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Echó un vistazo a los pacientes que se movían por el pasillo.

– ¿Cómo puede sobrevivir alguien aquí? -preguntó.

Francis no tenía la respuesta.

– No estoy seguro de que se suponga que debamos hacerlo -susurró.

Peter asintió y esbozó su sonrisa irónica.

– Puede que eso, mi joven y loco amigo, sea la cosa más atinada que hayas dicho en tu vida.

13

Cuando Lucy salió del despacho de Evans, llevaba un bloc en la mano derecha y una expresión de desagrado en la cara. Una larga lista de nombres garabateados aprisa llenaba un lado de la primera página del bloc. Se movía con rapidez, como si una sensación de consternación la llevara a apretar el paso. Alzó los ojos y vio que Francis y Peter la esperaban, y sacudió atribulada la cabeza mientras se acercaba.

– Había pensado, de modo bastante tonto, que sería una mera cuestión de comprobar las fechas en los expedientes hospitalarios. Pero no es tan sencillo, sobre todo porque los expedientes hospitalarios son bastante caóticos y no están centralizados. Será muy trabajoso. Mierda.

– ¿El señor del Mal no ha sido tan servicial como había prometido? -comentó Peter maliciosamente.

– No -respondió Lucy.

– Vaya -dijo Peter impostando un ligero acento británico en imitación de Tomapastillas-. Estoy anonadado. Totalmente anonadado…

Lucy siguió avanzando por el pasillo a un paso tan rápido como sus pensamientos.

– ¿Qué pudo averiguar? -preguntó Peter.

– Que tendré que comprobar los demás edificios. Y, encima, encontrar los datos de todos los pacientes que hayan podido tener un permiso de fin de semana que coincida con los asesinatos. Y, para complicar más las cosas, no estoy segura de que exista ninguna lista concreta que facilite el trabajo. Lo que tengo es una lista de nombres de este edificio que, más o menos, encajan en el perfil buscado. Cuarenta y tres nombres.

– ¿Ha eliminado a alguien por la edad? -preguntó Peter, y la jocosidad había desaparecido de su voz.

– Sí. Es lo primero que hice. A los abuelos no es necesario interrogarlos.

– Creo que podríamos considerar otro elemento importante -sugirió Peter, y se frotó la mejilla con la mano como si eso le permitiera liberar algunas ideas encalladas en su interior.

Lucy lo miró.

– La fuerza física -aclaró Peter.

– ¿Qué quieres decir? -quiso saber Francis.

– Que se necesita fuerza para cometer el crimen que estamos investigando. Tuvo que dominar a Rubita, arrastrarla hasta el trastero. Había signos de lucha en el puesto de enfermería, de modo que sabemos que no se le acercó con sigilo por detrás y la dejó inconsciente de un puñetazo. De hecho, sospecho que le apetecía pelear.

– Cierto -suspiró Lucy-. Cuanto más la golpeaba, más se excitaba. Eso encajaría con lo que sabemos sobre esta clase de personalidad.

Francis se estremeció, y esperó que los demás no se diesen cuenta. Le costaba comentar con tanta frialdad y tranquilidad esos hechos horrorosos.

– De modo que buscamos a alguien con cierta musculatura -prosiguió Peter-. Eso descarta a muchos, porque aunque es probable que Gulptilil lo niegue, este sitio no atrae a gente lo que se dice en forma. No hay demasiados corredores de maratón ni culturistas. Y también deberíamos reducir la lista de posibles sospechosos a un límite de edad. Y hay otra área que nos permitiría afinar más la lista: el diagnóstico. Quienes tengan antecedentes de comportamiento violento. Quienes sufran trastornos mentales que podrían incluir el asesinato. Ésos son los verdaderos sospechosos.

– Exacto -corroboró Lucy-. Si obtenemos un perfil del hombre que estamos buscando, veremos las cosas con claridad. -Se volvió hacia Francis-: Pajarillo, necesitaré tu ayuda.

– ¿Qué necesita? -preguntó Francis, ansioso.

– Creo que no conozco la locura.

Francis pareció confundido y Lucy sonrió.

– No me malinterpretes -aclaró-. Conozco el lenguaje psiquiátrico, los criterios de diagnóstico, los tratamientos y el material bibliográfico. Pero no sé cómo se ve desde dentro, al mirar hacia fuera. Tú podrías ayudarme en eso. Necesito saber quién podría haber cometido estos crímenes y será difícil encontrar pruebas consistentes.

– De acuerdo… -dijo Francis, a pesar de no estar seguro.

Peter asentía con la cabeza, como si viese algo que fuera evidente para él y tuviera que serlo para Lucy, pero que Francis no captaba.

– Estoy seguro de que puede hacerlo. Posee un talento innato. ¿Verdad que podrás, Pajarillo?

– Lo intentaré.

En una parte muy profunda de su ser oía un murmullo, como si hubiera estallado una discusión entre su población interior hasta que, por fin, distinguió a una de las voces: Cuéntaselo. No pasa nada. Diles lo que sabes. Dudó un instante y habló con la sensación de ser una marioneta:

– Hay algo que deberían tener en cuenta.

Lucy y Peter lo miraron como si les sorprendiera que aportara algo a la conversación.

– ¿Qué? -preguntó la fiscal.

– Peter tiene razón en eso de que el asesino tiene que ser fuerte -asintió en dirección a su amigo-. Y también en que no hay muchas personas así en el hospital. Imagino que eso es lógico, pero no del todo. Si el ángel oía voces que le ordenaban atacar a Rubita y a esas otras mujeres… bueno, no es imprescindible que sea tan fuerte como sugiere Peter. Cuando las voces te dicen que hagas algo, te lo gritan con insistencia machacona, el dolor, la dificultad, la fuerza, todo es secundario. Simplemente haces lo que te exigen. Te superas. Si una voz te ordena que levantes un coche o una roca, lo haces, o te matas intentándolo. El asesino podría ser casi cualquiera, porque encontraría la fuerza necesaria. Las voces le ayudarían a encontrarla. -Se detuvo y oyó un eco profundo en su interior: Eso es. Muy bien, Francis.

Peter lo contempló y esbozó una sonrisa. Le dio un golpecito amistoso en el brazo. Lucy también sonrió, y soltó un largo suspiro.

– Lo tendré en cuenta, Francis. Gracias. Tal vez tengas razón. Eso demuestra que no se trata de una investigación corriente. Las pautas son distintas aquí dentro, ¿verdad?

Francis se sintió satisfecho de haber aportado algo.

– Y también aquí dentro -concluyó señalándose la frente.

– Lo tendré en cuenta -aseguró Lucy, y le tocó el brazo-. Bueno, necesito que hagáis otra cosa por mí-añadió.

– Lo que sea -dijo Peter.

– Evans sugirió que hay formas de ir de un edificio a otro por la noche sin que los de seguridad te vean. Podría preguntarle a qué se refiere exactamente, pero me gustaría implicarlo lo menos posible…

– Comprendo -aseguró Peter con rapidez, quizá demasiada, porque Lucy le lanzó una mirada intensa.

– Tal vez podríais investigarlo entre los pacientes. Quién conoce la forma de ir de aquí para allá. Cómo se hace. Qué riesgos hay. Y quién querría hacerlo.

– ¿Cree que el ángel vino de otro edificio?

– Quiero averiguar si pudo hacerlo.

– Comprendo -repitió Peter-. Averiguaremos lo que podamos -añadió tras una breve pausa.

– Perfecto -dijo Lucy-. Voy a ver al doctor Gulptilil para comprobar las fechas con más detalle. Le pediré que me acompañe a las demás unidades para obtener una lista de nombres probables en cada una de ellas.

– Podría eliminar también a los que padecen retraso mental profundo -sugirió Peter-. Eso reducirá el campo.

– Tienes razón-asintió Lucy-. Nos reuniremos en mi despacho antes de cenar y compararemos notas.

Se volvió y se alejó con brío por el pasillo. Francis observó cómo los pacientes que deambulaban se apartaban a su paso. Tal vez la temiesen, porque ella estaba cuerda y ellos no. Además, ella representaba algo extraño, una persona con una existencia más allá de esas paredes. Pensó que lo más paradójico de ver a alguien como ella en el hospital era que introducía una sensación de inseguridad en el mundo alucinado en que los pacientes vivían. Había muy pocos en ese edificio a los que les gustara la alteración que Lucy provocaba en su mundo. En el Hospital Estatal Western, los pacientes y el personal se aferraban a la rutina, porque era la única forma de mantener a raya las terribles fuerzas interiores latentes. Por eso había tantos que se pasaban ahí años. Sacudió la cabeza. Allí todo estaba del revés. El hospital era un sitio lleno de riesgos, una fuente de conflicto, rabia y locura en constante ebullición; sin embargo, los pacientes lo consideraban menos aterrador que el mundo exterior. Lucy era el exterior.