– Señor Petrel, usted le importa a más personas de las que imagina -aseguró.
Volvía negar con la cabeza.
– ¿Otra persona, pues?
– No. De verdad.
– ¿Seguro que no le ha molestado nadie? Oí voces altas. Era como si fuera a empezar una pelea…
Sonreí, porque lo cierto era que sí me había molestado alguien. Pero no estaba ahí. Abrí más la puerta y le dejé echar un vistazo dentro.
– Estoy solo, se lo aseguro -dije.
Él recorrió la habitación con los ojos y se fijó en las palabras escritas en las paredes. En ese momento creí que diría algo, pero no lo hizo. Me puso una mano en el hombro.
– Si necesita ayuda, señor Petrel, llame a nuestra puerta. A cualquier hora. De día o de noche. ¿Entendido?
– Se lo agradezco, señor Santiago. -Asentí con la cabeza-. Y gracias por la cena.
Cerré la puerta e inspiré hondo. Al notar el olor de la comida, me pareció que llevaba días sin comer. Quizá fuera así, aunque recordaba haber tomado algo de queso. Pero ¿cuándo había sido? Encontré un tenedor en un cajón y lo hundí en la especialidad de Rosalita. Me pregunté si el arroz con pollo, que iba bien para tantas dolencias del espíritu, serviría para las mías. Para mi sorpresa, cada mordisco pareció vigorizarme y, mientras masticaba, vi mis progresos en la pared. Columnas de historia.
Y me di cuenta de que volvía a estar solo.
El regresaría. No me cabía la menor duda. Acechaba incorpóreo en algún sitio fuera de mi alcance, y eludía mi conciencia. Me evitaba. Evitaba a la familia Santiago. Evitaba el arroz con pollo. Se escondía de mi memoria. Pero, de momento, para mi alivio, sólo me acompañaba el arroz con pollo, y las palabras. Pensé que todo aquello que se habló en el despacho de Tomapastillas sobre que el asunto debía ser confidencial sólo habían sido palabras vacías.
No llevó demasiado tiempo a todos los pacientes y miembros del personal darse cuenta de la presencia de Lucy Jones. No era sólo cómo iba vestida, con un jersey y unos holgados pantalones negros, ni cómo llevaba la cartera de piel con una pulcritud que contrastaba con el carácter descuidado del hospital. Ni tampoco su estatura y su porte, o la cicatriz de la cara, que la distinguían nítidamente. Era más bien cómo caminaba por los pasillos, taconeando en el suelo de linóleo, con una expresión alerta que daba la impresión de inspeccionarlo todo y a todos, y que buscaba algún signo revelador que pudiera encaminarla en la dirección adecuada. Era una actitud que no estaba marcada por la paranoia, las visiones o las voces interiores. Incluso los catos, de pie en los rincones o apoyados contra la pared, los ancianos seniles confinados en sillas de ruedas, perdidos al parecer en sus propios ensueños, o los retrasados mentales, que contemplaban sin ánimo casi todo lo que pasaba a su alrededor, parecían notar de alguna forma extraña que Lucy seguía los impulsos de unas fuerzas tan potentes como las que ellos combatían, aunque, en su caso, más normales. Más vinculadas con el mundo. Así que, cuando pasaba junto a ellos, las pacientes la seguían con la mirada sin dejar de murmurar y farfullar, o sin interrumpir el temblor de las manos, pero aun así con una atención que parecía desdecir sus enfermedades. Lucy se distinguía incluso en las comidas, que tomaba en la cafetería con los pacientes y el personal, tras hacer cola como todos para recibir las bandejas de comida sosa e institucionalizada. Solía sentarse en una mesa del rincón, desde donde podía ver a los demás comensales, dando la espalda a una pared de color verde lima. A veces, alguien se sentaba a su mesa, ya fuera el señor del Mal, que parecía muy interesado en todo lo que ella hacía, o Negro Grande o Negro Chico, que enseguida dirigían la conversación hacia remas deportivos. En ocasiones se le unía alguna enfermera, con su uniforme blanco y su cofia puntiaguda. Cuando charlaba con alguno de sus acompañantes, no dejaba de pasear la mirada por el comedor, de un modo que a Francis le recordaba a un halcón sobrevolando la pradera en busca de su presa.
Ninguno de los pacientes se sentaba con ella, al principio ni siquiera Francis o el Bombero. Había sido una sugerencia de Peter. Había dicho a Lucy que no convenía dejar que demasiada gente supiera que trabajaban con ella, aunque no tardarían demasiado en deducirlo. Así que, los primeros días, Francis y Peter la ignoraban en el comedor.
No fue el caso de Cleo, cuando Lucy llevaba la bandeja a la zona de recogida.
– ¡Sé por qué está aquí! -le espetó en voz alta y acusadora, y de no haber sido por el habitual ruido de platos, bandejas y cubiertos, habría llamado la atención de todo el mundo.
– ¿De veras? -respondió Lucy con calma. Siguió adelante y empezó a tirar las sobras de su plato al contenedor de la basura.
– Ya lo creo -afirmó Cleo con naturalidad-. Es evidente.
– Vaya.
– Sí -insistió Cleo, con la peculiar bravuconería que imprime a veces la locura, cuando desinhibe la conducta.
– Entonces quizá podría decirme lo que piensa.
– Por supuesto. ¡Quiere apoderarse de Egipto!
– ¿Egipto?
– Sí, Egipto -repitió Cleo, y agitó la mano para señalar todo el comedor, con cierta exasperación ante lo evidente que era ese hecho-. Mi Egipto. Y seducirá a Marco Antonio, y al cesar también, sin duda. -Carraspeó, cruzó los brazos, cerró el paso a Lucy y añadió su muletilla preferida-: Cabrones. Son todos unos cabrones.
Lucy la observó divertida y meneó la cabeza.
– Se equivoca -dijo-. Egipto está a salvo en sus manos. Jamás me atrevería a rivalizar con nadie por esa corona, ni por los amores de su vida.
– ¿Por qué debería creerla? -repuso Cleo con los brazos en jarras.
– Tendrá que confiar en mi palabra.
La corpulenta mujer vaciló y se rascó la cabeza.
– ¿Es usted una persona íntegra y sincera? -le preguntó.
– Eso dicen.
– Tomapastillas y el señor del Mal dirían lo mismo, pero no confío en ellos.
– Yo tampoco -aseguró Lucy en voz baja, inclinándose hacia ella-. En eso estamos de acuerdo.
– Pero si no quiere conquistar Egipto, ¿por qué está aquí? -quiso saber Cleo, de nuevo recelosa.
– Creo que hay un traidor en su reino.
– ¿Qué clase de traidor?
– De los peores.
– Tiene que ver con la detención de Larguirucho y con el asesinato de Rubita, ¿verdad? -preguntó Cleo.
– Sí.
– Yo lo vi. No muy bien, pero lo vi. Esa noche.
– ¿A quién? ¿A quién vio? -preguntó Lucy, alerta de repente.
Cleo esbozó una sonrisa de complicidad, antes de encogerse de hombros.
– Si necesita mi ayuda -dijo con una repentina altivez regia-, debería solicitarla de la forma oportuna, en el momento y el sitio adecuados.
Dicho esto y tras encender un cigarrillo con una floritura, se volvió para marcharse muy ufana. Lucy pareció algo confundida y dio un paso tras ella, pero Peter, que llevaba su bandeja a la zona de recogida en ese momento aunque apenas había tocado la comida, la detuvo. Mientras limpiaba el plato y lanzaba los cubiertos a través de una abertura hacia la cuba de lavado, le dijo a Lucy:
– Es verdad. Esa noche vio al ángel. Nos contó que el ángel entró al dormitorio de las mujeres, se quedó allí un momento y luego se marchó, cerrando con llave al salir.
– Un hecho curioso -comentó Lucy, aun sabiendo que su comentario resultaba bastante superfluo en un hospital psiquiátrico donde todo era más que curioso y a veces espantoso. Miró a Francis, que se había acercado a ellos-. Pajarillo -le dijo-, ¿por qué alguien que acaba de cometer un asesinato se esforzaría tanto para que otra persona sea culpada del crimen, y en lugar de huir o esconderse entra en un dormitorio lleno de mujeres que podrían reconocerlo?
Francis sacudió la cabeza. Se preguntó si esas mujeres podrían reconocerlo. Varias de sus voces lo retaron a que respondiera la pregunta, pero las ignoró y fijó la mirada en Lucy. Ésta se encogió de hombros.