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Y diciendo esto, alzó una ceja en plan chico duro y me lanzó una mirada seductora y tan tórrida como el aliento de un mosquito.

– Qué interesante. Y dime, después de haber desempeñado trabajos tan importantes como el de hundir la fábrica de las válvulas, ¿cómo es que ahora no sigues trabajando de killer?

Su cara de conejo se crispó un poco.

– Bueno… Ejem… Esas cosas pasan.

– ¿Pero fuiste tú el que hiciste lo de la fábrica de válvulas, no?

– Sí, ejem… O sea, casi sí. Sarda delegó en un ayudante suyo y yo era el ayudante del ayudante. Bueno, se puede decir que yo era su mano derecha. Ejem…

– Y ahora estás en paro.

– Bueno, no… Ahora… Ahora trabajo también para las altas finanzas, y para la gente importante, como los de Holanda.

Sarda me recomendó a… Y entonces yo… Bueno, cuando hay un dinero que hay que mover rápidamente sin que deje huellas, yo me ocupo de eso.

– Me parece que nuestro amigo es un correo. Vamos, que este tipo no es más que un transportista. Es el que lleva de acá para allá las maletas con el dinero negro -intervino Félix.

Manuel Blanco apretó los labios, fastidiado:

– Bueno, sí, ejem, hago eso también, además de otras cosas.

– Cosas que, a decir verdad, no nos importan demasiado -atajó Félix-. Estamos aquí para saber algo de Orgullo Obrero y del secuestro de Ramón Iruña. Van Hoog pensó que podrías ayudarnos. ¿Puedes facilitarnos alguna información o no?

El tipo enrojeció violentamente desde el mentón birrioso hasta el comienzo de la brillantina:

– Sí, señor. Creo que puedo -dijo con tono de dignidad ofendida.

– Estupendo. Estamos esperando.

Hubo algunos segundos de silencio. Manuel Blanco sorbió su café, se arregló el nudo de la corbata, carraspeó dos veces. Cuando volvió a hablar ya había reconstruido nuevamente sus aires de hombre duro y mundano.

– Mi trabajo de… ejem, de correo, me pone en contacto con todos los mundos no oficiales. Quiero decir que un correo atraviesa fronteras, y yo me conozco todas las fronteras que existen. No hablo de las fronteras horizontales, esas que van entre países, tan aburridas y llenas de pasaportes y sellos y visados, sino de las fronteras verticales, que están aquí mismo.

Y dibujó con su mano varias líneas paralelas en el aire, unas debajo de otras.

– No sé quienes son esos de Orgullo Obrero, pero sí sé que están detrás de alguna de esas fronteras. La cuestión, ejem, es encontrarlos. Ahora bien, así como en las fronteras horizontales hay ciertas agrupaciones, ahí están los países de la Unión Europea, por ejemplo, o los Estados árabes, pues también en las fronteras verticales hay un orden. La división fundamental, aunque luego haya subclases, es entre organizaciones Diurnas y Nocturnas. Las Nocturnas son las más llamativas. Son lo que la gente común conoce como mafias. Se ocupan en general del sector de Ocio y Servicios: drogas al por menor, prostitución, juego, trata de blancas, redes ilegales de pornografía y pederastia, en fin, esas cosas. Hay suministradores fijos, departamentos específicos, líneas de comercio internacional. Está todo muy bien organizado. Hoy mismo las dos corporaciones mundiales más importantes del sector Nocturno son las Tríadas Chinas y la Jakuza japonesa, que han hecho un acuerdo para repartirse el planeta; pero luego está la nueva Mafia Rusa, que está apretando mucho y mejorando su rendimiento a ojos vistas. En cuanto a los italianos, se han quedado los pobres muy anticuados; y los colombianos, aunque aún muy potentes, andan necesitados de una reconversión. Tal vez les conviniera, ejem, contratar a un buen killer…

Perdió el tipo la mirada en lontananza, como rumiando la luminosa posibilidad de que la mafia colombiana le contratara para mejorar su balance económico. Es un imbécil, pensé, casi admirada por la dimensión de su estupidez.

– Luego están las organizaciones Diurnas, que son, en conjunto, las más poderosas. En el sector Diurno entran todos los grupos políticos: terroristas, guerrillas urbanas, movimientos de liberación, el IRA, la ETA, la Internacional Neonazi. Y las cloacas administrativas: el terrorismo de Estado, la parte más secreta de los servicios secretos… Luego están también los magos financieros capaces de hacer cualquier pirueta con el dinero: limpiarlo o borrarlo. Y más arriba aún, las mafias gubernamentales de economía negra: sobornos, corrupciones a gran escala, desviación de fondos públicos. Por último, y arriba del todo en la cadena del mando, hay que citar a los traficantes de armas, que son los grandes jefes del sector Diurno y que también son respetados por el sector Nocturno. Esos tipos son los reyes del mundo, prohombres de la patria que presiden fundaciones internacionales de caridad y que terminan convertidos en estatuas. ¿Os habéis fijado que en cuanto que hay un pequeño resquemor entre dos tribus remotas al día siguiente están armados todos hasta las cejas? Pues de ese negocio viven los reyes del planeta.

– ¿Y dónde cae Orgullo Obrero entre todo este lío? – pregunté.

– Pues, ejem, todavía no lo sé. Pero lo sabremos. Son mundos muy organizados. Aquí nadie se mueve sin que sus superiores respectivos sepan algo. No sé si Orgullo Obrero será una mafia nocturna, unos simples chorizos que se hacen pasar por un grupo político, o si pertenecerán al mundo diurno. Lo primero que haré será enterarme. Preguntaré. Hablaré con alguna gente. El nombre de Van Hoog abre muchas puertas. Habéis tenido suerte al conseguir su ayuda.

Suspiró, yo creo que con envidia ante la calidad de nuestros contactos. Luego se levantó y asumió de nuevo sus aires de grandeza para despedirse, aunque sus pretensiones quedaran algo empañadas por el hecho de que, al darnos la mano, sus dedos apenas si sobresalieran de las mangas, y porque sus pies pisoteaban de manera inclemente el largo y sucio bajo de los pantalones.

– Sabréis de mí. Saludad al señor Van Hoog de mi parte y decidle que Manuel Blanco, ejem, estará siempre encantado de poder atenderle.

– Se lo diremos -mentí plácidamente: para qué contarle que no íbamos a volver a ver al holandés en toda nuestra vida. No hice más que disfrazar la verdad, como lo hubiera hecho un killer.

Nuestro encuentro con Manuel Blanco me dejó algo desconcertada. Era un tipo tan estrambótico, y aparentaba ser tan poca cosa, que no resultaba muy creíble que pudiera ponernos en contacto con el mundo subterráneo. O con el más allá de las fronteras verticales, como decía él.

– ¿Qué os parece? -pregunté a mis compañeros cuando Blanco abandonó el café.

– Un loco, un tío ridículo -dijo Adrián.

– Pero recordad que su nombre nos lo dio Van Hoog. Así es que, aunque parezca mentira, sí que está de algún modo relacionado con las mafias -dijo Félix con voz apagada-. Es un correveidile, un hurón, como les llamábamos nosotros: tipos inciertos que rondan por los confines de la marginalidad, haciendo recados, escuchando cosas, abriendo puertas a los poderosos y sonriendo mucho. Tendremos noticias de él, estoy seguro.