Sacudí la cabeza, pero no hablé porque no me fiaba de mi voz.
Señaló la historia que crecía en la pared.
– La hora de morir esta cerca, Francis -dijo con frialdad, y añadió-: Esa noche, y también ésta.
31
Francis encontró a Peter frente al puesto de enfermería. Era la hora de la medicación y los pacientes hacían cola. Había empujones y quejas lastimosas, pero en general todo estaba en orden; para la mayoría de ellos se trataba de la llegada de otra noche de otra semana de otro mes de otro año.
– Peter -dijo Francis en voz baja, incapaz de ocultar su emoción-, tengo que hablar contigo. Y con Lucy. Creo que lo he visto. Creo que sé cómo podemos encontrarlo.
En la imaginación febril de Francis, lo único necesario era obtener los expedientes de aquellos tres hombres de la sala de vistas. Uno de ellos era el ángel. Estaba seguro, y su entusiasmo salpicaba cada palabra.
El Bombero, sin embargo, parecía distraído. Tenía los ojos puestos en el otro lado del pasillo, y Francis siguió su mirada. Vio la cola, con Noticiero y Napoleón, el hombretón retrasado y el retrasado colérico, tres mujeres acunando muñecas y las demás caras conocidas del edificio Amherst. Medio esperaba oír la voz retumbante de Cleo con alguna queja imaginaria que los «cabrones» no habían sabido corregir, seguida de su sonora e inconfundible risa socarrona. El señor del Mal estaba dentro del puesto, supervisando cómo la enfermera Caray, que tomaba notas en una tablilla, distribuía los medicamentos. Dirigía esporádicas miradas a Peter. De pronto, tomó un vaso de plástico, salió del puesto y avanzó entre los pacientes, que se apartaron como el mar Rojo para dejarlo pasar. Llegó donde estaban Peter y Francis antes de que éste tuviera tiempo de decir a su amigo nada más sobre lo que le preocupaba.-Ten, Francis -¡-dijo Evans con aire profesional-. Thorazme. Cincuenta microgramos. Esto acallará esas voces que sigues negando oír. ¡A tu salud!
Francis se metió la cápsula en la boca pero se la puso debajo de la lengua para esconderla. Evans lo observó con atención y le indicó que abriera la boca. Francis obedeció, y el psicólogo lo miró por encima. Francis no supo si había visto la cápsula, pero el señor del Mal habló deprisa.
– Mira, Pajarillo, me da igual que te tomes o no la medicación. Si lo haces, tienes posibilidades de irte de aquí algún día. Si no, bueno, mira a tu alrededor… -Hizo un amplio movimiento con el brazo y señaló a un anciano de cabello blanco y piel flácida y delgada; el espectro de un hombre confinado en una dilapidada silla de ruedas que chirriaba al moverse:-. E imagina que éste será tu hogar para siempre -sentenció.
Francis inspiró con fuerza pero no contestó. Evans esperó un segundo, como si aguardara una respuesta. Luego, se encogió de hombros y miró a Peter.
– No hay pastillas para el Bombero esta noche -anunció con frialdad-. No hay pastillas para el verdadero asesino, no ese asesino imaginario que estáis buscando. El verdadero asesino eres tú. -Entrecerró los ojos-. No tenemos una pastilla para arreglar lo que a ti te pasa, Peter. Nada que pueda dejarte como nuevo. Nada que pueda reparar el daño que has hecho. Te irás a pesar de mis objeciones. Gulptilil y las personas importantes que vinieron a verte me desautorizaron. Un acuerdo fantástico. Te irás a un hospital estrambótico para seguir un tratamiento estrambótico para curar una enfermedad inexistente. Pero no hay ninguna pastilla, ningún tratamiento, ni ninguna clase de neurocirugía avanzada que pueda solucionar el problema real del Bombero: la arrogancia, la culpa. Y la memoria. Da lo mismo en quién te conviertas, porque siempre serás el mismo. Un asesino.
Peter permanecía inmóvil.
– Antes pensaba que era mi hermano quien conservaría toda la vida las cicatrices de tu incendio -prosiguió Evans con una amargura glacial en cada palabra-. Pero me equivocaba. Él se recuperará. Seguirá haciendo cosas buenas c importantes. Pero tú jamás olvidarás, ¿verdad? Eres el único que estará marcado. Pesadillas, Peter. Pesadillas para siempre.
Dicho esto, el señor del Mal se volvió de golpe y regresó al puesto de enfermería. Nadie le dirigió la palabra cuando recorrió la cola de pacientes, que tal vez no fueran conscientes de muchas cosas, pero reconocían el enfado cuando lo veían, y se apartaron con cuidado.
– Supongo que tiene razones para odiarme -dijo Peter, en contradicción con la mirada fulminante que dirigió a Evans-. Lo que hice estuvo bien para unos y mal para otros. -Podría haber seguido con ese tema, pero no lo hizo. Se volvió hacia Francis-. ¿Qué querías decirme? -le preguntó.
Francis echó un vistazo alrededor para asegurarse de que no lo observaba nadie del personal, se escupió la cápsula en la mano y se la metió en un bolsillo. Se sentía sacudido por emociones encontradas, sin saber muy bien qué decir.
– Así que te vas… -dijo por fin-. Pero ¿y el ángel?
– Esta noche lo atraparemos. Y si no, será pronto. Háblame sobre las vistas de altas
– Estaba ahí. Lo sé. Lo noté…
– ¿Qué dijo?
– Nada.
– ¿Qué hizo, pues?
– Nada, pero…
– Entonces ¿cómo puedes estar tan seguro, Pajarillo?
– Lo noté, Peter. Estoy seguro. -Sus palabras expresaban una certeza que no se correspondía con la vacilación en la voz.
– Eso no me sirve de mucho, Pajarillo -comentó Peter y meneó la cabeza-. Pero deberíamos contárselo a Lucy.
Francis sintió una frustración repentina, incluso cierto enfado. Peter no lo estaba escuchando. Todavía no lo habían escuchado, y se dio cuenta de que no lo escucharían nunca. Ellos querían perseguir algo sólido y concreto. Pero, en un hospital psiquiátrico, tales cosas apenas existían.
– Ella se va. Tú te vas…
– Ya -asintió Peter-. Detesto dejarte aquí, pero si me quedo…
– Lucy y tú os iréis. Ambos saldréis. Yo nunca saldré.
– No será tan malo. Estarás bien -lo animó Peter, pero incluso él sabía que eso era mentira.
– Yo tampoco quiero quedarme más tiempo aquí -soltó Francis con voz temblorosa.-Saldrás -aseguró Peter-. Mira, Pajarillo, te prometo una cosa. Cuando haya terminado el programa al que me mandan y esté limpio, te sacaré de aquí. No sé cómo, pero lo haré. No te dejaré aquí.
Francis quería creerlo, pero no se atrevía a hacerlo. Pensó que, en su breve vida, mucha gente le había prometido y predicho cosas, y que muy pocas se habían cumplido. Atrapado entre las dos visiones del futuro, la que había descrito Evans y la que Peter le prometía, no supo qué pensar, pero sí sabía que estaba más cerca de una que de la otra.
– El ángel, Peter -balbuceó-. ¿Qué pasa con el ángel?
– Espero que esta noche sea la gran noche, Pajarillo. Es nuestra única oportunidad. La última. Pero es un enfoque razonable y creo que funcionará.
Todas las voces interiores de Francis farfullaron a la vez. No sabía si prestarles atención o prestar atención a Peter, que le resumía el plan para esa noche, pero su amigo parecía no querer que Francis conociera demasiados detalles, como si intentara mantenerlo alejado del centro de la acción.
– ¿Lucy será el blanco? -preguntó Francis.
– Sí y no. Estará ahí y será el anzuelo. Pero nada más. No le pasará nada. Está todo previsto. Los hermanos Moses la cubrirán por un lado y yo estaré en el otro.
Francis pensó que no resultaría. Dudó un instante. Él tenía muchas cosas que decir.
Entonces, Peter se inclinó para que sólo Francis pudiera oír sus palabras:
– ¿Qué te preocupa, Pajarillo?
El joven se frotó las manos, como un hombre que trata de quitarse algo pegajoso de los dedos.
– No estoy seguro -mintió, porque sí lo estaba. Quería dotar su voz de fuerza y de convicción, pero al hablar cada palabra le sonó cargada de debilidad-. Lo noté. Fue la misma sensación que tuve cuando me amenazó, la noche que mató a Bailarín con la almohada. Y lo mismo que noté cuando vi a Cleo colgada…
– Cleo se ahorcó.