre. La juventud, por empezar por el principio, era un atributo inquietante. Algunos suponían que toda juventud era inocente, entendiendo la inocencia como una suerte de predisposición automática a la bondad. A Lucía, en cambio, los jóvenes le producían desasosiego por su imprecisión: no eran inocentes, sino indeterminados, seres a medio hacer que todavía no habían revelado su capacidad para la grandeza o la miseria, para la solidaridad o la tiranía. Y no es que no fueran ya, dentro de sí, lo que luego serían: egoístas mediocres, o salvadores de la humanidad, o asesinos seriados. Eran todo eso y mucho más, sólo que aún no habían cumplido los actos que los construirían públicamente como personas. Hitler fue adolescente, y Jack el Destripador fue adolescente, y Stalin debió de lucir, en su primera edad, una sonrisa deliciosa de adolescente georgiano. De modo que los jóvenes eran una especie de emboscados de sí mismos, identidades camufladas que se iban construyendo con los años, hasta llegar a la culminación final del ser, que es la vejez. Por eso Félix no asustaba a Lucía: el anciano ya había demostrado lo que era, había completado la metamorfosis. Pero Adrián todavía era una incógnita. A saber qué traiciones, qué maldades e ignominias podía esconder aún dentro de sí.
Pero todavía temía más Lucía, en Adrián, el peligro del hombre. No hay mujer en la tierra que no conozca o no intuya el daño del varón, el dolor que el otro puede infligirte, cómo a través del amor llega la peste. Y con esto Lucía no se refería a las lágrimas del desamor y del desencanto, a que no te quieran como tú deseas ser querida, a que al final tu amado te abandone por otra. Estos son dolores simples de corazón, aunque resulten lacerantes como un cuchillo al rojo. No, lo que de verdad temía Lucía, el peligro del hombre en su sustancia, era todo lo indecible que engloba el otro sexo, era la perversión, el espejo oscuro. La capacidad que el hombre tiene de acabarte.
Todos llevamos dentro nuestro propio infierno, una posibilidad de perdición que es sólo nuestra, un dibujo personal de la catástrofe. ¿En qué momento, por qué y cómo se convierte el vagabundo en vagabundo, el fracasado en un fracaso, el alcohólico en un ser marginal? Seguramente todos ellos tuvieron padres y madres, y tal vez incluso fueron bien queridos; sin duda, todos creyeron alguna vez en la felicidad y en el futuro, y fueron niños zascandiles, y adolescentes de sonrisas tan brillantes como la de Stalin. Pero un día algo falló y venció el caos.
La perdición personal es insidiosa: se agazapa en nuestro interior como una enfermedad tropical, latente y furtiva, aguardando durante años o puede que décadas a que bajemos la guardia, a que se nos agrieten las defensas, para poner en marcha entonces el mecanismo de la demolición. Ahora bien, Lucía había observado que el amor era a menudo el caballo de Troya que permitía el triunfo del enemigo interior. Ese era el miedo principal de Lucía al hombre: miedo a perderse, a enajenarse. Pavor al varón que tiraniza y a la mujer que se deja tiranizar. A darlo todo por él, incluso la cordura, y llamar amor a ese penoso acto de vulgar destrucción. A basar la relación en el dolor y depender de ello. Por toda esa oscuridad que hay entre los sexos, Lucía temía a los hombres. Y tal vez fuera por eso por lo que sospechaba de Adrián: era peligroso porque era atractivo. Años atrás, mucho antes de que apareciera Ramón en su vida, en una época promiscua y un tanto loca, a Lucía le sucedió algo extraño. Empezó a encontrar mensajes insultantes en su contestador: «Guarra, puta, cabrona.» Era una voz de mujer, una voz joven; y desgranaba insultos muy manidos, muy poco elaborados, casi candidos en la simple rotundidad del exabrupto. En otras ocasiones alguien llamaba mientras Lucía estaba en casa, y al descolgar el auricular no se escuchaba nada, o, mejor dicho, se escuchaba ese silencio expectante y húmedo, empapado de aliento retenido, que una presencia al otro lado de la línea siempre impone. El asunto duró tres o cuatro semanas y para Lucía era un pequeño fastidio sin importancia, porque ni la voz ni el contenido de los mensajes resultaban en verdad alarmantes: tal vez fuera una adolescente estúpida, tal vez una loca inofensiva, tal vez una telefonista aburrida que fuese al mismo tiempo adolescente, estúpida y un poco loca. Salvo en el momento de escuchar los mensajes, Lucía ni se acordaba de esa voz anónima.