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– Tienes bastante experiencia de cómo funcionan aquí las cosas, ¿verdad?

– Una experiencia que, por desgracia, preferiría no poseer, Pajarillo.

– Si quisiera ir de este edificio a alguno de los otros, ¿cómo podría hacerlo?

La pregunta pareció asustar un poco a Napoleón, que dio un paso hacia atrás y sacudió la cabeza.

– ¿No te gusta estar con nosotros? -balbuceó aturullado.

Francis negó con la cabeza.

– No. Quiero decir por la noche. Después de la medicación, después de que apaguen las luces. Supon que quisiera ir a otro edificio sin que me vieran. ¿Podría hacerlo?

– Creo que no -respondió Napoleón tras pensárselo-. Siempre estamos encerrados con llave.

– Pero sólo supón que no estuviera encerrado con llave…

– Siempre lo estamos.

– Pero supón… -insistió Francis.

– Esto tiene algo que ver con Rubita, ¿verdad? Y con Larguirucho. Pero Larguirucho no podía salir del dormitorio, salvo la noche en que murió Rubita, cuando no estaba cerrado con llave. Que yo sepa, la puerta nunca se había quedado abierta. No, no puedes salir. Nadie puede. No sé de nadie que quisiera hacerlo.

– Alguien pudo. Alguien lo hizo. Y ese alguien tiene un juego de llaves.

– Un paciente con llaves -susurró Napoleón, que parecía aterrado-. No lo había oído nunca.

– Es lo que creo.

– Eso estaría mal, Pajarillo. No debemos tener llaves. -Cambió el peso de un pie al otro, como si el suelo empezara a quemarle-. Creo que, si sales del edificio, evitar a los de seguridad debe de ser bastante fácil. No parecen muy listos precisamente. Y creo que fichan en el mismo sitio a la misma hora todas las noches, de modo que hasta alguien tan loco como nosotros podría eludirlos con un poco de astucia… -Soltó una risita histérica al pensar que los guardias eran unos incompetentes. Pero de pronto frunció el entrecejo-. Aunque ése no sería el problema, Pajarillo -añadió.

– ¿Cuál sería el problema?

– Volver a entrar. Aunque tuvieras una llave, la puerta principal está delante del puesto de enfermería. Es igual en todos los edificios, ¿no? Y aunque la enfermera o el auxiliar de guardia estuvieran dormidos en ese momento, lo más seguro es que el ruido de la puerta los despertara.

– ¿Y las salidas de emergencia en el lateral del edificio?

– Creo que están atrancadas a cal y canto. -Sacudió la cabeza y añadió-: Quizá sea una violación de las normas antiincendios. Deberíamos preguntar a Peter. Seguro que él lo sabe.

– Es probable. Pero si quisieras entrar, ¿no crees que hay otra manera?

– Puede que sí, pero nunca he oído que nadie quisiera ir de un sitio a otro. Jamás. Ni una sola vez. ¿Por qué iba a quererlo alguien, cuando todo lo que queremos, todo lo que necesitamos y todo lo que podemos usar está aquí, en este edificio?

Era una pregunta deprimente. Y también falsa, porque había alguien cuyas necesidades eran distintas a las enumeradas por Napoleón. Francis se planteó, quizá por primera vez, qué necesitaría el ángel.

Fue Peter quien vio al encargado de mantenimiento cuando salíamos de la sala de estar. Más adelante me pregunté si las cosas habrían sido distintas si hubiéramos visto qué estaba haciendo exactamente, pero íbamos a hablar con Lucy, y eso siempre parecía tener prioridad. Más adelante me pasé horas, quizá días, meditando sobre la congruencia de las cosas, como si el resultado pudiera haber cambiado en caso de que alguno de los tres hubiera alcanzado a verla conexión que era tan importante. A veces la locura consiste en la fijación, en pensar en una sola cosa. La obsesión de Larguirucho era el mal. La de Peter, la necesidad de absolución. La de Lucy, la necesidad de justicia. Ellos dos no estaban locos, claro. Por lo menos, no tal como yo conocía la locura, o como Tomapastillas o incluso el señor del Mal la conocían. Pero, curiosamente, las necesidades imperiosas pueden convertirse en sí mismas en una especie de locura. La diferencia es que no se pueden diagnosticar con la misma facilidad que mi locura. Aun así, ver al encargado de mantenimiento, un hombre de mediana edad con ojeras, vestido con camisa y pantalones grises y botas de trabajo marrones, con el cabello lleno de polvo y la ropa manchada de grasa, debería habernos advertido de algún modo extraño, secreto. Agarraba la caja de herramientas de madera con una mano mugrienta, y un trapo sucio le colgaba del cinturón. Las llaves le tintineaban contra una linterna de plástico amarillo que llevaba sujeta a la cintura. Exhibía una expresión satisfecha, la de quien de repente vislumbra el final de una jornada larga y pesada: «Ya no tardaré mucho. Casi he terminado. Joder, qué cabrona», le dijo a los hermanos Moses. Y tras encender un cigarrillo se dirigió hacia un almacén, al otro extremo del pasillo.

Cuando lo pienso, veo muchos detalles que deberían haber significado algo. Pequeños momentos que deberían haber sido grandes momentos. Un encargado de mantenimiento. Un hombre retrasado. Un administrador ausente. Un hombre que hablaba consigo mismo. Otro hombre al parecer dormido en una silla. Una mujer que creía ser la reencarnación de una antigua princesa egipcia. Yo era joven y no sabía que el crimen es como el mecanismo de una transmisión. Tuercas y tornillos, ejes y piñones que se engranan entre sí para crear un impulso independiente hacia delante, controlado por unas fuerzas similares al viento: invisibles pero detectables a través de un papel que de repente sale volando por la acera, de la rama de un árbol inclinado hacia un lado, o de unas agoreras nubes de tormenta que cruzan el cielo a lo lejos. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de eso.

Peter lo sabía, y Lucy también. Quizás eso era lo que los relacionaba, por lo menos al principio. Estaban alerta y siempre atentos a los mecanismos que les indicaran dónde buscar al ángel. Más adelante pensé que lo que los vinculaba era algo más complejo. Era que ambos habían llegado al Hospital Estatal Western sin saber qué era lo que necesitaban. Ambos tenían un gran vacío en su interior, y el ángel estaba ahí para llenárselo.

Me senté en la posición del loto en el centro de la sala.

El mundo a mi alrededor parecía silencioso y tranquilo. Ni siquiera se oía el llanto lejano de algún niño en el piso de los Santiago. Al otro lado de la ventana estaba muy oscuro. Una noche tan densa como un telón. Intenté captar el ruido del tráfico, pero hasta eso se oía apagado. Ningún motor potente de algún camión al pasar. Me miré las manos y pensé que faltarían un par de horas para el alba. Peter me dijo una vez que la última oscuridad de la noche antes del amanecer es la hora en que muere más gente.

La hora del ángel.

Me levanté, cogí el lápiz y empecé a dibujar. En unos minutos tenía a Peter tal como lo recordaba. Después, me dispuse a dibujar a Lucy a su lado. Quería plasmar una belleza pura, así que hice un poco de trampa con la cicatriz de su cara. La dibujé un poco más pequeña de lo que era. Pasados unos cuantos instantes, los tenía conmigo, tal como los recordaba de esos primeros días. No como acabamos siendo después.

Lucy Jones no encontraba un atajo que la acercara al hombre que buscaba. Por lo menos, ninguno sencillo y evidente, como una lista de pacientes que hubieran tenido claramente la ocasión de cometer los cuatro asesinatos. Así que permitió que el doctor Gulptilil la acompañara de un edificio a otro, y en cada uno de ellos repasó la relación de pacientes. Eliminó a todos los que sufrían demencia senil y examinó con criterio la lista de retardados mentales. También suprimió de su creciente lista a los que llevaban más de cinco años en el hospital. Admitía que eso era una mera suposición por su parte, pero creía que quienes hubieran pasado tanto tiempo en el centro estarían tan atiborrados de fármacos antipsicóticos y tan constreñidos por la locura que les sería difícil manejarse fuera del hospital. Estaba convencida de que el ángel era una persona con capacidad para desenvolverse en ambos mundos.