Выбрать главу

«¿Cómo se te pudo ocurrir esa estupidez?», me susurró, in-dignado. «Para ti se te ha acabado la aventura. Una prima de Jover, que trabaja en una frutería de Madrid, ha consentido en ha-cerse cargo de ti. En cuanto que te pongas bueno te vuelves para España.»

Me sentí humillado, pero no protesté. Estaba atormentado por la muerte del bizco: no dormía por las noches, y cuando lo hacía me despertaba chillando. Y no se trataba tan sólo de la zozobra por el asesinato, de la mirada fija de mi víctima y de su pobre vida desperdiciada, sino también del martirio de los otros dos, de su estancia en la cárcel y de la desesperanza de las esporas y de la viuda, de todas esas mujeres enlutadas y hambrientas que los pobres siempre dejan atrás. Me volvía loco mi responsabilidad en todo ese dolor, hasta el punto de que no quería pararme a pensar en ello. Por eso cuando mi hermano me dijo que regresaba a casa, la medida me pareció en el fondo un castigo justo y una toma de distancia favorable.

De manera que ahí me tenéis poco después, en el barco de vuelta, manco, con doce años recién cumplidos y teniendo ya una muerte en la conciencia. Abandonar México alivió mi angustia: fue como cumplir condena por el mal cometido. Me recuerdo acodado en la borda del transatlántico pensando animadamente en mi futuro. ¿No era yo Fortuna, el chico de la suerte? La suerte había hecho que el pobre tipo bizco volara en mi lugar; y la suerte me enviaba ahora de nuevo para España, en donde me quedaba por delante, eso pensaba yo, una vida enorme y llena de aventuras. Con ese egoísmo feroz de los adolescentes decidí olvidar lo sucedido en México. Pero no todo lo sucedido, por supuesto, sino sólo la parte dolorosa. Era tan ignorante por entonces que creí que podría dejar a mi muerto atrás pero mantener el orgullo por mi proeza. Porque me enorgullecía haber sido capaz de construir una bomba, y de meterla en la central de la policía, y de hacerla estallar. Y sobre todo me vanagloriaba de estar mutilado: mi mano reventada era una especie de condecoración de anarquista duro y veterano. Es curiosa la relación que los humanos tenemos con la pérdida: entonces, en la primerísima juventud, la pérdida de mis tres dedos fue vivida en realidad como una ganancia: porque adquiría una cicatriz, una herida gloriosa y, sobre todo, un pasado que atesorar y que contar.

Luego, con el tiempo, me sucedieron dos cosas inevitables. Una, que aquel muerto inocente no se resignó a ser olvidado y se fue convirtiendo más y más en mi propio muerto, hasta el punto de que su rostro picado de viruelas me persigue ahora, cuando cierro los ojos, con mayor claridad que en mis primeros años juveniles. Y dos, que fui aprendiendo de verdad lo que es la pérdida. Cómo no aprenderlo, si vivir es perder, precisamente. Desde entonces, desde mis doce años, lo he ido perdiendo todo. La vista, el oído, la agilidad, la memoria. También perdí la guerra; y a Margarita, mi querida compañera de la madurez. A Manitas de Plata, que fue mi ruina y mi locura; y a mi hermano. No quiero seguir hablando. Las pérdidas, después, llegan a ser imposibles de nombrar. Insoportables. De niño uno cree que la vida es una acumulación de cosas, que con los años vas conquistando y ganando y coleccionando y atesorando, cuando en realidad vivir es irte despojando inexorablemente. Y así, creí que mi mano manca no era sino el comienzo del acopio, cuando en realidad era el comienzo, sí, pero de la infinita decadencia. Era tan ignorante que pensé que, al volarme tres dedos, estaba haciendo una suma y no una resta.

A veces me pregunto si la Perra-Foca tendrá conciencia de su finitud. Si le dará miedo morirse, como a mí. Tiene doce años, que equivalen a ochenta y cuatro en un humano. De manera que viene a ser de una edad parecida a la de Félix Roble, aunque me parece que su estado general es bastante peor. Está gorda y torpe, y a veces le fallan las patas traseras; además, se ha quedado sorda como una piedra, y como no hay sonotones para perros hay que hablar con ella por medio de gestos. Vente para acá, siéntate, vete, mira en tu cacharro de comida: todo se lo tengo que decir con vaivenes de manos. Con vaivenes muy amplios, porque además padece cataratas. Yo no sé si en su obstinado cerebro de mosquito la Perra-Foca sabe que se está muriendo, o si esa percepción de la fatalidad nos pertenece sólo a los humanos, egocéntricos como somos, atosigados por el yo, empeñados en tener recuerdos y futuro.

Sí, ya sé que los animales no poseen, o eso se supone, la prerrogativa y el tormento de la autoconciencia. Pero a veces miro a la Perra-Foca y se me ocurre que sí, que ella conoce que el fin está cercano, que la negrura acecha. En el mundo salvaje, los animales viejos saben bien de su indefensión; saben que serán desbancados por el próximo competidor, o devorados por el próximo tigre. La Perra-Foca carece de tigres enemigos, pero no carece de miedo. De hecho, no hay criatura viviente que no tenga miedo: se diría que la sustancia misma de la vida es el temor.

Y así, la Perra-Foca teme evidentemente su propio desamparo. Teme no escuchar a quien llega y no oler a quien ama. Teme no enterarse y no controlar. Desde que está así, achacosa y atontada, se pega mucho más a mí, para no perderse; y se tumba en mitad de las puertas, para que quien entre tenga que chocar inevitablemente con su cuerpo; y suspira melancólica, porque el perro es el único animal, además del ser humano, capaz de suspirar; y pone la cabezota entre sus patas y me mira con cara de vieja y de tristeza. Claro que sí: ella también lo sabe. Ella también barrunta la pérdida, como Félix diría; y el desconsuelo.

Claro que, para pérdidas apoteósicas, las mías en aquellos días del secuestro. Porque no sólo había perdido a mi marido, sino que además había estropeado la oportunidad de pagar el rescate y de acabar con la pesadilla. A la mañana siguiente de la fallida operación en los grandes almacenes yo me encontraba histérica.

– ¿Y ahora qué va a pasar? ¿Le harán daño a Ramón? ¿Tú qué crees que deberíamos hacer? -le pregunté a Félix a la hora del desayuno.

– Pues ahora no tenemos más remedio que esperar -respondió él-. Se volverán a poner en contacto con nosotros, estoy seguro.

– Pero los secuestradores no deben de entender nada -sostuve, cada vez más agitada-. ¡Ellos no conocen al inspector! Y si le reconocieron, todavía peor: creerán que fuimos nosotros quienes avisamos a la policía.

– No, mujer, tranquila -dijo Félix-. Estoy seguro de que no vieron a García, de otro modo no se hubieran atrevido a coger la maleta.

– ¡Pues entonces, peor! Porque pensarán que les hemos traicionado, que estamos locos. ¡Imagínate! -gemí-. Justo cuando el tipo agarra el dinero, ¡hala!, aparece Adrián como un poseso y se lo arranca de las manos.

– Yo no aparecí como un poseso -se picó Adrián-. Yo te oí decir que había que abortar la entrega y la aborté.

– Sí, sí, sí. Perdona, hombre -me disculpé-. No he querido criticarte. Es que estoy… ¡estoy angustiada! Pero sí, tienes razón, a lo mejor si no te llevas la maleta el inspector hubiera detenido al tipo aquel, y entonces sí que se nos hubiera caído el pelo.

– En efecto -intervino Félix-. Lo mejor es aceptar la vida como viene. Porque las cosas son como son, y siempre hubieran podido ser mucho peores. De hecho tuvimos la increíble suerte de que García no detuviera a Adrián. Eso es algo que todavía no acabo de entender…