– Sigo sin entender, señor Moses.
– Te diré una cosa: Evans tiene un hermano. Y puede que lo que hizo Peter afectara a ese hermano. Y cuando Peter vino aquí, Evans se aseguró de ser él quien se encargara de su evaluación. Se aseguró de que Peter supiera que, fuera lo que fuese lo que quisiera, él le impediría conseguirlo.
– Pero eso no es justo.
– Yo no he dicho que sea justo, Pajarillo. No he dicho en absoluto que las cosas sean justas, en un sentido o en otro. Sólo he dicho que puede que eso sea parte del problema, y no tiene aspecto de mejorar, ¿no crees? -Se metió una mano en el bolsillo y el juego de llaves que llevaba colgado del cinturón tintineó.
– Señor Moses, ¿puede ir a todas partes con esas llaves?
– Aquí y en los demás edificios. Abren las puertas de seguridad y las puertas de los dormitorios. Incluso las celdas de aislamiento. ¿Quieres cruzar la verja de entrada, Francis? Estas llaves te allanarían el camino.
– ¿Quién tiene unas llaves como ésas?
– Los supervisores de enfermería. Seguridad. Auxiliares como mi hermano y yo. El personal principal.
– ¿Saben dónde están todos los juegos en todo momento?
– Deberíamos. Pero, como con todo lo demás, lo que debería ser no es lo que pasa en realidad. Pero bueno -sonrió-, empiezas a hacer preguntas como la señorita Jones y como Peter. El sabe cómo preguntar cosas. Tú estás aprendiendo.
Francis sonrió en respuesta al cumplido.
– Me gustaría saber si alguien controla dónde están los juegos de llaves en todo momento -insistió.
– No formulas bien tu pregunta, Pajarillo. -Negro Grande sacudió la cabeza-. Inténtalo otra vez.
– ¿Faltan llaves?
– Sí. Ésa es la pregunta adecuada. Sí. Faltan unas llaves.
– ¿Las ha buscado alguien?
– Sí. Pero quizá «buscar» no sea la palabra adecuada. Miraron en todos los sitios probables y lo dejaron por inútil.
– ¿Quién las perdió?
– Bueno -repuso Negro Grande con una ancha sonrisa-, esa persona es nuestro buen amigo el señor Evans.
El corpulento auxiliar soltó otra carcajada y vio que su hermano se acercaba.
– Oye -lo llamó-, Pajarillo está empezando a averiguar cosas.
Francis vio que las enfermeras del puesto situado en mitad del pasillo sonreían, como si se tratara de una broma. Negro Chico también lo hizo cuando llegó a su lado, y preguntó:
– ¿Sabes qué, Francis?
– ¿Qué, señor Moses?
– Si aprendes a manejarte en este mundo -hizo un gesto con el brazo para indicar el hospital- y controlas bien todo esto, no te resultará difícil entender el mundo exterior. Si tienes la oportunidad, claro.
– ¿Cómo puedo tener esa oportunidad, señor Moses?
– Ésa es la pregunta del millón ¿Cómo alguien consigue esa oportunidad? Hay formas, Pajarillo. Hay más de una, por lo menos. Pero no hay simples pautas de sí o no. Haz esto o haz lo otro y conseguirás una oportunidad. No, no funciona así. Tienes que encontrar tu propio camino. Lo encontrarás, Pajarillo. Sólo tienes que reconocerlo cuando se presente. Ése es el problema.
Francis pensó que Negro Chico sin duda se equivocaba. Y no creía poder entender ningún mundo. Varías voces resonaron en su interior v trató de escuchar lo que decían, porque supuso que tenían alguna opinión. Pero, cuando se concentraba, vio que ambos auxiliares lo observaban y tomaban nota de lo que su rostro expresaba. Por un instante se sintió desnudo, como si le hubieran arrancado la ropa. Así que sonrió del modo más agradable que pudo y se alejó por el pasillo, deprisa y hecho un mar de dudas.
Lucy estaba sentada tras la mesa del despacho de Evans mientras éste revolvía uno de los cuatro archivadores alineados contra una pared. En una esquina había un retrato de bodas. Se veía a Evans, con el pelo más corto y peinado, vestido con un traje diplomático azul que parecía subrayar su complexión delgada. Estaba de pie junto a una mujer joven que llevaba un vestido blanco que apenas ocultaba un embarazo prominente y lucía una guirnalda de flores en un ensortijado cabello castaño. Los rodeaba un grupo que incluía personas de todas las edades, desde muy mayores hasta muy jóvenes, con unas sonrisas similares que Lucy calificó de forzadas. En medio del grupo había un hombre con alba y casulla, cuyo bordado dorado destellaba. Tenía una mano en el hombro de Evans y, al fijarse en él, Lucy observó un notable parecido con el psicólogo.
– ¿Tiene un hermano gemelo? -preguntó.
Evans vio que la fiscal observaba la fotografía y se volvió, con los brazos llenos de carpetas amarillas.
– Es cosa de familia -respondió-. Mis hijas también son gemelas.
Lucy miró alrededor, pero no vio ningún retrato más. Evans notó su curiosidad y aclaró:
– Viven con su madre. Baste decir que estamos pasando un mal momento.
– Lo lamento -dijo Lucy, sin comentar que eso no explicaba que no tuviera su foto en el despacho.
Evans se encogió de hombros, y dejó las carpetas en la mesa con un ruido sordo.
– Cuando creces con un hermano gemelo, te acostumbras a todas las bromas. Siempre son las mismas, ¿sabe? Los gemelos son como dos gotas de agua. ¿Cómo distinguirlos? ¿Tienen los mismos pensamientos e ideas? Cuando creces sabiendo que hay alguien idéntico a ti durmiendo en la litera de arriba, ves el mundo de otra forma. Para bien y para mal, señorita Jones.
– ¿Son gemelos monocigóticos? -quiso saber, aunque con sólo mirar la fotografía ya sabía la respuesta.
Evans vaciló antes de responder, entrecerró los ojos y su voz sonó gélida:
– Lo fuimos. Ya no.
Ella lo miró sin entender.
– ¿Por qué no le pide a su nuevo amigo y ayudante que se lo explique? -añadió Evans después de aclararse la garganta-. Él sabe la respuesta mucho mejor que yo. Pregunte al Bombero, la clase de hombre que empieza extinguiendo incendios pero termina provocándolos.
Ella no contestó y se acercó los expedientes. Evans se sentó frente a ella, se recostó y cruzó las piernas de un modo relajado para observar qué hacía. A Lucy la incomodó la intensidad de su mirada.
– ¿Querría ayudarme? -preguntó-. Lo que quiero hacer no es nada difícil. Para empezar, me gustaría desechar a los hombres que estaban en el hospital cuando tuvieron lugar los otros tres asesinatos. Si estaban aquí…
– No podían estar fuera, por supuesto -asintió él-. Hay que cotejar las fechas.
– Exacto.
– Sólo que hay algunos elementos que lo complican un poco.
– ¿Qué clase de elementos?
– Hay muchos pacientes que están en el hospital de forma voluntaria -respondió Evans tras frotarse el mentón-. Pueden entrar o salir, un fin de semana, por ejemplo, a petición de algún familiar responsable. De hecho, eso se alienta. Así que puede que alguien cuya historia parezca indicar que se trata de un paciente internado a tiempo completo, pasara en realidad cierto tiempo fuera del hospital. Bajo supervisión, claro. O, por lo menos, bajo una supuesta supervisión. Ese no es el caso de las personas internadas por orden judicial. Ni tampoco el de los pacientes a quienes se considera un peligro para ellos mismos o para los demás. Si estás aquí debido a un acto violento, no puedes salir, ni siquiera para una visita a casa. Salvo que un miembro del personal considere que eso puede ayudar al tratamiento terapéutico. Pero eso también dependerá de la medicación que recibe el paciente. Se puede enviar a alguien a casa a pasar la noche con una pastilla, pero no si necesita una inyección. ¿Comprende?
– Creo que sí.
– Y tenemos las vistas -prosiguió Evans, que se iba animando a medida que hablaba-. Periódicamente presentamos los casos en un trámite cuasi judicial, para justificar por qué alguien debe permanecer aquí o ser dado de alta. Viene un defensor de oficio de Springfield y tenemos un abogado para los pacientes, que integra un tribunal con el doctor Gulptilil y alguien de los servicios de salud mental estatales.