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Y era cierto. El anciano avanzaba sorteando los coches, agitando una mano, sonriendo en la negrura. Ya éramos tres de nuevo.

Adrián era joven, raro e impertinente. Solía citar frases célebres, probablemente porque aún no confiaba lo suficiente en las suyas propias. Y poseía un conocimiento extraordinario de hechos por completo irrelevantes. Quiero decir que coleccionaba curiosidades y coincidencias de la misma manera que otros muchachos coleccionaban cómics o discos de rock duro.

– ¿Sabías que Carlos II de Inglaterra llevaba una peluca que se había mandado hacer con el vello del pubis de sus amantes? -decía, por ejemplo.

Pues no, no lo sabía, y sospecho que dicha información no alumbró mi vida de manera especial. Adrián era obstinado y áspero. Tenía cara de gato y un cuerpo un poco incongruente con la ligereza de su cabeza; porque era robusto, musculoso de muslos y de brazos, ancho de estructura, pesado de osamenta. A mí, que siempre me han encantado los hombres correosos y de culo fino, más delgados que fuertes, me atraía sin embargo extrañamente ese niño con corpachón de hombre. Porque era un niño. De hecho, yo hubiera podido ser su madre. Ya lo dijo él mismo con pérfida inocencia:

– ¿Así que tienes cuarenta y un años? Vaya, qué gracia. Mi madre acaba de cumplir cuarenta y dos.

Yo no le veía la gracia por ninguna parte. Como mucho, veía el despropósito, la inquietud de que me resultara atractivo ese mocoso. Yo no soy una estrecha. Tuve, siendo joven, mis más y mis menos amatorios. Pero Adrián era veinte años más pequeño; y yo me teñía las canas de la cabeza, y me daba cremas reafirmantes en el pecho, y tenía celulitis en las nalgas, y por las noches, encerrada a cal y canto en el cuarto de baño, me quitaba los malditos dientes para lavarlos. ¿Alguna miseria más? Pues sí: manchitas en el dorso de las manos, el interior de los brazos pendulante, arrugas insufribles en el morro, las mejillas alicaídas y apagadas. Quiero decir que creo que no estaba preparada psicológicamente para coquetear con un muchacho como Adrián.

Era una situación exasperante. Una vez le puse la mano en el pecho en un gesto casual, o quizá no tan casual, mientras hablaba, y descubrí debajo de la punta de mis dedos, al otro lado del levísimo lienzo de la camisa, una carne de caucho contundente y tibia que me erizó el cabello. Y cuando él me tocaba casualmente, o quizá no tan casualmente; por ejemplo, cuando me rozaba la espalda con un brazo al cruzar una puerta, en el punto de contacto entre ambos se hubiera podido encender una astilla. Sin embargo, tanto él como yo nos comportábamos con total compostura y representábamos con pulcritud nuestros papeles; y así, él me hablaba con fruición de su madre y de las chicas que le gustaban, de modo alternativo, y yo le aconsejaba y reprendía cordialmente, como si fuera mi hijo. Pero no lo era, porque yo no tengo hijos. Y donde las madres ven carne infantil, culitos empolvados retroactivos, reminiscencias del candido pataleo en el baño o del dodotis (ellas, que hicieron el milagro de crear cuerpos de varón en sus entrañas, son capaces de imaginarles siendo niños), yo sólo veía carne masculina, turbadora e intensa carne de hombre, el enigma del otro que te completa.

Por lo demás, Adrián era imprevisible y un poco loco. Tenía visiones, barruntos, fantasías. Una mañana, al principio de conocernos, bajó a desayunar a casa; y estábamos los tres, Félix, él y yo, sentados a la mesa de la cocina masticando tostadas, cuando Adrián comenzó a hablar:

– Os voy a contar algo. Veréis, están dos montañeros subiendo a una cima remota de los Alpes cuando…

– ¿Es un chiste?

– No, no es un chiste. Decía que están subiendo a una cima remota de los Alpes cuando de repente cede la nieve y queda al descubierto un bloque de hielo. Y resulta que dentro del hielo están atrapados los cadáveres desnudos de un hombre y una mujer. Los montañeros, asombrados, rompen el hielo y sacan los cuerpos a la superficie. Los miran y remiran bien y entonces uno de los escaladores se excita muchísimo y dice: «¡Son Adán y Eva! ¡Hemos descubierto la primera pareja de la Humanidad!» ¿Por qué?

– ¿Por qué, qué?

– Por qué está tan seguro el tipo ese de que los cadáveres son de Adán y Eva.

Me encogí de hombros.

– Ni idea. ¿Por qué?

– No, si yo tampoco lo sé. De vez en cuando sueño acertijos de este tipo, adivinanzas. Y luego a veces me obsesiono durante horas o durante días hasta que descubro la respuesta. Lo de Adán y Eva lo acabo de soñar esta misma noche.

Adrián no era un genio, pero tenía un encanto especial. Claro que los hombres y mujeres guapos suelen parecer criaturas especiales con una frecuencia sorprendente, mientras que los feos tienen que sudar tinta para demostrar sus cualidades. Tendemos a atribuir a la belleza virtudes ajenas a lo meramente físico, como si los seres hermosos en la carne tuvieran que serlo también en el espíritu. Y así, del guapo no solemos decir que es guapo, sino justamente todo lo demás: qué inteligente, qué elegante, qué estilo, qué serenidad, qué simpatía, qué bondad. Luego puede ser un asesino en serie, como ese psicópata de Milwaukee que descuartizó a una veintena de adolescentes; pero qué perfil de ángel poseía, qué ojos azules tan inocentes, qué labios tan perfectos para besar bebés. Cuántas mujeres debieron de suspirar por él, cuántas vecinas le considerarían sensible y tiernísimo, ignorantes de que en ese mismo momento el celestial muchacho andaba despellejando niños en el sótano.

Yo temía que a mí me estuviera sucediendo lo mismo con Adrián. Que a lo peor me hubiera cegado su guapeza, haciéndome confiar en él de modo prematuro. No podía apartar de mi memoria la imagen del chico arrebatando la maleta y corriendo como una exhalación hacia la salida. En realidad, no tenía ni idea de quién era ese Adrián. Había salido de la nada apenas una semana antes. Por lo que yo sabía, el chico podía ser un yonqui, o un ladrón. O incluso, ahora que lo pensaba, incluso podía estar compinchado con los de Orgullo Obrero. ¿No había irrumpido en mi vida justamente después del secuestro de Ramón? Félix, por lo menos, había sido mi vecino desde siempre; no le trataba, pero le conocía de vista. Pero Adrián se había instalado en el ático, qué casualidad, apenas un mes antes de la desaparición de mi marido. Y los grupos terroristas eran así: contaban siempre con apoyos sociales, con militantes legales camuflados.

Me obsesioné de tal modo con estos pensamientos que hablé con Félix del asunto al regreso de nuestra frustrada expedición a los grandes almacenes.

– ¿Adrián un ladrón? Nooooo, no creo -respondió el vecino-. Si hubiera querido robarnos los doscientos millones podría haberlo hecho antes. Recuerda que sabía dónde los guardábamos.

– Pero date cuenta de que en mi casa nunca estuvo solo -repuse, dando por no escuchada esa primera persona del plural con la que Félix se adueñaba del dinero-. Aquí hubiera sido más difícil para él, habría tenido que sacar los billetes del escondite y guardarlos en algún lado; no sé, supongo que era más sencillo agarrar la maleta y salir corriendo en mitad del barullo de Mad amp; Spender.

– Tonterías. Si hubiera querido robar la maleta en la tienda, ¿por qué esperar hasta que el secuestrador y tú la tuvierais agarrada? Y si pertenece, como dices, a Orgullo Obrero, ¿para qué le iba a arrebatar el rescate a su compañero? Piensa un poco: si Adrián quería llevarse los millones, pudo cogerlos cien veces antes, en casa, de una manera más discreta y más cómoda. Por ejemplo, pudo drogarnos y dormirnos. Pudo sacar copia de la llave de la puerta y entrar por la noche. O simplemente pudo aprovechar algún descuido nuestro. En realidad, era fácil. No, yo creo que esta tarde Adrián ha salido corriendo porque es un chico muy nervioso. Cuando dijiste que había que abortar la operación, se le disparó la cabeza. Hizo lo primero que pensó, y lo hizo incluso antes de acabar de pensarlo. Adrián es un tocino, o sea, un novato. Pero, en fin, tampoco lo ha hecho tan mal. Ahora ya nunca podremos saber si el secuestrador se las habría apañado para llevarse la maleta, pero es probable que el inspector García hubiera interrumpido la entrega. Así es que la intervención de Adrián puede haber sido providencial.