íbamos a empezar el almuerzo cuando sonó de nuevo el timbre de la puerta. Otra visita insospechada: el inspector García.
– ¡Inspector! ¡Qué sorpresa! Precisamente le iba a haber llamado esta mañana. Pero luego vinieron mis padres y…
El hombre entró sin esperar a ser invitado y dejándome con la palabra en la boca. Cerré la hoja y le seguí. García echó un vistazo rápido a la sala y levantó un par de cojines del sofá, como si pudiéramos tener a Ramón escondido en los entresijos de la tapicería. ¿O tal vez andaba detrás del dinero? Recordé con alivio que los millones estaban de nuevo bien ocultos en el saco de pienso de la Perra-Foca. Comencé a impacientarme:
– ¿Busca algo?
El inspector me lanzó una sonrisa torcida desde el abismo de sus labios. ¿Estaría casado ese tipo horroroso? ¿Tendría alguna esposa amante o resignada que le esperara en casa, una esposa que algún día fue novia y que pudo desear, aunque la idea misma resultara intolerable, atravesar el hondo desfiladero que formaban la nariz y el mentón del policía, para llegar, con afán inconcebiblemente lujurioso, a estampar un beso en su boca remota?
– ¿Por qué? -contestó García.
– Hombre, porque parece que está usted husmeando por ahí entre los cojines…
– Digo que por qué quería llamarme esta mañana.
– ¡Ah! Pues para ver si había novedades, naturalmente. Llevábamos algún tiempo sin hablarnos.
Habíamos llegado, cómo no, a la cocina, y nos sentamos los cuatro en las cuatro sillas en torno a la mesa recién puesta.
– Iban ustedes a comer -comentó García inexpresivamente.
– Pues sí.
– Espaguetis. Me gustan los espaguetis -añadió con la misma atonía.
Hubo un instante de silencio. En general me resulta muy difícil ser grosera, pero no podía soportar la idea de comer con ese hurón delante. Así es que respondí, algo forzada y ronca:
– A nosotros, también.
Nuevo silencio. García suspiró con lo que parecía hondo sentimiento; luego hizo chascar las articulaciones de los dedos y se aclaró la garganta.
– Bien. Lo preguntaré una vez. ¿Ha tenido noticias de los secuestradores? -dijo.
– No.
– Ya veo. Yo pregunto. Usted niega. Así es el juego. Yo investigo. Usted negocia a mis espaldas. Eso hacen todos.
– Yo no negocio nada.
– No sea tonta: no conteste aquello que no le he preguntado. ¿Para qué mentir innecesariamente? Se ve que no tiene usted costumbre de secuestrada.
– Pues no, desde luego. ¿Y usted, tiene usted costumbre de policía? Quiero decir, ¿hace usted algo, investiga o trabaja, además de venir aquí a mirar debajo de los cojines? -contesté, furiosa. García tenía la virtud de sacarme de mis casillas.
– Muy nerviosa. Está usted muy nerviosa, como todas las esposas de los secuestrados. Pues sí, trabajamos. Y descubrimos cosas. Primero, sabemos que está vivo.
– ¿Y cómo se ha enterado de eso?
– Secretos del oficio. Segundo, Orgullo Obrero. Orgullo Obrero es un grupúsculo político de extrema izquierda de orígenes maoístas. Han formado una guerrilla urbana influida por las tácticas del grupo peruano Sendero Luminoso. Creemos que son los mismos que secuestraron a un alto cargo autonómico en Valencia hace unos meses. Son pocos, pero muy peligrosos. Y eficientes. Lo que dicen, lo cumplen.
Me estremecí.
– ¿Y entonces?
– Entonces. Yo investigo. Usted negocia y paga. Yo no me entero. Usted me avisa cuando el señor Iruña quede en libertad. Así son las cosas. Me parece que se les están quedando fríos los espaguetis.
Se nos había quedado mucho más frío el ánimo. Después de que el inspector se fuera, sólo Adrián pudo devorar, con su proverbial hambruna de lobezno, el cuenco de pasta pegoteada. Félix y yo estuvimos intentando desentrañar la razón de la visita de García.
– Quizá no quiera nada. Quizá venía tan sólo a decirnos lo que sabía y a aconsejarnos honestamente que pagáramos -aventuré.
– No, no, no. Eso sería demasiado simple. Creo que, en efecto, quiere que paguemos, pero para utilizarnos de cebo. Creo que pretende atrapar a los secuestradores en el acto de cobrar el rescate, y apuntarse así un tanto. Le importa un comino lo que esos fanáticos puedan hacerle a tu marido.
Entonces, qué día tan fatídico, volvió a sonar el timbre de la puerta, como en un vodevil de enredos, pero tenebroso. Y en esta ocasión era el portero: que mientras estaba fuera en la hora de la comida le habían dejado un paquete para mí en la portería. Era un paquete pequeño, como la cuarta parte de una caja de zapatos. Lo remitía la editorial de Belinda, la Gallinita Linda. Rompí el papel de estraza con cierta ilusión, esperando un detalle de aliento por parte de mi editor, un regalito enviado con cariño. Dentro había una bonita caja de cartón floreada; dentro de la caja, un montón de papel de seda muy arrugado. Y dentro del papel de seda, como acurrucado en ese nido pálido y crujiente, había un dedo seccionado. El dedo meñique de la mano izquierda de Ramón.
Lo reconocí enseguida, el dedo ese. No se puede vivir diez años con un hombre sin saber cómo son sus dedos, el olor de sus axilas, los pelánganos que le asoman por la oreja. Todas esas intimidades que llegas a conocer del otro como si fueran tuyas. El dedo de Ramón era largo y bien formado: siempre tuvo las manos bonitas. Tenía la uña cuadrada y recortada con primor (incluso en el secuestro: me admiré), y un puñadito de vellos en la primera falange. El corte era limpio, sin pingajos de piel o de tendones, sin astillas de huesos. Tan limpio como si lo hubieran seccionado con un hacha, ¿o quizá la violencia del hachazo hubiera aplastado o maltratado más la piltrafa de carne? También era posible que hubieran utilizado una cuchilla de cortar embutidos. Estuve barajando mentalmente estas opciones y me tuve que ir a vomitar. Después me pasé llorando toda la tarde.
El dedo de Ramón. Pobre dedo, tan solo, pálido y muerto, carente de sangre y sustancia. Pobre Ramón, sometido al horror, al dolor y a la mutilación. Mi cabeza no funcionaba bien, estaba llena de relámpagos de cuchillas. El dedo de Ramón. Yo había dado la mano a ese dedo cuando estaba vivo y lleno de movimientos y adherido al resto del continente ramoniano. Yo había sentido moverse ese dedo, caliente y sudoroso en verano, frío en invierno, pero seguro que nunca tan frío como ahora, en el hueco de la palma de mi mano. Ese dedo me había acariciado la cabeza, me había pasado el periódico durante el desayuno, incluso debía de haber estado dentro de mí: diez años de vida conyugal dan para todos los dedos, aunque se trate de una conyugalidad bastante mortecina. Y ahora ese pedazo de persona no era más que un fragmento de basura orgánica.
– Es una brutalidad, es un espanto, es cierto. Pero también te digo que en estos casos se suele sufrir más con la imaginación que con el hecho en sí -me decía Félix, intentando sacarme del ataque de angustia-. Tú estás ahora reviviendo mil veces, y de mil maneras distintas, el momento de la mutilación. Pero para él ese instante acabó hace tiempo. Te recuerdo que yo perdí tres dedos y tampoco fue un trauma tan terrible.
– Pero tú mismo has dicho que para ti no fue una pérdida. No tiene comparación en absoluto. Lo que habrá sufrido, pobrecito.
Ramón había perdido su dedo y yo había perdido a Ramón, mucho antes incluso de que lo secuestraran. Lo había perdido dentro de mí, junto con mi juventud, mis dientes, mis ambiciones literarias, mi capacidad para sentirme viva, mis ganas de enamorarme, mi cuerpo de mujer y tantas otras cosas sonoras y sustanciales en las que no quería ni pararme a pensar. Félix estaba en lo cierto: vivir era perder. Todo se acababa, todo decaía.