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– Sí… Recuerdo… ¿Tú Suerte?

– Fortuna, soy Fortuna, señor Van Hoog.

– Eso sí, Fortuna. Y hermano Victoria.

– Víctor. Víctor el Figurín.

– Eso sí.

Van Hoog volvió a pasar revista a Félix de arriba abajo.

– Mmmm… Tú bien, muy bien, ¡yo cojo! Viejo, un asco. ¿Cuántos años tú?

– Ochenta, señor Van Hoog.

– ¡Yo setenta y nueve! Tú cabrón.

Pero sonreía, tal vez encantado de encontrarse con un antiguo conocido de los tiempos jóvenes. O a lo mejor es que se aburría estando jubilado.

Esa sonrisa de Papá Noel lo cambió todo. El hijo cruzó unas cuantas frases en flamenco con su padre y después nos dedicó una somera inclinación de cabeza y se bajó a la tienda. Los guardaespaldas vestidos de Armani se transmutaron en atentos camareros y nos sirvieron un café con pastas, en delicadas tazas de porcelana inglesa, sobre una mesita de caoba. Incluso trajeron una bolsa de hielo para el labio tumefacto de Adrián.

Estuvimos con él toda la mañana, bebiendo café y mordisqueando pastas. El viejo Van Hoog sólo se comía las guindas que hay en el centro de esas pastitas radiales como soles pequeños. Devoraba guinda tras guinda y la masa la tiraba a una papelera. A medida que se iban acabando las pastas de ese tipo, los Camareros-Gorilas traían más.

Le explicamos con minucia nuestra historia, y me parece que la encontró amena. Cabeceaba y asentía con pequeños gruñidos a las explicaciones de Félix, a mis comentarios; pero cuando terminamos de hablar, empezó a hablar él. Nos contó sus andanzas juveniles cuando la Segunda Guerra. Cómo participó en la Resistencia contra los nazis; cómo ayudó a la fuga de judíos. Sus novias, sus amigos, sus primeros negocios. Todo esto en su lengua de trapo, en su español comanche. A eso del mediodía ya estábamos los tres desesperados. No nos decía nada sobre nuestro asunto y la conversación empezaba a languidecer. En un momento dado, el viejo Van Hoog cerró los ojos e inclinó la barbilla sobre el pecho.

– Y ahora va y se nos duerme, el tío -farfulló Adrián, que estaba comprensiblemente indignado por la hinchazón creciente de su morro.

– No duerme, pienso -se agitó el joyero, abriendo los ojos y enderezándose en la silla.

Levantó una mano y pidió algo en flamenco a uno de los gorilas. El Mayordomo-Matón salió de la habitación con expresión solícita y regresó al poco tiempo con una preciosa caja de laca china. Van Hoog sacó unas cuartillas de un papel de magnífica textura, cremoso y con grumos irregulares. Desenroscó una Mont-Blanc tripuda y escribió con letra temblorosa:

«They only want to talk. They are my friends. (Sólo quieren hablar. Son mis amigos.)»

Firmó debajo con su nombre completo y luego puso un sello en tinta verde al pie de la hoja: una torre rechoncha de almenas recortadas, en todo parecida a una pieza de ajedrez.

– Eso sí. Hablar con.

Volvió a agitar una mano en el aire y se acercó el gorila, quien, tras escuchar la orden de su jefe, abandonó la habitación. Esperamos todos en silencio. A los tres minutos regresó el energúmeno con una hoja en la mano y se la dio a Van Hoog.

– Hablar con Manoel Blanco, eso sí -dijo el joyero leyendo la nota-. Teléfono Madrid, aquí papel. Él pequeño hombre nuestro. ¡Pequeño! Ayudará. Aquí mi documento. Mi sello. Mi firma. Ayudará también. Muchos amigos Madrid. Algunos grandes. Ellos sí saben. Es todo. Adiós. Próxima vez yo y tú te vemos, Fortuna, los dos un poco muertos. Eso sí.

Y se rió a carcajada abierta de su propia gracia, más parecido a Papá Noel que nunca. Luego dijo algo al guardaespaldas y éste le levantó en brazos como quien levanta una muñeca. El otro gorila agarró el andador metálico, y el grupo desapareció sin añadir palabra por la pequeña puerta del rincón. Ahí quedamos nosotros, con los dos papeles que nos había dado el viejo, los restos del café y una cesta llena de pastas mordisqueadas. Salimos por nuestra cuenta del local (el despacho del piso de abajo tenía una puerta directa a la calle que nos evitó el paso por la tienda) y cuando estuvimos fuera respiramos.

– Lo hemos conseguido.

Era increíble, pero lo habíamos conseguido. La euforia burbujeó dentro de mí, como el principio de una borrachera. Habíamos hablado con un pez gordo, teníamos un contacto en Madrid, incluso disponíamos de una especie de carta de recomendación, ¡y todo eso sin que nos partieran la boca! O, por lo menos, sin que nos la partieran demasiado.

– Pobre Adrián. ¿Qué tal estás? -dije, recordando el puñetazo y advirtiendo que el muchacho iba demasiado callado.

– Bien. No es nada -contestó.

Pero al acercarme a él advertí que estaba temblando.

– ¿Qué te pasa?

Le toqué una mejilla: era como arrimar la mano a una caldera.

– Tienes fiebre. Yo creo que mucha fiebre.

– Ya me encontraba mal esta mañana. Cierto, lo había dicho. Había dicho que se sentía mareado, aunque yo, con la tensión del día, no le hice mucho caso. Ahora iba dando tumbos por la calle, con los ojos desenfocados y brillantes. Cogimos un taxi y nos trasladamos al hotel; subimos a pie los dos tramos de sórdida escalera y entramos los tres en la habitación de Adrián, que era angosta y larga, con una camita virginal y estrecha, un armario desvencijado a los pies y una ventana que daba a un patio oscuro.

– Métete en la cama enseguida -dije inútilmente, porque Adrián ya se estaba desatando las zapatillas deportivas-. ¿Quieres que te ayudemos?

– No, no -respondió él, aturdido y torpe, sacándose el jersey por la cabeza.

Aunque para torpe yo, que no sabía si irme o si quedarme. Pensé: que un muchacho de veinte años se quede en paños menores es una nimiedad; si no me gustara, no me daría ningún apuro que Adrián se desvistiera frente a mí. Pero el problema era que me gustaba. Miré a Félix, turbada.

– Pues parece que no nos necesita.

Para entonces Adrián se había quitado los vaqueros y se había quedado en calzoncillos, y al instante siguiente estaba ya metido entre las sábanas. Un relámpago de carne blanca y sólida, un pecho robusto y delicioso de hombre ya cuajado.

Pero dentro de la cama, mostrando tan sólo su cara de gato entristecido, parecía un niño.

– No os vayáis -dijo.

Pequeño, muy pequeño. Y muy mal tenía que estar para pedir que nos quedáramos. Adrián nunca pedía nada. Ese era uno de sus problemas.

– Quédate tú con él. Yo voy a ir a buscar un médico -dijo Félix.

Y, en efecto, se marchó a la calle para volver más tarde con un doctor que dictaminaría que Adrián tenía una amigdalitis, es decir, anginas, unas anginas gordas y rabiosas como las de los crios. Pero eso fue más tarde. Ahora Félix se acababa de ir y yo me senté en una esquina de la cama. Adrián ardía, casi me parecía verle humear, irisar el aire en torno a su cabeza, como sucede con las arenas del desierto bajo el sol calcinante. Tenía las mejillas enrojecidas, los ojos fulgurantes, el labio superior deliciosamente hinchado por el golpe. Estaba hermoso hasta el dolor, atractivo como un abismo. Cómo deseé acariciar su cara. Pasar un dedo por la rosca suave y caliente de sus orejas. Por su cuello. Por sus labios resecos. Pero no podía hacerlo. Él pensaría que le acariciaba por amor maternal, porque estaba enfermo. No por rijo y lujuria y frenesí y hambre desaforada de su cuerpo.

– Lucía…

– Sí.

– Esa torre, la torre de la nota, la torre del sello…

– ¿Sí?

– No, nada. Es una casualidad, hoy he soñado uno de mis sueños… De las adivinanzas. Y había una torre. Una torre de piedra con muchos, muchos pisos, muchísimas ventanas, una torre muy alta. Pero está toda rota, medio derruida. Un hombre. En lo alto de la torre hay un hombre triste. Se asoma al vacío; y entonces se tira. Pero mientras va cayendo por el aire, camino de la muerte, de repente oye un ruido. Entonces pone una expresión de extrema desesperación y grita: ¡Noooooooo!