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– Lo hemos conseguido.

Era increíble, pero lo habíamos conseguido. La euforia burbujeó dentro de mí, como el principio de una borrachera. Habíamos hablado con un pez gordo, teníamos un contacto en Madrid, incluso disponíamos de una especie de carta de recomendación, ¡y todo eso sin que nos partieran la boca! O, por lo menos, sin que nos la partieran demasiado.

– Pobre Adrián. ¿Qué tal estás? -dije, recordando el puñetazo y advirtiendo que el muchacho iba demasiado callado.

– Bien. No es nada -contestó.

Pero al acercarme a él advertí que estaba temblando.

– ¿Qué te pasa?

Le toqué una mejilla: era como arrimar la mano a una caldera.

– Tienes fiebre. Yo creo que mucha fiebre.

– Ya me encontraba mal esta mañana. Cierto, lo había dicho. Había dicho que se sentía mareado, aunque yo, con la tensión del día, no le hice mucho caso. Ahora iba dando tumbos por la calle, con los ojos desenfocados y brillantes. Cogimos un taxi y nos trasladamos al hotel; subimos a pie los dos tramos de sórdida escalera y entramos los tres en la habitación de Adrián, que era angosta y larga, con una camita virginal y estrecha, un armario desvencijado a los pies y una ventana que daba a un patio oscuro.

– Métete en la cama enseguida -dije inútilmente, porque Adrián ya se estaba desatando las zapatillas deportivas-. ¿Quieres que te ayudemos?

– No, no -respondió él, aturdido y torpe, sacándose el jersey por la cabeza.

Aunque para torpe yo, que no sabía si irme o si quedarme. Pensé: que un muchacho de veinte años se quede en paños menores es una nimiedad; si no me gustara, no me daría ningún apuro que Adrián se desvistiera frente a mí. Pero el problema era que me gustaba. Miré a Félix, turbada.

– Pues parece que no nos necesita.

Para entonces Adrián se había quitado los vaqueros y se había quedado en calzoncillos, y al instante siguiente estaba ya metido entre las sábanas. Un relámpago de carne blanca y sólida, un pecho robusto y delicioso de hombre ya cuajado.

Pero dentro de la cama, mostrando tan sólo su cara de gato entristecido, parecía un niño.

– No os vayáis -dijo.

Pequeño, muy pequeño. Y muy mal tenía que estar para pedir que nos quedáramos. Adrián nunca pedía nada. Ese era uno de sus problemas.

– Quédate tú con él. Yo voy a ir a buscar un médico -dijo Félix.

Y, en efecto, se marchó a la calle para volver más tarde con un doctor que dictaminaría que Adrián tenía una amigdalitis, es decir, anginas, unas anginas gordas y rabiosas como las de los crios. Pero eso fue más tarde. Ahora Félix se acababa de ir y yo me senté en una esquina de la cama. Adrián ardía, casi me parecía verle humear, irisar el aire en torno a su cabeza, como sucede con las arenas del desierto bajo el sol calcinante. Tenía las mejillas enrojecidas, los ojos fulgurantes, el labio superior deliciosamente hinchado por el golpe. Estaba hermoso hasta el dolor, atractivo como un abismo. Cómo deseé acariciar su cara. Pasar un dedo por la rosca suave y caliente de sus orejas. Por su cuello. Por sus labios resecos. Pero no podía hacerlo. Él pensaría que le acariciaba por amor maternal, porque estaba enfermo. No por rijo y lujuria y frenesí y hambre desaforada de su cuerpo.

– Lucía…

– Sí.

– Esa torre, la torre de la nota, la torre del sello…

– ¿Sí?

– No, nada. Es una casualidad, hoy he soñado uno de mis sueños… De las adivinanzas. Y había una torre. Una torre de piedra con muchos, muchos pisos, muchísimas ventanas, una torre muy alta. Pero está toda rota, medio derruida. Un hombre. En lo alto de la torre hay un hombre triste. Se asoma al vacío; y entonces se tira. Pero mientras va cayendo por el aire, camino de la muerte, de repente oye un ruido. Entonces pone una expresión de extrema desesperación y grita: ¡Noooooooo!

– ¿No?

– ¡Noooooooo!

– ¿Y después?

– No hay más. Me desperté. Todavía no sé por qué grita, no sé la solución. Como estoy con fiebre…

Cerró Adrián los ojos, agotado por el esfuerzo de contarme la adivinanza. Pero una de sus manos trepó por el embozo como un cangrejo ciego y me buscó. Se metió el cangrejo, seco y ardiente, entre las palmas de mis manos, como buscando un refugio seguro. Para no caerse de la torre. Yo me quedé quieta, muy quieta. Tal vez así, pensé, Adrián no notará que estoy temblando.

Conocí a Van Hoog en mis andanzas finales como pistolero. Pero eso fue en la posguerra, y antes de llegar a la posguerra hay que hablar de la guerra, aunque resulte amargo -dijo Félix Roble-. Cuando empezó la guerra yo tenía veintidós años, y una novia formal, Dorita, Dorotea, y una responsabilidad que cumplir. Una responsabilidad política, social, libertaria. Como dijo Durruti, se lo debía a mi padre; pero sobre todo se lo debía a mi madre, muerta de miseria, y a mí mismo. A mi idea de lo justo. A los sueños y la rabia de mi niñez.

Aunque todo el país esperaba la guerra, yo había preferido ignorar los preparativos, los crecientes signos del combate. Por eso, cuando al fin estalló, me sentí culpable. Me abrumó entonces mi falta de compromiso con la causa; los escrúpulos anteriores, esa pequeña angustia que siempre me acompañó por la muerte de mi muerto, se me antojó de repente una excusa egoísta para librarme de la parte más dura de la militancia, para dedicarme a mi propio placer y a mis pasiones, a torear, a gustar a las mujeres, a vivir. Me había comportado como un desahogado, como un maldito parásito, casi peor que los burgueses a los que pretendía combatir (la burguesía expropiada y el Estado abolido: así se emanciparía la clase obrera), porque yo sabía. De modo que la asonada de Franco supuso para mí una profunda crisis de conciencia. Volví a sentirme ardiendo de furor anarquista, de solidaridad y de esperanza histórica. Había llegado el momento de la verdad. La Revolución o la muerte. Teníamos a nuestro alcance el Paraíso.

Aquel 18 de julio yo hubiera tenido que torear en Calatayud. Abandoné mi equipaje en la pensión, el traje de luces, el capote, todo, y me marché con unos compañeros de la FAI en un agitado viaje hacia Barcelona. Quería ponerme a las órdenes de Buenaventura: quería entregarle mi vida y que él hiciera con ella lo que quisiera. La Revolución y la guerra (porque los anarquistas hicimos las dos cosas) eran como el ojo de un huracán: lo chupaban todo, de manera que nada tenía importancia fuera de ellas. Nada de índole personal, quiero decir. Ni la emoción de los toros, por ejemplo; ni el amor de Dorita. A ella le pilló el alzamiento en Madrid. No volví a verla en muchos años. Era una buena chica: fue la primera mujer que me enterneció, la primera a la que quise arropar cuando dormía a mi lado. Pensé que eso era el amor; creí que ya lo había conseguido, que ya había llegado. Cuando se enamoran por primera vez, los jóvenes creen que ese amor es una meta, el lugar definitivo en el que instalarse; cuando en realidad es la línea de partida de la peripecia amorosa, que es como una larga carrera de obstáculos. Me encontré una vez con Dorita en una estación de metro en los años sesenta, cuando regresé a Madrid. La reconocí enseguida, aunque había engordado y tenía la cara marchita y como triste. «Estás igual», nos dijimos mutuamente. Mintiéndonos. Dorita iba con dos adolescentes granujientos y sucios. «Son mis dos pequeños», explicó. «¿Cuántos tienes?» «Cuatro», respondió Dorita con rubor, como disculpándose. Contemplé a los chicos: narigudos, feos. Si hubieran sido míos, pensé con orgullo idiota, habrían sido más guapos.

Pero estábamos hablando de la guerra. Llegué a Barcelona el 20 de julio, justo a tiempo de enterarme de la muerte de Ascaso. Le habían abatido unas horas antes en el asalto a Las Atarazanas. Había sido un héroe, había sido un loco, un valiente, un suicida, nos explicaron diferentes voces. Se había ido él solo, en descubierta, para intentar acallar una ametralladora. Armado con una pistola, nada más. Conociendo a Ascaso, yo pensé que había sido, sobre todo, orgulloso. Que debió de sentir miedo en el asalto al cuartel, tanto miedo que necesitó vencerse con un alarde de temeridad. Le mató su soberbia, la terrible altura del listón con que se medía a sí mismo. Los toreros sabemos bien lo que es convivir con el miedo. Cuanto más miedo tienes y más te sobrepones, más te arrimas. Pobre Ascaso. Vi su cadáver, tumbado sobre una mesa en el local de la FAI. Llevaba un traje ligero marrón, de señorito, elegante y a la moda, aunque ahora arrugado y empapado en su sangre. Y unas alpargatas de obrero. Murió con estilo y con un punto de locura. Tal y como él era.

Yo creía que iba a encontrarme con Durruti en el velatorio de Ascaso, pero no fue así. En aquellos primeros días Buenaventura era como Dios, enorme, ubicuo, omnipotente e inalcanzable, por lo menos para mí. Combatió sin dormir y sin pararse a llorar a su hermano Ascaso hasta acabar con la resistencia de los nacionales sublevados, negoció el poder militar y político con Companys, y organizó en un abrir y cerrar de ojos la columna Durruti, que salió cuatro días después hacia Zaragoza, en poder de los nacionales. En esos cuatro días, hasta que se fue, Buenaventura y yo anduvimos buscándonos el uno al otro cuando el tiempo de la guerra lo permitía, pero no conseguimos vernos. Al cabo, Durruti me mandó un mensaje por un cenetista: yo debía conseguir llevar a Bilbao, fuera como fuese, un camión con fusiles para los compañeros vascos. Las armas, ese fue el problema durante la guerra: nos escatimaban las armas a los anarquistas, no teníamos municiones, los oxidados naranjeros nos estallaban en la cara. Mientras me preparaban el envío, aún tuve tiempo de ver la partida de la columna Durruti. Era una preciosa tarde de verano y las calles de Barcelona estaban abarrotadas: todo el mundo quería despedir a los milicianos. No era un desfile militar, no había paso marcial, ni orden, ni filas que mantener. Era una marcha festiva, tres mil jóvenes vestidos con ropas multicolores, tres mil jóvenes cantando y besando a las muchachas y recibiendo ofrendas de claveles desde las ventanas.

Aunque llevaban granadas prendidas en los correajes, no parecía que aquellos chicos fueran camino de la guerra y de la muerte, y en realidad no lo iban: en aquella radiante tarde veraniega del 24 de julio, la columna Durruti marchaba hacia el futuro, hacia el triunfo de la Revolución y hacia la felicidad histórica.

La felicidad, sí. Me refiero al mito de la felicidad colectiva, que tan arraigado está en el ser humano; a la creencia de que en la tierra puede existir el Paraíso, es decir, una dicha horizontal, completa, en la que ningún niño se moriría de hambre. Hoy ya no creemos en la posibilidad de alcanzar una ventura semejante. Digo los occidentales. Los orgullosos ciudadanos del llamado Primer Mundo. No creemos en la felicidad porque ya no necesitamos esa fe. Sólo los pueblos miserables y paupérrimos necesitan creer en la posibilidad de alcanzar el Paraíso. De otro modo, ¿cómo podrían soportar tanto sufrimiento? Los milicianos de la columna Durruti salían a recoger esa felicidad, la dicha prometida y al fin llegada, la que se les debía a los pobres y a los desheredados desde hacía milenios, la que se habían ganado, día a día, con su dolor.