Algo parecido a una junta de la libertad condicional. Su utilidad es irregular.
– ¿A qué se refiere con «irregular»?
– La gente recibe el alta porque está estabilizada pero vuelve al cabo de un par de meses, después de descompensarse. Tratar una enfermedad mental tiene algo de puerta giratoria.
– Pero los pacientes que hay en el edificio Amherst…
– No sé si tenemos en la actualidad algún paciente con capacidad, tanto social como mental, para que se le conceda un permiso. Puede que un par, como mucho. No tenemos programada ninguna vista, que yo sepa. Tendría que comprobarlo. Además, no tengo idea sobre los demás edificios. Tendrá que preguntárselo a mis colegas.
– Creo que podemos descartar los demás edificios -aseguró Lucy-. El asesinato de Rubita ocurrió aquí, y es probable que el asesino esté aquí.
– ¿Por qué supone eso? -Evans sonrió de un modo desagradable, como si lo que acababa de decir fuera una broma que ella no captaba.
– Simplemente pensaba…
Evans la interrumpió.
– Si su hombre es tan inteligente como usted cree, imagino que ir de un edificio a otro por la noche no le resultaría un problema insuperable.
– Pero los de seguridad patrullan los terrenos del hospital. ¿No detectarían a alguien que fuera de un edificio a otro?
– Por desgracia, como tantos organismos estatales, estamos faltos de personal. Y segundad efectúa unas rondas establecidas a horas regulares, fáciles de burlar si uno quiere. Y hay otras formas de desplazarse sin ser visto.
Lucy dudó de nuevo, y Evans añadió su opinión durante esa pausa.
– Larguirucho tenía un móvil, la oportunidad y el deseo, y su ropa tenía manchas de la sangre de la enfermera -dijo con tono monocorde-. No alcanzo a entender por qué se esfuerza tanto por encontrar a otro culpable. Estoy de acuerdo en que Larguirucho es, en muchos sentidos, un hombre simpático, pero también es un esquizofrénico paranoico y tiene antecedentes de actos violentos. En particular contra mujeres, a las que veía a menudo como adláteres de Satán. Y los días anteriores al crimen se había observado que su medicación era insuficiente. Si revisara su historia clínica, que la policía se llevó con dosis adecuadas en la distribución diaria. De hecho, había ordenado que empezaran a administrarle inyecciones intravenosas en los próximos días, porque creía que las dosis orales no le hacían efecto.
De nuevo, Lucy no respondió. Quería decirle que, para ella, sólo la mutilación de la mano de la enfermera absolvía a Larguirucho, pero se abstuvo.
– Aun así -prosiguió Evans a la vez que empujaba los expedientes hacia ella-, si revisa éstos y los otros mil de los demás edificios, podrá descartar a algunas personas. Yo no me fijaría tanto en las fechas y me concentraría en los diagnósticos. Descartaría a los retrasados mentales. Y a los catatónicos que no reaccionan ni a la medicación ni a los tratamientos de electroshock, porque no tienen la capacidad física para realizar un acto tan horrendo. Y a las demás alteraciones de la personalidad que excluyen lo que usted está buscando. Estaré encantado de responder cualquier pregunta que quiera hacer. Pero la parte más difícil, bueno, eso es cosa suya…
Y se reclinó para observar cómo ella abría el primer expediente y empezaba a revisarlo.
Francis se apoyó contra la pared enfrente del despacho del señor del Mal, sin saber muy bien qué hacer. No pasó mucho rato antes de que Peter apareciera y se apoyase a su lado, con la mirada fija en la puerta del despacho donde Lucy estaba estudiando los expedientes. Exhaló despacio, con un sonido sibilante.
– ¿Has hablado con Napoleón? -preguntó Francis.
– Quería jugar al ajedrez. Así que hicimos una partida y me pegó una paliza. Aunque es un buen juego para un investigador.
– ¿Por qué?
– Porque existen infinitas variaciones de una estrategia ganadora y, sin embargo, uno tiene los movimientos restringidos por las limitaciones de cada pieza del tablero. Un caballo puede hacer esto… -Con la mano trazó un ángulo recto-. Mientras que un alfil puede hacer esto… -Trazó una diagonal-. ¿Sabes jugar, Pajarillo?
Francis negó con la cabeza.
– Deberías aprender.
Mientras hablaban, un hombre fornido que pertenecía al dormitorio de la tercera planta se acercó a ellos. Lucía una expresión que Francis había empezado a reconocer en los retrasados del hospital. Mezclaba el desconcierto con la curiosidad, como si quisiera una respuesta a algo que no podría comprender, lo que le provocaba una frustración casi constante. En el Hospital Estatal Western había varios hombres como él, y asustaban a Francis porque si bien en general eran muy mansos, también eran capaces de una repentina agresividad, inmotivada. Francis había aprendido a alejarse de los retrasados mentales. Éste, abrió mucho los ojos y pareció gruñir, como enfadado de que en el mundo hubiera tantas cosas fuera de su alcance. Emitió un sonido gutural y siguió observando a Peter y Francis con mirada penetrante.
Peter le sostuvo la mirada.
– ¿Qué estás mirando? -preguntó.
El hombre se limitó a emitir otro sonido gutural.
– ¿Qué quieres? -dijo Peter.
El retrasado soltó un gruñido largo, como un animal plantando cara a un rival. Encorvó los hombros y se le desencajó el rostro. Francis tuvo la impresión de que a ojos de aquel hombre él resultaba un ser aterrador, porque la única vara de medir que ese retrasado poseía era la rabia. Una rabia que estalló en ese momento. Apretó los puños y los agitó delante de Francis y Peter, como si golpeara a una visión.
– No lo hagas -le dijo Peter.
El hombre pareció disponerse a atacarlo.
– No vale la pena -repitió Peter, pero se puso en guardia.
El retrasado dio un paso hacia ellos y se detuvo. Sin dejar de gruñir con una furia que parecía inmensa, de repente se dio un puñetazo en un lado de su propia cabeza. El golpe resonó en el pasillo. Lo siguió un segundo puñetazo, y un tercero, que se oyeron con fuerza. Empezó a sangrarle la oreja.
Ni Peter ni Francis se movieron.
El hombre soltó un grito, mezcla de triunfo y de angustia. Francis no supo si era un desafío o una rendición.
Luego se detuvo, resopló y se enderezó. Miró a Francis y Peter, y sacudió la cabeza como para aclararse la visión. Arrugó la frente de un modo socarrón, como si se le hubiese ocurrido una pregunta importante y en el mismo instante hubiera visto la respuesta. Entonces, con otro gruñido y una media sonrisa se marchó por el pasillo, farfullando para sí.
Francis y Peter lo observaron alejarse vacilante.
– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Francis.
– Esa es la cuestión -respondió Peter a la vez que meneaba la cabeza-. Aquí nunca se sabe. Es imposible saber qué provoca que alguien estalle así. O no. Dios mío, Pajarillo. Espero que sea el sitio más extraño en el que tengamos la desgracia de estar.
Volvieron a apoyarse contra la pared. Peter parecía preocupado por el reciente conato de pelea, como si le hubiera indicado algo.
– ¿Sabes qué, Pajarillo? En Vietnam sabíamos que era probable que pasaran cosas extrañas en cualquier momento. Cosas extrañas y mortíferas. Pero, por lo menos, tenían algún sentido y alguna razón. Al fin y al cabo, estábamos ahí para matarlos, y ellos para matarnos a nosotros. Tenía cierta lógica perversa. Y, cuando volví a casa y me incorporé al departamento de bomberos, a veces en un incendio las cosas podían ponerse bastante peligrosas. Paredes que se desmoronan, suelos que ceden, calor y humo por todas partes. Pero, aun así, existía cierta lógica. El fuego arde siguiendo patrones definidos, y tú puedes tomar las precauciones adecuadas. Sin embargo, este sitio es otra cosa. Es como si todo estuviera en llamas todo el rato, como si todo estuviera oculto y hubiera bombas trampa.
– ¿Habrías peleado con él?
– ¿Habría tenido elección?