Выбрать главу

– Eso es verdad -intervino Adrián, que le quitaba la razón a Félix siempre que podía-. Me han contado que los etarras, por ejemplo, utilizan mucho el contacto personal para sus extorsiones.

– Sí, claro -remachó el vecino-. Y también es muy habitual que los terroristas pongan la fecha en sus cartas amenazantes. Ponen fecha, mandan copia a los archivos y apuntan el número de la carta en el registro de entrada y salida de correspondencia. ¿Pero no comprendes que eso es ridículo?

Vale, bien, de acuerdo; ahora que lo mencionaba Félix, me daba cuenta de que el detalle de la fecha ya me había resultado algo chocante en el momento en que leí las notas. Me extrañó, pero no le di mayor importancia, embebida como estaba en el extrañamiento general de toda la situación, en la desmesura de las revelaciones de la magistrada.

– Sí, eso es algo raro -concedí-. Pero entonces, ¿tú qué crees que sucede?

– A lo mejor hay una conspiración para intentar cargar a Ramón con las culpas del robo -se animó Adrián-. A lo mejor han falsificado las cartas y han secuestrado a tu marido para que parezca que el responsable es él. Por eso no notaste nada, porque no sucedía nada, porque todo es mentira.

Me sentí muy tentada de creer esa versión tan consoladora, esa versión que exculpaba a Ramón, que me exculpaba a mí. Félix sacudió la cabeza, incrédulo:

– Hay demasiados puntos oscuros en esta historia. Deberíamos buscar entre las pertenencias de tu marido, a ver si descubrimos algo.

– ¿Como qué?

– Lo que sea, algo, cualquier cosa que nos proporcione alguna información suplementaria. Por cierto, ¿no dijiste que habías encontrado la cuenta de un teléfono móvil? Repasemos todos los números. Tal vez haya alguno que sea interesante.

Era una buena idea, desde luego. Lástima que resultara imposible localizar la dichosa cuenta. Miramos en la mesa de trabajo de mi marido, en el cajón de la cocina en donde guardo los papeles de la casa, encima de las estanterías, junto al cuaderno del teléfono, entre los libros, entre las cartas del recibidor, incluso escudriñamos debajo del armario, por si se había caído. Nada. Nos pasamos una hora buscando ese papel, que yo creía haber dejado encima del escritorio de Ramón; y a medida que la batida se iba revelando infructuosa empecé a abrigar locas sospechas que guardé para mí: porque sólo podía haber sido Adrián quien se lo hubiera llevado. Él estaba en mi casa todo el tiempo, él entraba y salía con libertad, le hubiera sido muy fácil deshacerse del recibo del teléfono. A fin de cuentas, no conocía a ese muchacho en absoluto, me dije de nuevo. A fin de cuentas, había aparecido catapultado en mitad de mi vida como un alienígena llegado en una nave. No tenía amigos, no había referencias, nadie daba fe de su identidad y de su pasado. Y esa forma suya de ser tan contradictoria, en ocasiones aniñado y en ocasiones lúcido y maduro, ¿no sería en realidad una impostura? Como el hecho mismo de su coquetería. Porque a esas alturas ya estaba casi segura de que coqueteaba conmigo. ¿Era normal que un chico de veintiuno años encontrara atractiva a una mujer de cuarenta y uno? ¿O tal vez eso también formaba parte de su papel de emboscado, de su disfraz?

– Está bien -dijo Félix-. Olvidémonos de la dichosa cuenta. Vamos a ver si encontramos alguna otra cosa de interés.

Entonces iniciamos un registro sistemático de la casa y en especial de las zonas de influencia de mi marido, como sus armarios, sus estanterías y sus maletas. Resultó ser un trabajo extenuante, inútil y molesto. Al caer la tarde no habíamos hallado nada de interés y habíamos tragado más polvo que si hubiéramos atravesado una tormenta de arena en mitad del desierto. Iba a rendirme ya cuando Félix cantó victoria:

– ¡Mirad lo que hay aquí!

Era un teléfono móvil. Es decir, debía de ser el móvil de Ramón, ese aparato que yo nunca le había visto usar y con el que llamaba a los números eróticos. Estaba metido dentro de un calcetín y escondido en la puntera de una bota de mi marido. Un sitio un tanto extravagante, desde luego, para guardar un teléfono. En la otra bota, y arropado por otro calcetín, encontramos el cargador de la batería.

– ¡Qué raro que lo tuviera tan oculto! ¿No? -exclamó Adrián.

Félix no dijo nada: sólo gruñó de modo lastimero. Llevaba un buen rato a cuatro patas rebuscando entre los zapatos del armario y ahora estaba intentando ponerse de pie sin conseguirlo.

– Echadme una mano, por favor -tuvo que pedir al fin, mortificado.

– Perdona, sí, perdona -me apresuré a decir.

– Es cosa de la rodilla. Tuve un choque con una furgoneta y la articulación se me quedó algo dura -exclamó Félix, muy digno, cuando le levantamos: prefería creerse y hacernos creer que su decadencia tenía una causa externa y accidental, que no era producto de esa ignominia personal que es la vejez que nos crece dentro.

– Todavía le dura la batería. Está bajo, pero no se ha descargado del todo -dijo Adrián tras encender el móvil.

Y entonces Adrián hizo algo evidente, algo que se me acababa de ocurrir también a mí, algo en lo que hubiera pensado Félix al instante si no fuera porque Félix pertenece a otro mundo, a otra época, a una realidad sin teléfonos móviles ni memorias electrónicas: pulsó la tecla de llamada y la pantalla mostró automáticamente el último número que había sido marcado en ese aparato. Era el 91-3378146. No era una línea erótica, sino un abonado de Madrid.

– ¿Te suena ese teléfono? -dijo Félix.

– No. En absoluto.

– Entonces podríamos probar, a ver si hay suerte.

– ¿Probar a qué? -pregunté, temiéndome la respuesta.

– Podríamos llamar. A ver qué pasa. Llama tú. Y si contestan, di que es de parte de Ramón. Di que eres su mujer. Es la verdad.

Nunca me ha gustado hablar por teléfono, y resulta comprensible que aún me hiciera menos gracia hablar por el móvil que mi marido secuestrado tenía escondido en la puntera de una bota. Pero también a mí me intrigaba ese número. Tomé aire, apreté la tecla con mano temblorosa y me arrimé el aparato al oído. Un timbrazo, dos, tres. Empezaba a relajarme pensando que no contestaría nadie cuando descolgaron al otro lado:

– Qué hay.

Era una voz de hombre joven y desabrida.

– Ho… hola, soy… Llamo de parte de Ramón. Hubo un brevísimo silencio.

– Se ha equivocado.

– De Ramón Iruña. Ya sabe… Iruña.

El silencio fue mayor en esta ocasión. Cuando volvió a hablar, la voz del hombre se había tensado. Ahora era cortante, más chillona.

– No conozco a ningún Ramón.

– Creo que sí que lo conoce. Ramón me dijo que le llamara. Soy Lucía. La mujer de Ramón.

– Le he dicho que se ha equivocado. No moleste más -barbotó el tipo. Y colgó abruptamente.

Bien, la conversación no había servido de mucho. Pero yo estaba convencida de que aquel tipo mentía. Que ocultaba algo. Que por supuesto que conocía a mi marido. Estaba explicándoles esta sensación a mis amigos, y describiendo el tono de mi interlocutor y sus silencios, cuando de repente sonó el timbre del móvil. Dimos un respingo los tres y nos miramos los unos a los otros, sobrecogidos. Era como recibir una llamada telefónica del Más Allá.

– ¡Cógelo! ¡Cógelo! Terminará colgando -me instaron al fin Félix y Adrián.

Agarré el aparato con extremo cuidado, como si se tratara de un alacrán, y me lo acerqué al oído, temerosa:

– ¿Sí?

– ¿Ramón Iruña?

Era la voz. Era el mismo tipo con el que antes había hablado.

– No… No está. Soy Lucía, su mujer. Ya… ya le he dicho que le llamaba de parte de él. De nuevo una breve pausa.

– Aja. Comprenderá que tenía que comprobar la llamada -dijo al fin.

– Sí, sí, claro.

– Además, él me dijo que usted no sabía nada.

– Sí, sí, claro. O sea, no sabía. No, no, no sabía.

– ¿Estamos hablando de lo mismo?