Seguro que cometería alguno.
Lo primero era buscar pequeños actos violentos en los expedientes. No creía que un hombre capaz de aquellos asesinatos pudiera esconder del todo una propensión a la ira, ni siquiera en aquel hospital.
Se dijo que habría algún indicio. Un arrebato. Una amenaza. Un estallido. Sólo necesitaba reconocerlo al verlo. En el mundo peculiar de aquel hospital psiquiátrico, alguien tenía que haber visto algo que no encajara en ninguno de los modelos de conducta aceptables.
También estaba segura de que, cuando empezara a hacer preguntas, encontraría respuestas. Lucy tenía gran confianza en su habilidad para repreguntar hasta alcanzar la verdad. En ese momento no se planteaba la diferencia entre hacer la misma pregunta a una persona cuerda y a una demente.
La escalera le recordó a algunas residencias de Harvard. Sus pasos resonaban en los peldaños, y de pronto fue consciente de que estaba sola en un espacio confinado y solitario. Un recuerdo espantoso se apoderó de ella y contuvo el aliento. Exhaló despacio, como si de esa manera pudiese expulsar el mal recuerdo. Miró un instante alrededor pensando que ya había vivido antes esa situación. No había ventanas y no llegaba ningún sonido del exterior. En el hospital se había habituado a una cacofonía constante. Gemidos, gritos y murmullos.
Se dijo que el silencio era tan inquietante como un grito.
Se detuvo en seco y el eco de sus pasos se desvaneció. Escuchó el sonido áspero de su propia respiración. Esperó hasta que un silencio total la envolvió. Se inclinó sobre la barandilla de hierro y miró arriba y abajo para asegurarse de que estaba sola. No vio a nadie. La escalera estaba bien iluminada y no había sombras donde esconderse. Esperó un momento más para superar la sensación claustrofóbica que la invadía. Era como si las paredes se hubieran acercado. Hacía un frío que le hizo pensar que la calefacción no llegaba a esa zona, y se estremeció. Pero de repente notó sudor bajo los brazos.
Sacudió la cabeza, como si un movimiento enérgico pudiese acabar con aquella sensación desagradable. Atribuyó el sudor de la palma de las manos al nerviosismo. Se tranquilizó pensando que ser una de las pocas personas cuerdas en aquel lugar probablemente la hiciera sentirse nerviosa y que sólo había revivido la acumulación de todo lo que había visto y sentido los primeros días.
De nuevo, exhaló despacio. Movió el pie por el suelo provocando un chirrido, como si quisiera oír algo corriente y rutinario.
Pero el ruido que hizo le erizó la piel.
El recuerdo la abrasaba, como el ácido.
Tragó con fuerza y se recordó que tenía por norma no pensar en lo que le había pasado hacía tantos años. No ganaba nada con recordar el dolor, evocar el miedo o revivir una herida tan profunda. Recordó el mantra que había adoptado después de ser atacada: Sólo sigues siendo una víctima si lo permites. Sin darse cuenta, intentó llevarse la mano a la cicatriz de la mejilla, pero el bulto de la caja la detuvo. Notaba dónde había sido lastimada, como si la cicatriz le pulsara, y recordó la sensación tensa de los puntos en la sala de urgencias, cuando el cirujano le cosía la piel rasgada. Una enfermera la había tranquilizado mientras dos detectives, un hombre y una mujer, esperaban al otro lado de una cortina blanca a que los médicos le atendiesen las heridas evidentes, las que sangraban, después vendarían las más difíciles, que eran internas. Había sido la primera vez que había oído la expresión «kit de violación», pero no la última, y en los años siguientes las conocería tanto a nivel profesional como personal. Exhaló otra vez, despacio. La peor noche de su vida había empezado en una escalera muy parecida a ésa, pero al punto descartó ese espantoso pensamiento.
«Estoy sola -se recordó-. Totalmente sola.»
Apretó los dientes atenta a cualquier sonido, y siguió hasta la puerta de su habitación, la antigua habitación de Rubita, que estaba junto a esa escalera. Gulptilil le había dado una llave, y dejó la caja en el suelo para sacársela del bolsillo.
Fue a introducirla en la cerradura pero se detuvo.
La puerta estaba abierta, y se deslizó unos centímetros.
Lucy retrocedió de golpe, como si la puerta estuviera electrificada.
Volvió la cabeza a derecha e izquierda y se inclinó un poco para intentar ver u oír algo revelador de que allí había alguien. Pero de repente sus ojos parecían ciegos y sus oídos sordos. Sopesó con rapidez la información de todos sus sentidos, que le enviaban mensajes de advertencia.
Vaciló.
Los tres años que había pasado en la sección de delitos sexuales de la oficina del fiscal del condado de Suffolk le habían enseñado mucho. Durante su rápido ascenso hasta ocupar el cargo de ayudante jefe de la sección, se había sumergido en un caso tras otro y seguido todos los detalles de los delitos atroces. La persistencia del delito había creado en su interior una especie de mecanismo diario de comprobación, en que hasta el último acto de su existencia tenía que contrastarse con ciertas partes: «¿Será éste el pequeño error que dará una oportunidad a alguien?» En un sentido más concreto, eso significaba que era consciente de que no debía caminar sola por un estacionamiento a oscuras ni abrir la puerta a un desconocido. Significaba mantener las ventanas cerradas, estar alerta y siempre en guardia, y a veces empuñar la pistola que la oficina del fiscal le autorizaba a tener. También significaba no repetir los inocentes errores cometidos una terrible noche cuando aún era estudiante de derecho.
Se mordió el labio inferior. Tenía el arma enfundada dentro del bolso, en la habitación.
Escuchó de nuevo y se dijo que todo estaba bien, aunque el irracional terror que sentía lo negaba. Volvió a dejar la caja con los expedientes en el suelo y la empujó con suavidad hacia un lado. Su instinto le gritaba advertencias.
Las ignoró y alargó la mano hacia el pomo, pero se detuvo al tocar el metal.
Retrocedió respirando despacio.
Habló consigo misma, como si eso fuera a imprimir más consistencia a su pensamiento: «La puerta estaba cerrada y ahora está abierta. ¿Qué vas a hacer?»
Retrocedió otro paso. De pronto, se volvió y echó a andar deprisa por el pasillo. Lanzaba miradas a derecha e izquierda, con los oídos atentos. Apretó el paso, casi corriendo, y sus zapatos resonaban quedamente en la moqueta. Las demás habitaciones de ese piso estaban cerradas y silenciosas. Llegó al final del pasillo y empezó a bajar a toda velocidad la escalera, respirando con fuerza mientras sus pies tamborileaban sobre los peldaños. La escalera era idéntica a la que había subido unos minutos antes por el otro extremo del pasillo. Abrió una pesada puerta y oyó voces. Avanzó hacia ellas y se encontró con tres mujeres jóvenes, junto a la entrada de la planta baja. Llevaban el uniforme blanco de enfermera debajo de rebecas de distintos tonos, y alzaron los ojos sorprendidas.
– Perdonen… -dijo Lucy con ademanes algo exagerados tras recuperar el aliento.
Las tres enfermeras la miraron.
– Lamento interrumpirlas -se disculpó-. Soy Lucy Jones, la fiscal que está aquí para…
– Sabemos quién es, señorita Jones, y por qué está aquí-la interrumpió una de las enfermeras. Era una mujer alta, de raza negra, con los hombros atléticos y pelo oscuro-. ¿Se encuentra bien?
Lucy asintió, e inspiró para serenarse.
– No estoy segura -dijo-. Me he encontrado con la puerta de mi habitación abierta, pero estoy segura de que esta mañana, cuando salí para el edificio Amherst, la cerré con llave…
– Eso no es normal -dijo otra enfermera-. Aunque el encargado de mantenimiento o el servicio de limpieza hubieran entrado, tienen que cerrar al salir. Es la norma.
– Lo siento -comentó Lucy-, pero estaba sola allá arriba y…
– Todos estamos un poco nerviosos, señorita Jones -asintió la primera enfermera, comprensiva-, a pesar de la detención de Larguirucho. Esta clase de cosas no pasan en el hospital. ¿Qué le parece si la acompañamos a la habitación y echamos un vistazo?