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Francis se ruborizó al verse de repente en un apuro, y lo primero que pensó fue que no tenía ni idea. Así que abrió la boca para decirlo, pero se detuvo. Pensó en la pregunta un instante, dedujo una respuesta y habló.

– Dos cosas, señorita Jones. La primera, todas las paredes están insonorizadas y todas las puertas son de acero, así que es difícil que el sonido pueda traspasarlas. Aquí, en el hospital, hay mucho ruido, pero suele ser apagado. Y más importante, ¿de qué serviría gritar pidiendo ayuda? -En su cabeza, oía un estruendo provocado por sus voces interiores, que le gritaban: ¡Díselo! ¡Cuéntale cómo es!-. La gente chilla sin cesar -prosiguió-. Tiene pesadillas. Tiene miedos. Ve cosas u oye cosas, o se limita a sentir cosas. Supongo que aquí todo el mundo está acostumbrado a los ruidos surgidos del nerviosismo. Así que si alguien gritara «¡Socorro!»… -hizo una pausa- no sería distinto a las veces en que alguien chilla algo parecido. Si gritara «¡Asesino!» o se limitara a chillar, no sería nada del otro mundo. Y nadie acude nunca, señorita Jones. Da igual el miedo que tengas y lo difícil que sea. Aquí, tus pesadillas son cosa tuya.

La fiscal lo observó y supo que el chico hablaba por experiencia. Le sonrió y vio que él se frotaba las manos, algo nervioso pero con ganas de ayudar. Pensó que en aquel hospital debía de haber toda clase de miedos. Se preguntó si los llegaría a conocer todos.

– Pareces tener una vena poética, Francis -dijo-. Aun así, debe de ser difícil.

Las voces, que habían permanecido tan calladas los últimos días, habían elevado el volumen hasta convertirse en un griterío que resonaba en la cabeza de Francis.

– Iría bien-comentó para acallarlas-, señorita Jones, que comprendiera que, aunque estamos juntos, estamos realmente solos. Más solos que en ningún otro sitio, supongo. -Lo que de verdad quería decir era más solos que en ningún otro sitio del mundo.

Lucy lo miró con atención y pensó que en el mundo exterior, cuando alguien pide ayuda, la persona que oye esa petición tiene el deber moral de actuar. Pero en aquel hospital todo el mundo gritaba todo el tiempo, todo el mundo necesitaba ayuda todo el tiempo, y sin embargo ignoran estas llamadas, por muy desesperadas y sentidas que fueran, formaba parte de la rutina diana del hospital.

Se sobrepuso un poco a la claustrofobia que la invadió en ese instante. Se volvió hacia Peter, que tenía los brazos cruzados y una sonrisa en los labios.

– Creo que debería ver la habitación donde dormíamos cuando pasó todo esto -sugirió el Bombero, y la guió por el pasillo, deteniéndose sólo para señalarle los sitios donde se había encharcado la sangre-. La policía supuso que las manchas de sangre eran el rastro que había dejado Larguirucho -explicó en voz baja-. Pero eran un caos, porque el idiota del guardia de segundad las había pisado. Hasta resbaló en una y la extendió por todas partes.

– ¿Qué supuso usted? -preguntó Lucy.

– Que eran un rastro, desde luego. Pero que conducía a él. No que lo hubiera dejado él.

– Tenía sangre en el pijama.

– El ángel lo había abrazado.

– ¿El ángel?

– Así es como lo llamó. El ángel que se acercó a su cama y le dijo que la encarnación del mal había sido destruida.

– ¿Cree que…?

– Lo que creo está bastante claro, señorita Jones.

La fiscal estuvo de acuerdo. Observó la seguridad con que Peter la conducía por el pasillo.

Peter abrió la puerta del dormitorio y entraron. Francis señaló dónde estaba su cama, lo mismo que el Bombero. También le enseñaron la cama de Larguirucho, a la que le habían quitado todo, incluido el colchón, de modo que sólo quedaba el bastidor y el somier. También se habían llevado el arcón donde guardaba sus pocas ropas y objetos personales, de modo que el modesto espacio de Larguirucho en el dormitorio parecía un mero armazón. Francis vio cómo Lucy observaba las distancias, medía el espacio entre las camas, la ruta hacia la puerta, la puerta que daba al lavabo contiguo. Por un momento, le dio un poco de vergüenza mostrarle dónde vivían. En ese instante fue muy consciente de la poca intimidad que tenían y cuánta humanidad les habían arrebatado en esa abarrotada habitación, y se sintió bastante molesto al contemplar cómo la fiscal examinaba la habitación.

Como siempre, varios hombres yacían en la cama mirando el techo. Uno mascullaba entre dientes, discutiendo consigo mismo. Otro se volvió para mirar a Lucy. Otros la ignoraron, perdidos en sus pensamientos. Pero Francis vio que Napoleón se levantaba y se dirigía hacia ellos presuroso.

Se acercó a Lucy y, con una especie de floritura imperfecta, le hizo una reverencia.

– Tenemos muy pocas visitas del mundo exterior -afirmó-. Sobre todo, tan bonitas. Bienvenida.

– Gracias -contestó Lucy.

– ¿La están poniendo bien al corriente estos dos señores?

– Sí. Hasta ahora han sido muy amables.

– Bueno -dijo Napoleón, que pareció algo decepcionado-. Eso está bien. Pero si necesita cualquier cosa, por favor, no dude en pedírmela. -Se palpó el atuendo hospitalario un momento-. No sé dónde he puesto las tarjetas de visita. ¿Es usted estudiante de historia?

– No exactamente -respondió Lucy encogiéndose de hombros-. Aunque seguí algunos cursos de historia europea en la universidad.

– ¿Y dónde fue eso? -Napoleón arqueó las cejas.

– En Stanford.

– Entonces debería comprenderlo -repuso Napoleón y agitó un brazo con el otro pegado a un costado-. Hay grandes fuerzas en juego. El mundo está en equilibrio. Los momentos se paralizan en el tiempo ante las inmensas convulsiones sísmicas que sacuden la humanidad. La historia contiene el aliento; los dioses se enfrentan en el campo. Vivimos una época de cambios. Me estremezco al pensar en su importancia.

– Cada uno de nosotros hace lo que puede -dijo Lucy.

– Por supuesto -corroboró Napoleón-. Hacemos lo que se nos pide. Todos intervenimos en el gran escenario de la historia. Un hombrecillo puede convertirse en un gran hombre. El momento secundario se vislumbra importante. La pequeña decisión puede afectar a las grandes corrientes de la época. ¿Caerá la noche? -susurró, inclinándose hacia ella-. ¿O llegarán a tiempo los prusianos para rescatar al Duque de Hierro?

– Creo que Blücher llega a tiempo -respondió Lucy.

– Sí-dijo Napoleón, y casi guiñó un ojo-. En Waterloo fue así. Pero ¿y hoy?

Sonrió de modo enigmático, saludó con la mano a Peter y Francis y se alejó.

Peter enderezó los hombros, a modo de alivio, con su habitual sonrisa irónica en los labios.

– Seguro que el señor del Mal lo ha oído todo y que esta noche Nappy recibirá más medicación de lo normal -susurró a Francis, aunque lo bastante alto para que Lucy lo oyera, y el joven reparó en que Evans los había seguido hasta el dormitorio.

– Parece bastante simpático -comentó Lucy-. Así como inofensivo.

– Su valoración es correcta, señorita Jones -intervino el señor del Mal dando un paso adelante-. Así es la mayoría de los pacientes del hospital. Sólo se lastiman a sí mismos. El problema para el personal es saber cuál puede ser violento. Cuál tiene esa capacidad latente en su interior. A veces, es lo que buscamos.

– También es el motivo por el cual yo me encuentro aquí -contestó Lucy.

– Por supuesto -dijo Evans, y miró a Peter y Francis-, en algunos casos ya tenemos la respuesta.

Los dos pacientes se miraron entre sí, como hacían siempre. El señor del Mal alargó la mano y tomó con suavidad el brazo de Lucy Jones, un gesto de galantería que, dadas las circunstancias, parecía significar algo muy distinto.

– Por favor, señorita Jones -pidió-, permítame que la acompañe por el resto del hospital, aunque es muy parecido a lo que ve aquí. Por la tarde hay programadas sesiones en grupo y actividades, además de la cena, y mucho que hacer.

Por un instante pareció que Lucy iba a rehusar, pero finalmente contestó:

– Eso estaría bien. -Antes de salir, se volvió hacia Francis y Peter para decir-: Me gustaría hacerles más preguntas después. O quizá mañana por la mañana. ¿Les parece bien?

Ambos asintieron con la cabeza.