Выбрать главу

– Le ha tenido que pasar algo, esto no es normal, algo malo ha ocurrido…

– Pues a la policía no la podemos llamar -dijo Adrián.

– No, a la policía, no. ¿Y si avisamos a los bomberos?

Justo entonces, cuando llevábamos más o menos media hora de brega con la puerta, sonó el cerrojo y se abrió la hoja dulcemente. Al otro lado apareció Félix con cara turulata.

– Ah, pero ¿estabais aquí? -dijo.

– ¿Cómo que si estábamos aquí? Llevamos media hora aporreando.

– ¿Qué? Esperad, que me enchufo el bicho este -dijo Félix, encajándose el sonotone con manos torpes-. Perdonad, chicos, pero es que me había quedado dormido en el sofá.

– ¿Qué es este olor?

La casa apestaba a desinfectante.

– ¿Esto? Ah, son los del servicio antiplagas del Ayuntamiento.

– ¿Los qué de qué?

– Sí, han venido dos tipos del Ayuntamiento a fumigar. Hay una plaga de cucaracha negra y están fumigando por todas partes. Primero vinieron a mi casa y luego me preguntaron si el portero tendría llave de aquí. Así es que como yo sí que tengo llave les he abierto.

– ¿Y les has dejado pasar? -me espanté.

Félix nos miraba con expresión aturdida. Félix, el astuto Félix, el Félix veterano en luchas clandestinas, parecía ahora un desvalido anciano a quien cualquier desaprensivo podría encasquetar el timo del tocomocho. Desde su estancia en el hospital había dado un bajón quizá irreversible; y en ocasiones su cerebro comenzaba a manifestar un funcionamiento un tanto errático.

– Por Dios, Félix, qué has hecho, ¿les pediste por lo menos que se identificaran?

Félix se pasó la mano mutilada por la cara, desconcertado.

– Sí, es verdad. Tienes razón. No sé por qué les he dejado pasar. Qué estúpido. No sé. Me duele la cabeza. Estoy un poco mareado. Le sentamos en el sofá.

– Bueno, no te preocupes, ya está hecho -le consolé, arrepentida de haberle gritado- Total, da igual que pidieras o no la identificación, porque podría ser falsa. Además, es posible que sean funcionarios del Ayuntamiento de verdad.

Pero por dentro pensaba con angustia: y si nos han puesto micrófonos, y si han colocado una bomba, y si… La nuca se me congeló:

– ¿Dónde está la perra? -pregunté con voz estrangulada.

– ¿La perra? -repitió Félix torpemente-. Ah, sí. La castigué. Tiró el cubo de la basura y la castigué encerrándola en la cocina.

Corrí a la cocina y abrí la puerta: allí estaba ella, desde luego. Desparramada como un cojín peludo sobre el suelo. Cuando me vio intentó ponerse en pie. Algo raro sucedía, algo no iba bien. Se escurrió, las patas se le doblaron, dio con el morro contra el suelo; al fin se incorporó, comenzó a hacer eses. Salió de la cocina renqueando y en el umbral se puso a vomitar. No sé qué fue lo que me iluminó, cómo se me ocurrió la idea salvadora. Miré hacia atrás y vi que Adrián estaba sacando un cigarrillo.

– ¡Quieto! -chillé-. ¡No enciendas!

Los bomberos nos explicaron después que, en efecto, el gas acumulado podría haber estallado con la llama. Y si eso no funcionaba, la intoxicación hubiera dado suficiente cuenta de nosotros. Si no hubiéramos encerrado a la perra en la cocina, que es donde se encuentra la caldera, el envenenamiento progresivo nos hubiera producido una lenta estupefacción, un amodorramiento imperceptible. Todos los años muere un buen puñado de personas de esta muerte insidiosa: como ellas, nosotros tampoco nos hubiéramos dado cuenta. Fuera quien fuese, estaba claro que no quería que me entrevistara con el Mayor Vendedor de Calabazas de España, como decía el imbécil de Blanco. La conducción del gas tenía una fisura. Era un caño de cobre nuevo y reluciente, pero algo, quizá ácido, había llagado fatalmente el metal. Los policías municipales, avisados por los bomberos, cortaron el pedazo de tubería y se lo llevaron. Ninguno de ellos estaba enterado de que hubiera en Madrid una plaga de cucaracha negra.

– Eso es en los veranos. Pero ahora…

A petición mía revisaron las calderas de Félix y de Adrián, y las dos estaban en perfecto estado. Por supuesto: tres cañerías picadas al mismo tiempo hubiera sido una casualidad demasiado evidente. Los municipales estaban un poco desconcertados ante mi insistencia de que repasaran meticulosamente las conducciones de los otros pisos, cuando además yo me obstinaba en repetir que, por supuesto, la rotura del tubo tenía que deberse a un accidente. ¿Cómo iba a decirles otra cosa? La implicación del inspector García me había enmudecido.

Me ponía tan nerviosa tener que mentir que al final opté por dejar que Adrián y Félix despidieran a los municipales y a los bomberos mientras yo bajaba a la calle a la pobre Perra-Foca para que tomara el aire y se despejase de la intoxicación. Andaba la bestia hociqueando con deleite por los parterres más malolientes de la plaza, ya más o menos recuperada, cuando sentí que alguien me daba un golpecito en el hombro derecho. Giré la cabeza: era el inspector José García. Di un salto y un chillido.

– ¿Qué le pasa? -se extrañó el inspector. Todavía llevaba el abrigo azul de por la mañana.

– Perdón -balbucí, disimulando, con la lengua súbitamente convertida en papel secante- Creía que… Tengo los nervios un poco disparados.

Miré alrededor. Mi portal estaba apenas a cien metros, y en el cuarto piso, tras las ventanas de mi casa, abiertas de par en par para que se aireara, había un batallón de guardias municipales y bomberos. Pero no podían verme, no podían oírme. Debían de ser las cinco de la tarde y la calle se encontraba prácticamente desierta. Al otro lado de la plazoleta ajardinada, en la zona de los columpios infantiles, unas cuantas mujeres vigilaban el juego de sus crios.

– Lo sé todo. Muy desagradable -dijo García. Enloquecí un poco: ¿a qué todo se refería? ¿Nos habría visto en el parque esa mañana?

– Lo del gas. Los municipales avisaron.

– Ah, sí -resoplé, soltando un poco del lastre de mi paranoia. Y di un paso hacia atrás.

García dio un paso hacia delante.

– Muy desagradable -repitió.

¿No estaba muy cerca? ¿No estaba el inspector García demasiado cerca de mí para lo que era habitual y decente y educado? Miré con el rabillo del ojo sobre mi hombro: al lado del bordillo había un coche grande. Negro, con los cristales ahumados. No se veía nada, pero era seguro que había gente dentro; y el coche estaba muy cerca de mí, demasiado cerca. A sólo una zancada o un empujón. La paranoia volvió a disparárseme como un cohete. El suelo empezó a bailar debajo de mis pies.

– Está usted muy rara -dijo García.

Yo había dado otro paso hacia atrás y él otro hacia delante.

– Es el… el susto -dije, totalmente veraz en mi respuesta. García me cogió por el antebrazo.

– Debemos ir a comisaría. Aquí tengo el coche. Intenté liberarme, pero la mano del tipo me sujetaba con firmeza.

– ¿Por qué? ¿Para qué?

– Para poner la denuncia. Es muy importante. Vamos. Venga.

– No puedo -dije, plantando los pies sobre la tierra. Miré ansiosa hacia mi portaclass="underline" ¿no saldrían por casualidad los municipales, no vendría Adrián a buscarme?-. Está… Está la perra. La subo a casa y después nos vamos, ¿vale?

– La perra también viene. Prueba testifical. Intoxicada. Haremos análisis. Vamonos deprisa.

García empezó a tirar de mí en dirección al coche. Casi había perdido el disimulo: en un segundo más me daría un empellón. Podría gritar, podría debatirme, desde luego, pero eso no impediría que me secuestrara. El vehículo estaba demasiado cerca y las mujeres de la plaza, únicas personas a la vista, no reaccionarían con suficiente rapidez ante la siempre confusa confrontación entre dos extraños. Cuando quisieran ponerse en movimiento, yo ya estaría muy lejos.