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Sonrió y se encogió de hombros. Lucy no dijo nada.

– El señor Moses me ha pedido que venga a comprobar cómo está -comentó el auxiliar-. Dijo que era su primera noche. Espero no haberla puesto nerviosa.

– Estoy bien -aseguró Lucy, y rodeó la culata con la mano-. Dele las gracias, pero no necesito ayuda.

El auxiliar se acercó un poco más.

– Ya. El turno de noche consiste en estar solo y aburrido, y sobre todo, en mantenerse despierto. Pero puede dar miedo pasada la medianoche.

Lucy lo observó con atención, comparando todos sus rasgos e inflexiones con la imagen que se había formado del ángel. ¿Tenía la estatura, la complexión o la edad adecuadas? ¿Qué aspecto tenía aquel asesino? Se le hizo un nudo en el estómago, y los brazos y las piernas le temblaron de la tensión. Pero no era lógico que el ángel se le acercara

tranquilamente por el pasillo con una sonrisa en los labios. Se preguntó quién sería ese hombre.

– ¿Por qué no bajó el señor Moses? -preguntó.

– Dos hombres del dormitorio de arriba tuvieron sus más y sus menos al apagar las luces, y tuvo que acompañar a uno de ellos a la cuarta planta para que lo pongan en observación y le administren una inyección de Haldol. Así que dejó a su hermano en el puesto y me pidió que bajara aquí. Pero parece que usted tiene todo bajo control. ¿Puedo ayudarla en algo antes de volver a subir?

Lucy no dejó de sujetar el arma ni de mirar al auxiliar. Intentó examinarlo a conciencia cuando se acercó más. Tenía el pelo castaño, largo pero bien peinado. Llevaba el uniforme blanco impecable y unas silenciosas zapatillas de deporte. Lo miró a los ojos en busca de la luz de la locura, o de la oscuridad de la muerte. Luego, al tiempo que sujetaba el arma con más fuerza y la sacaba un poco del bolso para estar preparada, le observó las manos. Tenía dedos largos, quizás demasiado. Eran manos como garras, pero estaban vacíos.

El hombre se situó lo bastante cerca como para que ella notara una especie de calor entre ambos. Pensó que se trataba simplemente de su nerviosismo.

– Bueno, siento haberla sobresaltado. Debería haberla llamado por teléfono para avisarle que bajaba. O quizá debería haberlo hecho el señor Moses, pero él y su hermano estaban un poco ocupados.

– No se preocupe -dijo Lucy.

El auxiliar señaló el teléfono que ella tenía a su lado.

– He de llamar al señor Moses para decirle que vuelvo al ala de aislamiento. ¿Puedo?

– Adelante… -asintió Lucy-. Perdone, no recuerdo su nombre.

Ahora estaba lo bastante cerca de ella como para tocarla, pero separado aún por la rejilla que protegía el puesto de enfermería. La culata del revólver parecía quemarle la mano, como si le gritara que la sacara de su escondrijo.

– ¿Mi nombre? -dijo él-. Lo siento. En realidad, no se lo he dicho.

Metió la mano en la abertura por donde se repartían los medicamentos y descolgó el auricular para llevárselo al oído. Lucy observó cómo marcaba tres números y esperaba un segundo.

Una súbita confusión la invadió. El auxiliar no había marcado el 202.

– Oiga -soltó-. Ése no es…

Y el mundo pareció explotar.

El dolor, como un manto rojo, le estalló ante los ojos. El miedo se le clavaba en el corazón con cada latido. La cabeza le daba vueltas vertiginosamente y notó que se caía hacia delante cuando una segunda explosión de dolor le golpeó la cara, seguida de una tercera y una cuarta. De repente sintió en llamas la mandíbula, la boca, la nariz y las mejillas. Estaba al borde del desvanecimiento. Con lo poco que le quedaba de conciencia, trató de sacar el revólver, pero la mano segura y firme con que sujetaba la culata hacía unos segundos ahora era floja e insuficiente. Sus movimientos eran extremadamente lentos, como si estuviese maniatada. Intentó encañonar al auxiliar mientras una vocecita interior le gritaba: «¡Dispara! ¡Dispara!» Pero, con la misma brusquedad, perdió el arma y el equilibrio, y cayó con un fuerte golpe al suelo, donde sólo notó el sabor de la sangre. Parecía la única sensación posible, como si el dolor hubiera anulado todas las demás. Unos estallidos carmesí le deslumbraban los ojos. Un ruido ensordecedor le destrozaba los oídos. El olor del miedo le saturaba la nariz. Quiso gritar pidiendo ayuda, pero las palabras le resultaban inalcanzables, como si estuvieran al otro lado de un precipicio.

Lo que pasó fue lo siguiente: el auxiliar había levantado de golpe el auricular para atizarle un golpe brutal a la mandíbula, demoledor como el puñetazo de un boxeador, a la vez que alargaba la otra mano a través de la abertura para sujetarla por el vestido. Cuando salió impulsada hacia atrás, él tiró de ella, de modo que su cara chocó contra la rejilla que estaba ahí para protegerla. La empujó de esa manera brutal contra la tela metálica tres veces y después la lanzó al suelo, donde había caído de bruces. El arma, que le había arrancado con mucha facilidad de la mano, se deslizó por el suelo hasta detenerse en un rincón del puesto de enfermería. Fue un ataque de una rapidez y eficiencia inauditos. Unos pocos segundos de fuerza desenfrenada con apenas sonido. Lucy, prudente y calculadora, tenía el arma en la mano y, acto seguido, estaba en el suelo, apenas capaz de hilvanar las ideas, salvo una única y terrible: «Voy a morir esta noche.»

Intentó levantar la cabeza del suelo y, a través de la niebla visual que le había provocado el impacto, vio cómo el auxiliar abría con calma la puerta del puesto. Hizo un gran esfuerzo para arrodillarse, pero no pudo. Quería gritar pidiendo ayuda, defenderse, hacer todo lo que había planeado y que antes parecía tan fácil de lograr. Pero sin darle ocasión de reunir la fuerza o la voluntad necesarias, él ya estaba a su lado. Un violento puntapié en las costillas le quitó el poco aliento que conservaba. Lucy gimió y el ángel se agachó y le susurró unas palabras que le provocaron un pánico paralizante.

– ¿Te acuerdas de mí? -siseó.

Lo realmente terrible de ese momento, lo que superó la salvaje agresión sufrida segundos antes, fue que, cuando oyó aquella voz tan cerca de ella y con una intimidad que sólo revelaba odio, fue como si el tiempo no hubiera pasado.

Peter espiaba con la cara pegada a la ventanita para intentar ver qué pasaba en el pasillo. Sólo consiguió ver la penumbra y unos rayos de luz tenue que no revelaban ningún signo de actividad. Pegó la oreja a la puerta para oír algo, pero su grosor se lo impidió. No sabía qué pasaba, si es que pasaba algo. Lo único seguro era que la puerta que tenía que estar abierta estaba cerrada, que fuera de su vista y su alcance quizás estaba pasando algo, y que, de repente, no podía hacer nada al respecto. Cogió el pomo y tiró frenéticamente de él, provocando un ruido tenue e impotente que ni siquiera era lo bastante fuerte para despertar a ninguno de los demás hombres, sedados, de la habitación. Maldijo y tiró de nuevo.

– ¿Es él? -oyó Peter a su espalda.

Se volvió y vio a Francis de pie, a poca distancia. Tenía los ojos desorbitados por el miedo y la tensión, y un haz de luz que se filtraba por una ventana hacía que su rostro pareciera más joven aún de lo que era.

– No lo sé -respondió Peter.

– La puerta…

– La han cerrado con llave. No entiendo cómo pudo ocurrir.

Francis inspiró hondo, absolutamente seguro de algo.

– Es él -afirmó con una determinación que lo sorprendió.

El dolor limitaba sus pensamientos y movimientos. Luchaba por mantenerse alerta porque sabía que su vida dependía de ello. La hinchazón ya le había cerrado un ojo, y creía que tenía la mandíbula rota. Intentó alejarse a rastras del ángel, pero él volvió a golpearla con el pie.

Luego se abalanzó sobre ella y, sentado a horcajadas, la inmovilizó contra el suelo. Lucy gimió y fue consciente de que el ángel tenía algo en la mano. Cuando le presionó con ello la mejilla, supo qué era: un cuchillo como el que había usado para desfigurar su belleza tantos años atrás.

– No te muevas -susurró como un implacable sargento de instrucción-. No te mueras demasiado deprisa, Lucy Jones. No después de todo este tiempo.

Ella estaba rígida de miedo.

El ángel se levantó, se acercó tranquilamente al mostrador y con dos movimientos rápidos y feroces cortó la línea telefónica y el intercomunicador.