Esperamos más. Los coches pasaban a nuestro lado haciendo vibrar el aire y atufándonos de anhídrido carbónico. Ni rastro del canalla del taxista. Me indigné con el tipo: la pobre mujer de Félix, muy grave e impedida, podía estar ahora mismo muriéndose de asco en el túnel infecto. Y luego pensé: en cualquier momento va a parar un coche a recogernos y serán los de la policía, que ya han llegado.
– No lo entiendo… -balbució Félix. Se le veía derrotado, confuso, de nuevo súbitamente envejecido.
– Pues no hay mucho que entender: que el tipo ese no viene -se impacientó Adrián.
Así es que tuvimos que volver a salir a la superficie, compuestos y sin taxi y tironeando de la Samsonite. Fuera, en la plaza, tardamos por lo menos otros cinco minutos en encontrar un vehículo libre. Me desojé mirando a todas partes y no pude descubrir ningún coche de aspecto o comportamiento sospechoso, de la misma manera que antes tampoco había identificado a ningún perseguidor entre los peatones. Pero, claro, la esencia del buen perseguidor estriba precisamente en la invisibilidad, de manera que no cabía seguridad alguna. Estábamos tan desfondados y tan deprimidos que nos dejamos de pamemas disuasorias y ni tan siquiera volvimos a cambiar de taxi. Nos dirigimos directamente a la estación de Atocha. Eran las seis y veinte cuando llegamos.
Habíamos acordado que entraría yo sola, para no inquietar a los secuestradores: esta vez no queríamos dejar ningún cabo suelto en la perfecta ejecución de la maniobra. De manera que Adrián y Félix se quedaron fuera, junto a la parada de taxis, y yo arrastré la maleta hasta el vestíbulo principal con el ánimo sobrecogido. Localicé el banco y, para mi alivio, estaba vacío. Tenía por delante hora y media de espera, y en el entretanto, para mayor seguridad, coloqué la maleta en el asiento y me mantuve bien agarrada a ella. De nuevo el tiempo transcurrió con lentitud crispante, de nuevo escruté con avidez todas las caras, intentando descubrir a los policías o a los secuestradores. Una estación central es un lugar muy transitado. A los pocos minutos los rostros se volvieron borrosos, mareantes. Fisonomías intercambiables y sin sentido. Pero nada parecía tener sentido entonces, sentada allí, en la atmósfera desoladora de la estación, en la fría luz artificial. Me vi reflejada en el cristal del comercio de enfrente: una silueta oscura, forrada de ropa de abrigo, que me pareció triste y ajena. ¿De verdad era yo esa mujer madura y solitaria sentada en un banco de estación? La quietud de la figura, la actitud de espera, el olor a invierno y a calefacción insuficiente y a ropa húmeda, el ruido de los pasos presurosos, todo me deprimía. A veces parece que la vida no es más que una estación de paso, de ferrocarriles o tal vez de autobuses, nada más que un vasto y destartalado vestíbulo de suelo gris y sucio con colillas y papeles de chicle en las esquinas, y el invierno apretándose en la puerta.
A las siete y cuarenta puse la maleta junto al banco, de acuerdo con las instrucciones recibidas, y el desvarío melancólico en el que estaba inmersa se trocó en ansiedad. ¿Y si ahora pasara un ratero cualquiera y se llevara tan tranquilamente la maleta? ¿Acaso no eran célebres las estaciones por la abundancia de ladrones que las pululaban? ¿Y no era mi maleta, colocada con aparente descuido junto a mí, una presa tentadora y fácil? En ese momento anunciaron la llegada de un AVE, y un minuto más tarde empezó a sobrepasar mi banco una nueva oleada de viajeros. Yo mantenía el rostro hacia delante, pero mi mirada, no podía evitarlo, se escurría por la comisura de los ojos hacia la maleta. La Samsonite era una mancha negra en torno a la cual se arremolinaba el flujo humano, como una roca lamida por las olas. Ahora tiene que ser, me dije. Justo ahora. Pero pasaban los minutos y el caudal de personas iba disminuyendo. Al cabo, los últimos viajeros se deslizaron presurosos a mi alrededor y el vestíbulo volvió a quedar en calma. Era una tranquilidad mortífera, exasperante.
– No va a salir bien. Lo presiento. Hoy tampoco sale -gemí para mí misma.
En ese instante se paró frente a mí una señora que arrastraba tras de sí a una niña zangolotina y cejijunta de la misma manera que otras señoras arrastran el carrito de la compra.
– Es usted… ¿Es usted? -dijo, redundante, señalándome con un dedo acusador.
– ¿Cómo? -me sobresalté: no era posible que esa mujer fuera mi contacto.
– ¡Sí, es usted! -insistió triunfal la señora, dándome golpecitos en el hombro con el dedo-. Usted es la escritora infantil esa, ¿verdad?
No eran ni el lugar ni el momento apropiados para entablar una charla literaria y hubiera debido mentir, fingir, librarme de la mujer, decir que no. Pero era la primera vez en mi vida que me asaltaba una fan en plena calle y no pude resistir la tentación de la gloria.
– Pues sí, supongo que sí.
– ¡Qué alegría! Mira, Martita, esta señora es la autora de esos libros que te gustan tanto.
Martita sonrió con candor. Era como una copia reducida de su madre, con la misma narizota e idénticos mofletes poderosos.
– Qué alegría, precisamente los Reyes le han traído este año el último volumen de la colección, no se pierde ni uno, ¿verdad, Martita? Le encanta Patachín el Patito, los tiene todos.
Sentí un pequeño retortijón en el orgullo, que viene a estar localizado como a la altura del hígado.
– Belinda. Belinda, la Gallinita Linda -murmuré.
– ¿Cómo dice?
– Que yo no soy la autora de Patachín el Patito. La autora es Francisca Odón.
– ¡Vaya! ¡Qué me dice! ¿Está usted segura?
– Mis libros son los de Belinda, la Gallinita Linda -repetí con cierta esperanza mientras miraba a mi alrededor nerviosamente.
– ¡Vaya! Pues esos no los conocemos, ¿verdad, Martita? ¡Qué pena! Pues nada, usted perdone, ¿eh? -dijo algo embarazada la señora.
Y salió a todo correr arrastrando a su hija tras de sí.
Me estaba intentando reponer del encuentro cuando se acercó a mí un niño pequeño y mugriento que vendía flores de plástico. Qué minuto tan intenso: en mi vida había estado tan solicitada. Con tanto visitante inopinado volvería a fracasar la operación de entrega del rescate.
– No quiero comprar nada, guapo -me apresuré a decirle: quería que se fuera y que no estorbara.
– Pero qué dices, tía. Si yo no vendo nada. Te traigo un recado. Y la flor te la regalo -contestó con desparpajo el mico, que apenas si levantaba un palmo del suelo. Y me metió en la mano un papelito y una rosa encarnada.
Desdoblé el papeclass="underline" traía un texto impreso en letra minúscula, semejante a la del anterior mensaje de Orgullo Obrero. Decía así:
«Esto ha sido una cita de seguridad. Vaya ahora mismo, repetimos, AHORA MISMO, al cine Platerías. Compre una entrada y entre usted sola, repetimos, USTED SOLA. Siéntese en las últimas filas, en la zona de la derecha y en una de las butacas del pasillo, dejando libre un asiento a su lado. Ponga la maleta a sus pies y disfrute con la película. No se detenga a telefonear a nadie: la estamos vigilando.» Levanté la cabeza buscando al niño de las flores, pero había desaparecido. Me apresuré a salir de la estación y enseñé la nota a mis compañeros, que para entonces estaban ya desesperados por mi tardanza.
– Dicen que nos están vigilando -susurré, sobrecogida.
– Puede que sea cierto y puede que no -contestó Félix-. De todas formas, vamonos.
Un taxi nos trasladó en sólo diez minutos hasta el cine. El Platerías estaba en una calleja de la zona antigua de Madrid, por detrás de la Puerta del Sol. Era un local mísero y diminuto con un cartelón pintado a mano que decía: «Hoy, fabuloso programa triple: El Último Nabo en París, Chúpate ésa y Huevos a Granel». El cogote se me inundó de sudor frío: de manera que tenía que entrar ahí y además sola. Era noche cerrada y la calle estaba poco iluminada y aún menos transitada. El interior del cine parecía tan acogedor como la cueva de una serpiente cascabel.