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– Pues me parece que no tienes más remedio que ir -dijo Félix.

– Te esperaremos aquí, no te preocupes -dijo Adrián-. Y si no sales en un ratito voy a buscarte.

Me acerqué a la taquilla para sacar la entrada, muerta de vergüenza de que me vieran. Pero a la taquillera, una momia de pelo pelirrojo y nariz verrugosa, mi presencia le pareció de lo más normaclass="underline"

– Toma, tesoro. Y date prisa, que ahora mismo está empezando Chúpate ésa. Es la más bonita de las tres, tiene un argumento la mar de interesante -dijo la momia.

Y en efecto entré, arrastrando con dificultad la pesada maleta por encima de una moqueta sucia hasta la náusea. Atravesé una cortina ajada y me encontré dentro de una tórrida y sofocante oscuridad que apestaba a pies y a bajos mal lavados. Poco a poco empezó a emerger de las tinieblas el perfil de las butacas: era una sala pequeña y estaba casi vacía. Busqué un lugar a la derecha y hacia atrás, siguiendo las instrucciones, y me desplomé sobre el asiento con el corazón bailándome un zapateado dentro del pecho. Era una suerte que estuviera tan oscuro, porque así no podía ver la porquería que tapizaba los sillones: el posabrazos, en donde coloqué un instante mi mano, tenía un tacto húmedo y viscoso. Puse la maleta junto a mí, entremedias de mi silla y la de al lado, y me dispuse a esperar. Pasaron unos pocos minutos y empecé a ser consciente de lo que estaba viendo en la pantalla: carne por aquí y carne por allá, agujeros negros y peludos, bocas babeantes, penes descomunales. Bien, me dije con alivio, es una película porno para homosexuales. Miré a mi alrededor y todos los demás espectadores estaban repartidos en parejitas, afanosamente atentos a lo suyo: de modo que el Platerías era un cine gay, circunstancia que me tranquilizó bastante. Si no cogía alguna enfermedad venérea, si no me quedaba embarazada por el mero hecho de estar sentada en uno de esos sillones sustanciosos, y si no moría asfixiada por el aire fétido, tal vez conseguiría en esta ocasión entregar el dichoso dinero del rescate, me dije esperanzada. Y en ese mismo instante, como si hubiera sido convocado por mi mente, se sentó a mi lado un tipo alto y grueso.

Lo de alto y grueso lo advertí por su sombra, por el volumen de aire que desalojaba junto al rabillo de mis ojos, porque no me atreví a mirarlo de frente. Seguí con la vista clavada en la pantalla, en donde un negro inmenso le clavaba a su vez la verga a un blanco delgaducho. Bien, el recién llegado empezó a maniobrar junto a mí. Noté que la maleta se movía: chocó contra mi pierna. ¿Pero qué demonios estaba haciendo el tipo? ¿Pretendía quizá contar los millones antes de llevárselos? Entonces vi algo de refilón que me llenó de pánico: el hombre tenía en la mano una pistola. ¿Tal vez iba a matarme? Me volví hacia él de manera instintiva y lo miré de frente: un rostro ancho y anodino, la boca medio abierta, la lengua asomando entre los labios. Y lo que había en sus manos era un sexo amorcillado y renegrido, tieso como la vara de un perchero. No se trataba de mi contacto, no era el terrorista, sino el único bisexual que debía de haber en todo el cine, tal vez el único verdadero bisexual de todo el planeta, y justamente me había tocado a mí, justamente se le había ocurrido sentarse a mi lado y meneársela.

Pegué un bufido, me puse de pie y salí arreando con la Samsonite. Y entonces sucedió: estaba retrocediendo por el pasillo en busca de otra butaca, cuando alguien salió por detrás y agarró la maleta.

– Esto es nuestro -susurró una voz en mi oído,

Fue un movimiento suave y bien ejecutado: yo sentí su mano sobre la mía y solté el asa. Vi las espaldas del hombre, envueltas en un traje oscuro, caminando por delante de mí hacia la salida. Me quedé paralizada en medio del pasillo durante unos instantes, hasta que un espectador empezó a protestar diciendo que no veía. Salí corriendo y me encontré con Félix y Adrián en la puerta del cine.

– ¿Lo habéis visto, lo habéis visto? -les grité muy excitada.

– ¿A quién?

– Al hombre de la maleta.

– No, no. Por aquí no ha pasado nadie. Debe de haber otra salida.

En realidad, me daba igual por dónde se hubiera ido: lo importante era que lo habíamos conseguido. ¡Habíamos conseguido pagar el rescate! El juego de policías y ladrones había acabado.

Regresamos a casa en silencio, agotados. Curiosamente, yo no había pensado en ningún momento en lo que pasaría después de la entrega: todas mis energías habían estado concentradas en la operación de pago del rescate. Ahora, una vez aflojada la tensión, mi cabeza se había sumido en el aturdimiento. Bien, habíamos conseguido pagar la cantidad exigida, y ahora era de suponer que Ramón sería liberado y que volvería a casa. Me aliviaba, claro que me aliviaba la idea de su liberación. Pero me acongojaba, claro que me acongojaba la idea de su regreso. Ahora que Ramón iba a volver conmigo ya no me parecía tenerle tanto cariño como en los días pasados. Me lo imaginaba entrando por la puerta con su mano maltrecha (pobrecito) y sentándose en la sala y explicando su secuestro una y otra vez, ciento cincuenta mil veces en los próximos años, ciento cincuenta mil explicaciones reiterativas y aburridísimas todas ellas, porque Ramón era lento y tedioso y un narrador horrible. Me imaginé a Ramón contando su secuestro por milésima vez y fumando de la manera que él fuma, agarrando el cigarrillo con su mano mutilada (pobrecito) y sosteniéndolo recto ante la boca mientras chupa, para después hacer ruido con los labios al echar el humo; cierra y abre los labios con un chasquido húmedo y neumático, cierra y abre los labios como si fuera un barbo boqueante. Para entonces yo ya no soportaba ese ruidito ni esa manera piscil de abrir la boca. Es curioso ver cómo se desarrollan las inquinas domésticas: al principio lo que te desespera de tu pareja es que no te escuche cuando le hablas o que no sea todo lo cariñoso que esperabas o que tenga un mal genio inaguantable, pero luego, con el tiempo, superada ya la línea de flotación de las disputas conyugales, lo que de verdad te enferma y exaspera es que tu pareja haga ruiditos al comer la sopa o que tenga la costumbre de silbar en la ducha; de modo que estas manías personales, inocentes del todo, pasan a convertirse en el núcleo del rencor y del desencuentro, en la madre de todas las furias y del gran desencanto. Y así, lo que más me espantaba del regreso de Ramón era verle y oírle boquear mientras fumaba con su mano cortada (pobrecito): porque cada vez que se ponía a barbear me entraba por él un odio tal que, por poner un ejemplo, le hubiera incrustado gustosamente un paraguas de tamaño regular entre los labios.

Pensé con inquietud, por otra parte, que esta repentina ferocidad contra Ramón podía estar de algún modo influida por la turbadora presencia de Adrián. Volvería Ramón con su hablar parsimonioso y sus cigarrillos y su dedo amputado, pobrecito, y yo regresaría a mi vida de siempre. Sin Félix y sus estupendos relatos. Y sin Adrián. No es que yo quisiera llegar a nada con Adrián, ni mucho menos; pero nuestra relación era como un juego, algo cálido y brillante que iluminaba el mundo y emborrachaba un poco. Me iba a costar bastante quedarme sin los dos, ahora me daba cuenta. Me iba a costar bastante prescindir de él.

Pensando estaba en todo esto en la cocina mientras nos tomábamos unos bocadillos y un vaso de vino, cuando Adrián dijo en tono algo solemne:

– He descubierto algo que creo que es importante.

Le miramos con expectación.

– Veréis, un tipo de veintiocho años ha sido fulminado por un rayo en el zoo de Madrid. Y lo más curioso es que ese día no hubo ni una nube en toda la ciudad, ni una gota de lluvia, ni una tormenta, y desde luego ese rayo fue el único que cayó en toda la Comunidad.