– No entiendo -dijo Francis.
– Bueno -empezó a explicar Peter-, tenemos tres crímenes, todos cometidos en jurisdicciones policiales distintas, quizá, porque los cadáveres fueron trasladados post mortem, de modo que nadie está exactamente al cargo del caso, lo que es siempre un jaleo burocrático, incluso cuando interviene la policía estatal. Y tenemos tres víctimas encontradas en diversos grados de descomposición, cuyos cuerpos habían estado expuestos a los elementos, lo que dificulta o casi imposibilita el análisis forense. Y estos crímenes, por lo que se deduce de los informes policiales, fueron elegidos al azar, me refiero a sus víctimas, porque hay pocas similitudes entre las mujeres asesinadas, aparte del tipo de cuerpo, el tipo de peinado y la edad. Cabellos cortos y figura esbelta. Una era camarera, otra estudiante universitaria y la tercera secretaría. No se conocían entre sí. No vivían cerca una de otra. No había nada que las relacionara entre sí, salvo el desafortunado hecho de que volvían solas a casa en medios de transporte público, como el metro o el autobús, y que todas tenían que caminar vanas manzanas mal iluminadas para llegar a su casa. Lo que las hacía sumamente vulnerables.
– Fáciles de elegir y acechar para un hombre paciente -concluyó Lucy.
Peter vaciló como si algo en las palabras de Lucy le suscitase una pregunta. A Francis le rondó una idea por la cabeza y vaciló en decirla en voz alta.
– Jurisdicciones distintas -dijo por fin-. Escenarios distintos. Organismos distintos. Todos reunidos aquí…
– Exacto -coincidió Lucy con cautela, como si de repente midiera sus palabras.
– Interesante -contestó Peter, y se inclinó para observar mejor los documentos depositados sobre la mesa. Cogió las tres fotografías de la mano derecha de las víctimas. Se fijó en los dedos mutilados-. Souvenirs -aseguró-. Es bastante clásico.
– ¿A qué te refieres? -preguntó Francis.
– En los estudios efectuados sobre asesinos en serie -explicó Lucy en voz baja-, un rasgo común es la necesidad del asesino de quitar algo a la víctima para poder revivir después la experiencia.
– ¿Quitar?
– Un mechón de pelo. Una prenda de vestir. Una parte del cuerpo.
Francis se estremeció. En ese momento se sintió infantil y se preguntó cómo sabía tan poco del mundo y cómo Peter y Lucy, que no le llevaban más de ocho o diez años, sabían tanto.
– Has mencionado que todos esos papeles también te decían mucho -comentó-. ¿Como qué?
Peter miró a Lucy y sus ojos se encontraron un segundo. Francis observó a la joven fiscal, y pensó que su pregunta había cruzado de algún modo una especie de línea divisoria. Sabía que hay momentos en que las palabras establecen de repente puentes y conexiones, e intuyó que ése era uno.
– Lo que todo esto me dice, Francis -contestó Peter pero con los ojos puestos en la joven-, es que el ángel de Larguirucho sabe cometer crímenes de una forma que dificulta la investigación en grado sumo. Eso significa que posee cierta inteligencia. Y bastante educación, al menos sobre las formas de asesinar. Si lo piensas, sólo hay dos maneras de resolver un crimen, Pajarillo. La primera, y la mejor, es cuando se obtienen pruebas en el escenario del crimen que apuntan inexorablemente en una dirección. Huellas dactilares, fibras de ropa, sangre y armas cuya procedencia puede rastrearse, o puede que incluso un testigo ocular. Esas cosas se pueden unir a un móvil claro, como el dinero de un seguro, el robo o una discusión violenta entre una pareja.
– ¿Y la otra manera? -quiso saber Francis.
– Cuando tienes a un sospechoso y puedes vincularlo a los hechos.
– Es como ir al revés.
– Lo es -corroboró Lucy.
– ¿Es más difícil?
– ¿Difícil? -suspiró Peter-. Sí, lo es. ¿Imposible? No.
– Eso está bien -dijo Francis, y miró a Lucy-. Me preocuparía que lo que tenemos que hacer fuera imposible.
– De hecho, Pajarillo -prosiguió Peter tras soltar una risita-, es simplemente cuestión de usar otros medios para averiguar quién es el ángel. Prepararemos una lista de posibles sospechosos y la iremos reduciendo hasta que estemos más o menos seguros de su identidad. O, por lo menos, algunos nombres de posibles culpables. Después aplicaremos lo que sabemos sobre cada crimen a estos sospechosos. Confío que uno se destacará. Y, cuando lo tengamos, no será difícil relacionarlo con las víctimas. Las cosas encajarán entre sí, aunque todavía no sabemos cómo o por qué. Pero habrá algo en este embrollo de papeles, informes y pruebas que permitirá atraparlo.
Francis inspiró hondo.
– ¿De qué medios estás hablando? -preguntó.
– Bueno, amigo mío -sonrió Peter-, ahí está la pega. Eso es lo que tenemos que averiguar. Aquí hay alguien que no es lo que parece ser. Tiene una clase totalmente distinta de locura, Pajarillo. Y la oculta muy bien. Sólo tenemos que averiguar quién finge.
Francis miró a Lucy, que asentía con la cabeza.
– Eso es más fácil de decir que de hacer, claro -indicó ésta.
12
A veces la demarcación entre los sueños y la realidad se vuelve borrosa. Me cuesta saber qué es qué. Supongo que por eso tengo que tomar tantos medicamentos, como si la realidad pudiera favorecerse químicamente. Ingiere los miligramos suficientes de esta o aquella pastilla y el mundo vuelve a estar enfocado. Eso es tristemente cierto y, en su mayoría, todos esos fármacos cumplen con su cometido, aparte de sus desagradables efectos secundarios. Y supongo que, en general, es positivo. Sólo depende del valor que concedas a tener las cosas enfocadas.
Actualmente, yo no le concedía demasiado.
Dormí no sé cuántas horas en el suelo del salón. Había cogido una almohada y una manta y me había acostado junto a todas mis palabras, reacio a separarme de ellas, casi como un padre, temeroso de dejar solo a un niño enfermo. El suelo era duro, y mis articulaciones protestaron al despertarme. La luz del alba se colaba en el piso, como un heraldo anunciando algo nuevo. Me levanté para seguir con mi tarea sin haberme refrescado pero, por lo menos, un poco menos grogui.
Miré un momento alrededor para convencerme de que estaba solo.
Sabía que el ángel no estaba lejos. No se había ido. No era su estilo. Tampoco se había vuelto a esconder tras mi hombro. Tenía los nervios de punta, a pesar de las horas de sueño. Él estaba cerca, observando, esperando. En algún sitio próximo. Pero la habitación estaba vacía, por lo menos de momento. Los únicos ecos eran los míos.
Tenía que ser muy cuidadoso. En el Hospital Estatal Western habíamos sido tres quienes lo habíamos enfrentado. Y, aun así, había sido una lucha igualada. Ahora, solo en mi casa, temía no ser capaz de vencerlo.
Me volví hacia la pared. Recordé una pregunta que hice a Peter y también su respuesta: «El trabajo policial consiste en un examen constante y cuidadoso de los hechos. El pensamiento creativo está bien, pero sólo ciñéndose a los detalles conocidos.»
Reí en voz alta. Esta vez la ironía pudo más que yo y solté: «Pero no fue eso lo que funcionó, ¿verdad?» Quizás en el mundo real, sobre todo hoy, con las pruebas de ADN, los microscopios electrónicos y las actuales técnicas forenses, la tecnología y las capacidades modernas, no habría sido tan difícil. Puede que en absoluto. Pon las sustancias adecuadas en un tubo de ensayo, un poco de esto y un poco de aquello, pásalo por un cronómetro de gas, aplícale algo de tecnología espacial, obtén una lectura informática y tendrás a tu hombre. Pero por aquel entonces, en el Hospital Estatal Western, no teníamos ninguna de estas cosas.
Sólo nos teníamos a nosotros mismos.
Sólo en el edificio Amherst había casi trescientos pacientes varones. Esa cifra se multiplicaba por dos en las demás unidades, y el total del hospital ascendía a unos dos mil cien. La población femenina era ligeramente menor, con ciento veinticinco pacientes en Amherst, y poco más de novecientas en todo el hospital. Las enfermeras, las enfermeras en prácticas, los auxiliares, el personal de seguridad, los psicólogos y los psiquiatras aumentaban la cifra de personas a más de tres mil. Francis pensó que el mundo era más grande, pero aun así, éste era considerable.