Abrió las dos cerraduras y empujó la puerta con el hombro para entrar. Por un instante, se sintió desconcertada. Cada vez que había estado en Amherst, ya fuera en su despacho o recorriendo los pasillos, lo había encontrado lleno de gente, iluminado y ruidoso. Ahora, cuando ni siquiera era tarde, parecía otro lugar. Lo que era un espacio abarrotado y siempre animado, surcado por toda clase de locuras informes y pensamientos descabellados, estaba ahora en silencio, salvo por algún que otro grito en los dormitorios. El pasillo estaba casi a oscuras; a través de las ventanas se filtraba alguna luz procedente de otros edificios que atenuaba un poco la penumbra. La única luz del pasillo estaba en el puesto de enfermería, donde brillaba una lámpara de escritorio.
Notó que una forma se movía dentro del puesto y suspiró con alivio cuando vio que Negro Chico se levantaba y abría la puerta de rejilla metálica.
– Muy puntual.
– No me retrasaría por nada del mundo -repuso ella con falsa valentía.
– Supongo que le espera una noche larga y aburrida -dijo Negro Chico sacudiendo la cabeza. Luego señaló el intercomunicador sobre la mesa. Era una cajita anticuada con un único interruptor en la parte superior y un botón de volumen-. Esto la mantendrá conectada con-
migo y con mi hermano en el piso de arriba. Pero tendrá que pronunciar bien claro «Apolo» porque este trasto tiene diez o veinte años y no va demasiado bien. El teléfono también está conectado con el piso de arriba. Sólo tiene que marcar dos cero dos. Le diré qué haremos: si lo deja sonar dos veces y cuelga, también lo consideraremos una señal y acudiremos en su rescate.
– Dos cero dos. Entendido.
– Pero no es probable que vaya a necesitarlo. Según mi experiencia, en este sitio, nada lógico o previsible sale nunca bien, por mucho que se planifique. Estoy seguro de que su hombre sabe que estará aquí. La voz corre deprisa si se dice lo correcto a la persona adecuada. Pero si él es tan inteligente como usted cree, tengo mis dudas de que vaya a caer en lo que supondrá una trampa. Aun así, nunca se sabe.
– Exacto -corroboró Lucy-. Nunca se sabe.
– Bueno, llámenos -asintió Negro Chico-. Y también llámenos si pasa algo de lo que no quiera ocuparse con cualquier paciente. No haga caso a nadie que grite pidiendo ayuda. Solemos esperar hasta la mañana para resolver la mayoría de los problemas nocturnos.
– De acuerdo.
– ¿Nerviosa?
– No -mintió Lucy.
– Cuando sea más tarde, le mandaré a alguien para comprobar que todo va bien. ¿Le parece?
– Siempre se agradece tener compañía. Aunque prefiero no asustar al ángel.
– Me imagino que no es la clase de persona que se asusta demasiado -replicó y miró hacia el otro extremo del pasillo-. Ya he comprobado que las puertas de los dormitorios están cerradas con llave. Sobre todo el de los hombres, pues Peter quería que lo dejara abierto. Por cierto, esa llave corresponde a esa puerta… -Le guiñó el ojo con complicidad-. Imagino que todo el mundo estará ya dormido.
Dicho eso, se marchó por el pasillo. Se volvió una vez y la saludó con la mano, pero ese extremo del pasillo, cerca de la escalera, estaba tan oscuro que Lucy apenas distinguió sus rasgos aparte de su uniforme blanco.
Tras oír cómo se cerraba la puerta, dejó el bolso en la mesa, junto al teléfono. Esperó unos segundos, los suficientes para que el silencio la envolviera con una sensación pegajosa, tomó la llave y se dirigió al dormitorio de los hombres. Haciendo el menor ruido posible, la encajó en la cerradura y la giró una vez, lo que provocó un tenue clic. Inspiró hondo y regresó al puesto de enfermería, donde se dispuso a esperar.
Peter estaba sentado en la cama, totalmente despierto. Oyó el die y supo que Lucy había abierto la puerta. La imaginó regresando deprisa al puesto de enfermería. Lucy era tan inconfundible, con su estatura, su cicatriz y su porte, que le resultaba fácil imaginar todos sus movimientos. Aguzó el oído para oír sus pasos, sin conseguirlo. El rumor de aquel dormitorio lleno de hombres dormidos, atrapados entre las sábanas y entre sus propias desesperaciones, tapaba cualquier sonido discreto procedente del pasillo. Había demasiados ronquidos, respiraciones pesadas y palabras proferidas en pleno sueño como para distinguir y aislar un sonido. Pensó que eso podría ser un problema, y cuando estuvo convencido de que todos estaban sumidos en un sueño inquieto e irregular, se levantó y se dirigió sigilosamente hacia la puerta. No se atrevió a abrirla porque pensó que podría despertar a alguien, por muy sedados que estuvieran todos. Lo que hizo fue sentarse en el suelo con la espalda apoyada contra la pared para esperar un sonido inusual o la palabra que indicara la llegada del ángel.
Deseó tener un arma, incluso un bate de béisbol o una porra. El ángel utilizaba un cuchillo, y él tendría que mantenerse fuera de su alcance hasta que llegaran los hermanos Moses, avisaran a seguridad y consiguieran atraparlo.
Lucy no había dicho que tuviese un arma, pero él sospechaba que la tenía. Sin embargo, su ventaja radicaba en la sorpresa y en el número. Imaginaba que eso bastaría.
Dirigió una mirada a Francis y meneó la cabeza. El joven parecía dormido, lo que, en su opinión, era positivo. Lamentaba dejarlo solo, pero tenía la sensación de que, en general, tal vez sería mejor para él. Desde la aparición del ángel junto a su cama, algo de lo que Peter ni siquiera estaba seguro de que hubiera ocurrido, lo encontraba cada vez más raro y más descontrolado. Pajarillo había descendido por un sendero que Peter no podía imaginarse y del que no quería formar parte. Le entristecía ver lo que le estaba pasando a su amigo y no poder hacer nada al respecto. Francis se había tomado muy mal la muerte de Cleo y, más que ninguno de ellos, parecía haber desarrollado una obsesión enfermiza por encontrar al ángel. Como si atrapar a aquel asesino significara algo muy importante para Francis.
Peter estaba equivocado, claro. La obsesión era realmente cosa de Lucy, pero no quería verlo.
Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos. Sintió cómo la fatiga le recorría el cuerpo, junto con la inquietud. Sabía que muchas cosas iban a cambiar en su vida esa noche y la mañana siguiente. Desechó muchos recuerdos y se preguntó qué pasaría a continuación en su historia. Al mismo tiempo, siguió escuchando con atención a la espera de la señal de Lucy.
¿Volvería a verla alguna vez después de esa noche?
A unos metros de distancia, Francis yacía en su cama, consciente de que Peter había pasado por su lado sin hacer ruido para apostarse junto a la puerta. Sabía que el sueño estaba lejano, pero no así la muerte. Respiró despacio, a un ritmo constante, a la espera de que ocurriese lo inevitable. Algo que era inamovible y estaba planeado y tramado, sopesado y concebido. Se sentía atrapado en una corriente que lo arrastraba hacia quién era él mismo, o hacia quién podría ser, y no podía nadar contra ella.
Todos estábamos exactamente donde el ángel esperaba que estuviéramos. Quise escribir eso pero no lo hice. Iba más allá de la idea de que nos habíamos limitado a tomar posiciones en un escenario y sentíamos los últimos nervios antes de que se levantara el telón, preguntándonos si recordaríamos nuestros papeles, si nuestros movimientos serían armoniosos y si saldríamos a escena cuando nos tocara. El ángel sabía dónde estábamos físicamente, e incluso sabía dónde estábamos mentalmente.
Excepto tal vez yo, porque estaba muy confundido.
Me balanceé atrás y adelante, gimiendo, como un herido en un campo de batalla que quiere pedir ayuda pero sólo logra emitir un sonido gutural de dolor. Estaba arrodillado en el suelo y la pared parecía reducirse delante de mí, lo mismo que las palabras de que disponía.