Además, no sabíamos nada. Los toreros aprendices, quiero decir. No había televisión que emitiera corridas, no teníamos dinero para pagar la entrada de los toros. Llegábamos al ruedo sin haber visto torear a nadie, encandilados por vagos sueños de gloria y empujados por el hambre y el analfabetismo. A torear se aprendía toreando por los pueblos, en plazas de carros sin picadores y sin médicos. Cada novillero, cada matador, estaba obligado a llevar una cuadrilla de tres toreros, según las ordenanzas. Pero por los pueblos se cobraba muy poco, así es que el matador fracasado o el novillero primerizo llevaba tan sólo a un verdadero torero, a un subalterno profesional a quien pagaba, y a un par de tocinos, que eran los novatos que querían aprender a torear, y a los que tan sólo costeaba los gastos.
Y eso hice yo, naturalmente: a los dieciséis años me puse de tocino. Me arrimé a un viejo subalterno, Crespito, un hombre cabal, una buena persona y un buen torero, y él me fue metiendo en las corridas a las que le llamaban. En septiembre de aquel primer año, era 1930 y yo apenas si llevaba un par de meses de tocino, nos fuimos a torear a una plaza de carros en el pueblo de Bustarviejo. íbamos de cuadrilla con Teófilo Hidalgo, un novillero de veintisiete años que parecía un anciano. Salió un toro serio. Eran malos toros, los toros de los pueblos, y su peligro aumentaba al estar sin picar. Eran animales sin clase y sin bravura, bichos de seis años y 25 arrobas, o sea, 300 kilos, ágiles y fuertes como demonios. Y aquel de Bustarviejo era un toro serio. Recuerdo a Crespito exhortándole a Teófilo desde el burladero: «¡Ligero! ¡Ligero!» Pero aquel muchacho que parecía un anciano no fue lo suficientemente ligero. El toro lo agarró y le pegó cuatro cornadas monumentales. Le partió el pulmón, le sacó los órganos genitales. Cualquiera de las cornadas hubiera sido mortal, pero fueron cuatro. Se quedó en el suelo como un muñeco roto. Recuerdo el sol cegador, siempre es cegador el sol cuando hay una cogida, aunque esté nublado. Recuerdo el resol, mis ojos entrecerrados y lagrimeantes, el olor de la sangre, el rugido del público. Eran las fiestas del pueblo y estaban borrachos. Borrachos y excitados por el espectáculo de la muerte. Se llevaron a Teófilo a la escuela, que servía de enfermería improvisada. Allí quedó tirado sobre la mesa astillada de la maestra, como un gato reventado por un carro. Crespito, en la plaza, dijo: «Este toro hay que matarlo.» Es el rito, es lo justo, no ha de poder la bestia con el hombre, no ha de salir el animal entero de la plaza hacia la ignominia del matarife. De manera que Crespito cogió el estoque. A mí las mujeres me agarraban, desde sus asientos sobre los carros las mujeres me agarraban por el cuello, por los hombros, de la cabeza: «¡No salgas, chico, no salgas!» Yo apenas si era un niño y les daba lástima; temían verme destripado, como a Teófilo. Pero la banda de música empezó a tocar y, después de que Crespito acabara con el animal aquel, quisieron obligarnos a lidiar el otro toro, y nos amenazaron con meternos en la cárcel. La vida no valía un céntimo por entonces y ni siquiera la tragedia de una muerte pública y violenta como la de Teófilo podía ennoblecer, aunque sólo fuera por un momento, el aturdimiento de una fiesta de pueblo, toda sudor y polvo y alcohol barato. Cuando regresamos a Madrid, Paquita quemó mi traje azul y plata en la estufa del cuarto, y luego me sentó en una silla y cortó mi coleta de un solo tajo. Yo la dejé hacer: no era cuestión de resistirse a sus poderosas manos de Sansona. Pero dos semanas más tarde estaba toreando de nuevo con Crespito, con un traje prestado que tenía que atarme a la cintura con una cuerda.
A Crespito le partió un toro la femoral en Torrelaguna al año siguiente, o sea, en 1931. Y murió un mes después de la cornada. El toro dejó el cuerno clavado en la madera de la plaza de carros, después de atravesarle. Crespito tenía cincuenta y tres años y ya estaba torpe; por eso ahora se veía obligado a torear esas corridas de mala muerte. Antes, en su buen momento, había sido un subalterno muy solicitado y había ido con maestros. Aquel día en Torrelaguna el burladero estaba lleno de gente, gente que no debía de haber estado allí, y por eso Crespito no se pudo guarecer cuando lo necesitó. Un médico que estaba entre el público le ligó las arterias. Pero yo vi que se moría. Me vine a Madrid desesperado para buscar una ambulancia. Pero en aquella época sólo había tres ambulancias para atender a toda la ciudad, y no consintieron en desplazarse. Entonces cogí todo el dinero que tenía y empeñé mi traje y el capote; y gracias a Paquita, que me dio lo demás, alquilé un taxi con conductor, uno de esos grandes Citroen Pato; y metí un colchón dentro del taxi y ahí me traje a Crespito. Ya se le había gangrenado la pierna y en Madrid se la tuvieron que amputar. «¡Y que ese toro se haya quedado vivo!», repetía él con lamento obsesivo, porque el animal que lo había clavado contra el carro había sido devuelto a los corrales. Aguantó el hombre lo que pudo, pero a los veinte días se murió. «Es que a esas edades…», decía el médico, como si se tratara de un anciano ¡Y sólo tenía cincuenta y tres años! Y en cambio aquí me tenéis a mí ahora, con ochenta, pudriéndome por dentro como a Crespito se le pudrió la pierna.
Luego me puse de novillero, y trampeé por los pueblos intentando hacer una carrera de figura. Solía llevar, como subalterno profesional, a un buen hombre llamado Primitivo Ruiz; ese Primitivo tuvo durante mucho tiempo una fístula en el ano de una cornada y se tenía que poner paños en los pantalones, pero como necesitaba el dinero seguía trabajando. Un día que fui a buscarle para marcharnos a torear a algún pueblo me lo encontré lívido, temblando, con una fiebre enorme. «No puedo ir, mira cómo estoy.» Me quedé horrorizado. «Primitivo, voy solo. No llevo nada más que dos tocinos.» Y Primitivo, que era un profesional y sabía todo lo que podía pasarle a un torero solo y a dos tocinos en una maldita plaza de carros de un maldito pueblo, se puso sus paños, se vistió y se vino. Era un mundo de honor.
Pero no todo era tan atroz, naturalmente. No todo era dolor y necesidad y cuerpos rotos. También estaba la emoción del arte de torear, la embriaguez del peligro, el brillo siempre evasivo de la gloria. Uno era torero las veinticuatro horas, ya lo he dicho. Ser torero era tener donaire, era ser arrogante, era disfrutar de la vida porque se estaba vivo. Ser torero joven, y más si eras rubio como yo, era conquistar el favor de las hembras. Recuerdo que en el año 1934 le brindé un toro a un apoderado que conocía de vista, y que estaba acompañado de unas mujeronas muy aparentes. Cuando fui a recoger la montera, la señora situada a la derecha del tipo me la devolvió con una nota: «Vale por una dormida a elegir mujer.» La señora aquella era Adela la Botones, una madama célebre. Fueron años felices. Incluso llegué a tener cierto éxito; y toreé en Madrid junto a Pascual Montero El Señorito, un novillero que estaba de moda.