Mis padres, por ejemplo. En el rato que estuvieron en casa hablaron de mil temas, compitiendo en locuacidad como siempre habían hecho. En un momento dado empezaron a relatar la extraña historia que les había contado muchos años atrás un amigo dentista. Fue mi madre quien llevó la voz cantante en la narración:
– Pues la cosa sucedió cuando el doctor Tobías acababa de montar su nueva consulta. Un día le llegó un tipo mayor con su mujer diciendo que quería que le arreglara la boca a la señora -explicó mi madre.
– Un arreglo caro e importante -añadió el Caníbal.
– Y este señor era Marrasate, ya sabes, el de los embutidos Marrasate, un tipo riquísimo.
– Forrado de millones -apuntó él.
– Entonces el doctor Tobías le presentó el presupuesto para que lo firmara, como siempre hace, pero Marrasate le contestó que él era tan rico que no firmaba presupuestos previos. Era un chulo, ya ves. Y al doctor Tobías le dio apuro insistir.
– No se atrevió.
– Total, que le arregla la boca a la señora, termina el trabajo y le manda la factura al millonario. Y pasan dos semanas y nada, no hay respuesta. Así que una tarde el doctor Tobías se acerca por la casa de Marrasate, que daba la casualidad que vivía cerca de la consulta… -En el portal de al lado.
– Y entonces el portero le explica que no están, que se han ido corriendo a Barcelona porque la señora se ha puesto muy enferma. Bien, con esto el doctor Tobías se queda más tranquilo y vuelve a su trabajo. Y pasa un mes o así y una tarde llaman a la puerta de la consulta y es un mensajero que le entrega un paquete a la enfermera.
– Un paquete pequeño.
El Caníbal apuntalaba el relato de mi madre con sus acotaciones sin entorpecerlo ni interrumpirlo, y mi madre se tomaba a bien esas intervenciones, que no eran un intento de arrebatarle la palabra y el protagonismo, sino, por el contrario, una aportación para la voz común, para el discurso dual de las parejas. No hay nada que dé mejor la dimensión de la veteranía de una convivencia como esa manera inconsciente y automática de conversar a dos, de completar con el rebote de tus pensamientos el pensar del otro. Porque el roce continuo de la conyugalidad termina emborronando los límites del ser, Al cabo de los años, de muchos años, todo lo has vivido con el otro, o se lo has contado infinitas veces, o se lo has oído hasta el aburrimiento. No hay palabra, pues, que no resuene.
– Y abren la cajita y ¿qué te crees que había dentro? Pues los dientes de la mujer, o sea, los puentes falsos. Porque la señora se había muerto y ese tipejo le había arrancado los dientes para devolvérselos al dentista y no pagarle. Y date cuenta además de que eran puentes fijos, de esos que se quedan totalmente pegados, o sea que para quitarlos había que liarse a golpes con la boca de la muerta.
– A martillazos.
Mis padres habían vivido juntos más de treinta años, y no sólo todavía se llamaban entre sí papá y mamá, sino que además, me estremeció advertirlo, seguían manteniendo el eco marital, esa palabra compartida y pegoteada por la costumbre. Pero todo eso, esa construcción de la pareja, tan lenta y pertinaz como la formación de una estalactita, reventó al final en un momento dado. Mis padres se separaron hace más de una década. Atrás quedó el embeleso de su noviazgo, el aburrimiento de su madurez y la exasperación de los tiempos finales. Todo perdido. De los treinta años de convivencia sólo les queda ahora el viejo automatismo de un relato a dúo.
A veces voy por la calle y me pregunto qué historial de duelos tendrá cada uno de los peatones con los que me cruzo. Cuándo y cómo habrán perdido todos lo que todos perdemos. Ese señor del traje, por ejemplo, ¿habría llorado mucho la pérdida de su cabellera? ¿Cuánto tardó en aceptar su cráneo mondo, en dejar de estremecerse, por las mañanas, cuando se contemplaba en el espejo? ¿Sentiría todavía un hipo melancólico cuando se veía en fotos antiguas, con todo el pelo y todo el futuro brotándole con vigor juvenil de la cabeza? Y esa señora gorda, vieja y dilatada, ¿cómo pudo acostumbrarse a volverse invisible, a perder para siempre la mirada del hombre? Veamos ahora este autobús: ¿cuántos de los pasajeros habrán perdido ya a sus padres? ¿Cómo se vive eso, cómo lo llora y lo olvida cada uno? ¿Y casar a una hija, y romper con un amante, y dejar un empleo, y jubilarse? El otro día recibí la hoja publicitaria de un seguro de vida. Había una tabla minuciosamente descriptiva con la valoración de unas cuantas pérdidas atroces. Pérdida total del movimiento del hombro derecho, tres millones de pesetas; del izquierdo, dos. Ablación de la mandíbula inferior, tres millones. Amputación parcial de un pie, incluidos todos los dedos, cuatro millones. La lista proseguía de modo interminable con gélida indiferencia administrativa, como si uno pudiera reducir a una línea contable todo el duelo y la palpitación y la vida rota que se agazapan detrás de esas catástrofes. Pérdida de tres dedos de la mano, salvo pulgar e índice, dos millones y medio: eso es lo que hubiera podido cobrar Félix. Pérdida del medio, anular o meñique de la mano, un millón. Eso es lo que podría reclamar mi marido. Con todo, a la tabla de la compañía de seguros le faltaban las entradas más importantes; por ejemplo, no incluía la pérdida de la autoestima, pese a ser una dolencia tan grave y tan común. Y tampoco decía nada de los dientes arrancados de cuajo al chocar contra la trasera de un camión. Mi boca mutilada no tiene precio.
La pérdida, cualquier pérdida, es un aperitivo de la muerte. No nos cabe la pérdida en la cabeza, de la misma manera que no nos cabe la idea de nuestro fin. Uno nunca está preparado para perder.
– Yo no estaba preparada para esto -me dijo una mujer, hace algunos años, en la antesala del dentista.
Porque después del accidente, y una vez dada de alta en el hospital, tuve que ir durante muchos meses al dentista para intentar arreglar lo inarreglable: extraer las raíces partidas, recoser las encías, remendar la mandíbula. Y en una de mis múltiples visitas coincidí en la sala de espera con aquella mujer. Tenía unos treinta años y no era fea; pero estaba calva, calva por completo.
– Yo no estaba preparada para esto -me explicó con voz débil señalando su cráneo reluciente-. Nunca pensé, ni en mi niñez ni en mi adolescencia ni después, que me podría quedar sin un solo pelo en la cabeza. Pero me ha sucedido, y es una situación insoportable. Hay un antes y un después en mi memoria: antes era yo y después me convertí en una desconocida.
Me han mandado al dentista para ver si él puede encontrar alguna relación entre el estado de mi boca y el de mis cabellos. Pero yo sé que todo es inútil, sé que esta situación es irreversible. Más que perder el pelo es como si me hubiera perdido a mí misma. Me he perdido en mitad de mi vida, como otras personas se pierden en un bosque.
Eso dijo aquella mujer, y me sentí reflejada en sus palabras de tal modo que tuve una reacción inopinada y absurda: me saqué de la boca mis dientes de resina provisionales y los lancé al aire, hacia el techo del cuarto, como haciendo con ellos juegos malabares. Y durante un buen rato nos reímos las dos hasta llorar, la calva y la desdentada, reconciliadas con la precariedad por un momento.
Todo se pierde, antes o después, hasta llegar a la pérdida final. Incluso la Perra-Foca perdió vista y oído y ya no corre nada: ahora sólo caza gatos cuando está soñando. Ramón perdió su dedo. Y yo perdí a Ramón.
– Pero eso no es verdad. Vivir no es sólo perder. Vivir es viajar. Dejas unas cosas y encuentras otras. «La vida es maravillosa si no se le tiene miedo»; esta es una frase de Charles Chaplin -dijo Adrián.
Eso fue por la noche, pocas horas después de que hubiéramos recibido el dedo amputado de mi marido. Yo estaba metida en mi pijama chino y en la cama, me había tomado un válium, Félix se encontraba en la cocina preparándome una manzanilla, y Adrián, sentado en la butaquita junto a mí, había estado contándome tonterías para animarme. Eran los dos tan buenos conmigo…