Francis advirtió que Peter también observaba la marcha de la fiscal. Notó cierta frustración en su rostro, una frustración debida a su encierro. Francis pensó que ella y el Bombero eran iguales en algo: ése no era su sitio. No estaba seguro de que fuera también su caso.
– Será peliagudo, Pajarillo -comentó Peter, y meneó la cabeza.
– ¿Qué quieres decir?
– Bueno, Lucy cree que no es nada difícil, sólo algo para mantenernos ocupados y concentrados. Pero es un poco más que eso.
Francis lo miró esperando que se lo explicase.
– En cuanto empecemos a hacer la pregunta de Lucy, alguien se enterará de nuestra curiosidad. Se correrá la voz y, tarde o temprano, lo oirá alguien que sabe cómo ir de un edificio a otro al anochecer, cuando se supone que todo el mundo está encerrado, medicado y dormido. Ésa es la persona que buscamos. Es inevitable. Y eso nos volverá vulnerables. -Peter inspiró hondo y soltó el aire despacio-. Piénsalo un segundo -comentó entre dientes-. Vivimos en unidades independientes repartidas por los terrenos del hospital. En ellas comemos, vamos a las sesiones, nos distraemos, dormimos. Y todas las unidades son iguales. Pequeños mundos contenidos en un mundo más grande. Con muy poco contacto entre cada unidad. Tu hermano podría estar en el edificio de al lado sin que tú lo supieras, cono. Así pues, ¿por qué querría alguien acceder a otro sitio que es exactamente igual al suyo? No puede decirse que seamos un puñado de gángsteres del tres al cuarto cumpliendo cadena perpetua e intentado averiguar cómo escapar. Aquí nadie piensa en huir, por lo menos que yo sepa. Así que la única razón que alguien podría tener para querer ir a otro edificio
a que estamos investigando. Y cada vez que hagamos una pregunta que pueda indicar al ángel que tenemos una pista que podría conducir hasta él… -Peter dudó-. No sé si ha matado a algún hombre. Puede que sólo a esas mujeres… -Su voz se fue apagando.
Esa tarde, Negro Grande y la enfermera Caray organizaron un ejercicio de pintura en sustitución de la habitual sesión en grupo del señor del Mal. No explicaron dónde estaba Evans, y Lucy tampoco se encontraba allí. Los doce miembros del grupo recibieron unas grandes hojas blancas de papel grueso y rugoso. A continuación los situaron alrededor de la mesa y les dieron a. elegir entre acuarelas y lápices de colores.
Peter se mostró receloso, pero a Francis le gustó hacer eso en lugar de participar en una sesión concebida para recalcar su locura y contrastarla con la cordura de Evans, como si ése fuese el único objetivo de las sesiones del grupo. La mayoría parecía coincidir con Francis y estar acostumbrados a esta clase de modificación favorable de la rutina. Era probable que no fuera la primera vez que los reunían de ese modo. Pusieron las hojas delante de ellos, tomaron los lápices o un pincel, y aguardaron como conductores de carreras a la espera de la orden de salida. Cleo tenía una expresión ansiosa, como si ya supiese qué quería dibujar, y Napoleón tarareaba una tonadilla marcial mientras contemplaba su hoja y frotaba el borde con los dedos.
La enfermera Caray, a la que Francis consideraba una mujer demasiado autoritaria, se situó en el centro del grupo. Trataba a los pacientes como si fueran niños, algo que Francis no soportaba.
– Al señor Evans le gustaría que dibujaseis vuestro autorretrato -anunció-. Algo que muestre cómo os veis a vosotros mismos.
– ¿No puedo dibujar un árbol? -preguntó Cleo, y señaló las ventanas. Al otro lado del cristal y de los barrotes se veía un árbol del patio interior mecido por una ligera brisa y el leve movimiento de sus hojas verdes.
– No, salvo que te pienses a ti misma como un árbol -respondió la enfermera Caray, tajante.
– ¿Un árbol yo? -reflexionó Cleo. Levantó un brazo regordete y lo flexionó como un culturista-. Un árbol muy fuerte.
– Tal vez -sonrió la enfermera y se encogió de hombros.
Peter levantó la mano.
– ¿Quieres hacer alguna pregunta? -dijo la enfermera.
– Sí -afirmó Peter, y sonrió-. Pero, pensándolo mejor, no. No, gracias. Estoy bien. -Cogió un lápiz negro de un montón en el centro de la mesa y lo blandió con una fioritura. Noticiero, sentado a su lado, hizo exactamente lo mismo. Un único lápiz negro.
Francis eligió una bandejita de acuarelas. Azul. Rojo. Negro. Verde. Naranja. Marrón. Tenía un vaso de plástico lleno de agua. Tras una última mirada a Peter, que se había inclinado sobre su hoja y puesto manos a la obra, se centró en su dibujo. Sumergió el pincel en el agua y luego lo hundió en la pintura negra. Dibujó una larga forma oval y empezó a añadirle los rasgos.
Al fondo de la sala, un hombre farfullaba de cara a la pared, como un orante, y sólo se interrumpía cada pocos minutos para lanzar una mirada al grupo y reanudar después su farfulle. Francis vio que el mismo retrasado que los había amenazado antes se tambaleaba por la sala gruñendo, los miraba de vez en cuando y se golpeaba repetidamente la palma con el puño. Francis volvió a su dibujo y siguió deslizando con suavidad el pincel por la hoja, viendo con cierta satisfacción cómo se iba formando una figura.
Trabajó con ahínco. Intentó dibujar una sonrisa, pero le salió torcida, de modo que la mitad de la cara parecía disfrutar de algo, mientras que la otra se veía apesadumbrada. Los ojos le observaban con intensidad, y le pareció que podía ver más allá de ellos. Pintó el cabello castaño, un poco más oscuro que su tono rubio rojizo, pero sus voces, dispuestas como una especie de grupo de críticos de arte en su interior, opinaron que, dado los limitados colores de la acuarela, era aceptable. Francis pensó que el Francis pintado tenía los hombros demasiado caídos y una pose demasiado resignada. Pero eso era menos importante que intentar plasmar en el Francis pintado sentimientos, sueños, deseos, todas las emociones que él relacionaba con el mundo exterior. Se esforzó en imprimir a la figura un poco de esperanza.
No alzó los ojos hasta que la enfermera Caray anunció que sólo quedaban unos minutos para terminar la sesión.
Echó un vistazo a su lado y vio que Peter estaba dando los toques finales a su dibujo. No había dejado de usar el lápiz negro, y lo que había creado era muy revelador: un par de manos agarradas a unos barrotes que cruzaban de arriba abajo la hoja. No había cara ni cuerpo. Sólo dedos aferrados a gruesos barrotes negros.
Peter firmó su dibujo con una floritura exagerada cuando la enfermera Caray empezó a recoger las hojas. Francis hizo lo propio con letras mucho más pequeñas. Echó una mirada al trabajo de los demás. Cleo había pintado un árbol, un grueso roble, con ramas muy extendidas y llenas de hojas verdes, y una cara perdida entre el follaje que, a su parecer, reflejaba el carácter de aquella mujer aspirante a reina. Noticiero, por su parte, había dibujado simplemente la primera página de un periódico. Francis no pudo leer el titular, pero supuso que tenía algo que ver con el hospital.
La enfermera le tomó el dibujo de las manos y lo examinó un momento.
– Caray, Francis -sonrió aprobadoramente-, esto está muy bien. Sabes dibujar. -Levantó el retrato y lo admiró-. Buen trabajo. Estoy sorprendida.
Negro Grande se acercó y miró el dibujo de Francis por encima del hombro de la enfermera. Él también sonrió.
– ¡Vaya, Pajarillo! -exclamó-. Está muy bien hecho. El chico tiene un talento que no había contado a nadie.
La enfermera y el auxiliar siguieron recogiendo los demás dibujos y Francis se encontró junto a Napoleón.
– Nappy -le dijo en voz baja-, ¿cuánto tiempo llevas aquí?
– ¿En el hospital?
– Sí. Y aquí, en Amherst.
Napoleón reflexionó un momento antes de contestar.
– Ya hace dos años, Pajarillo. Aunque puede que sean tres. No estoy seguro. Hace mucho tiempo -añadió con tristeza-. Muchísimo. Pierdes la cuenta. O quizás es que quieren que la pierdas. No estoy seguro.