Se incorporó y sacudió la cabeza. Negro Chico le indicó con un gesto que deberían volver al lugar donde habían acordado reunirse con su hermano.
Peter asintió y lanzó una mirada en derredor del dormitorio. Como siempre, había algunos hombres tumbados en la cama mirando el techo, absortos en sus inextricables ensoñaciones. Un anciano se balanceaba atrás y adelante, llorando. Otro parecía haber oído un chiste porque, rodeándose el cuerpo con los brazos, reía incontroladamente. El retrasado que había visto antes en los pasillos estaba en el rincón opuesto del dormitorio, sentado cabizbajo en el borde de la cama, con los ojos fijos en el suelo. Los alzó un momento y se volvió. Peter no supo si se había percatado de que estaban registrando una zona del dormitorio. No había forma de descifrar lo que aquel retrasado entendía. Era posible, claro, que no prestara atención a sus actos, sumido en su casi total impasibilidad. Pero también cabía que en el fondo, a pesar de lo embotado que lo dejaban los fármacos psicotrópicos, hubiera establecido la conexión entre el paciente que habían llevado para interrogar y el posterior registro de la zona. No sabía si el rumor se extendería, pero temía que si el asesino llegaba a saberlo, su tarea sería mucho más difícil. Que los pacientes supieran que se estaban efectuando registros, causaría algún impacto. No estaba seguro de cuánto. No hizo una observación cruciaclass="underline" si el ángel se enteraba, podría querer hacer algo al respecto.
Observó de nuevo el grupo variopinto de hombres de la habitación y de nuevo se preguntó si pronto correría la voz por el hospital.
– Venga, Peter -le urgió Negro Chico-. Vámonos.
Asintió y se marcharon deprisa del dormitorio.
18
Aquel día, más tarde, o puede que después, pero seguro que en algún momento durante el desfile constante de enfermos mentales conducidos al despacho de Lucy Jones, se me ocurrió que hasta entonces nunca había formado parte de nada.
Creía que había sido curioso crecer sabiendo que, de una forma extraña, secundaria o acaso subterránea, existía toda una serie de conexiones a mi alrededor y que, aun así, yo estaba destinado a permanecer siempre excluido de ellas. Cuando eres pequeño, quedar al margen es una cosa terrible. Puede que la peor.
Una vez viví en una típica calle de las afueras, con muchos edificios blancos de una o dos plantas que servían de bogara la clase media, con jardines delanteros bien cuidados con una o dos hileras de plantas perennes de colores vivos bajo las ventanas y una piscina en la parte de atrás. El autocar escolar paraba dos veces en nuestra manzana para recogerá los niños. Por la tarde había un movimiento constante en la calle, una marea ruidosa de jóvenes. Chicos y chicas con vaqueros deshilachados en las rodillas, salvo los domingos, cuando los chicos salían de sus casas con chaqueta azul, camisa blanca almidonada y corbata de poliéster, y las chicas llevaban vestidos con volantes. Nos reuníamos todos, junto con nuestros padres, en los bancos de las iglesias cercanas. Era una mezcla típica de habitantes del Massachusetts occidental, en su mayoría católicos, que se dedicaban a discutir si comer carne los viernes era pecado, incluidos algunos episcopalianos y baptistas. En la manzana había algunas familias judías, pero tenían que cruzar la ciudad para ir a la sinagoga.
Era increíble y abrumadoramente típico. La calle típica de una manzana típica poblada por familias típicas que votaban a los demócratas, les encantaban los Kennedy e iban a los partidos de la liga de béisbol infantil las tardes cálidas de primavera, no tanto para mirar como para hablar. Sueños típicos. Aspiraciones típicas. Típicos en todos los sentidos, desde primera hora de la mañana hasta última hora de la noche. Miedos típicos, preocupaciones típicas. Conversaciones que parecían revestidas de normalidad. Incluso típicos secretos ocultos bajo fachadas típicas. Un alcohólico. Un maltratador. Un homosexual no declarado. Todo típico, todo el tiempo.
Excepto yo, claro.
Se hablaba de mí en tono quedo, el mismo de los susurros que solían reservarse para la noticia espeluznante de que una familia negra se había instalado dos calles más abajo o que habían visto al alcalde salir de un hotel con una mujer que no era la suya.
En todos esos años jamás me invitaron a una fiesta de cumpleaños. Jamás me preguntaron si quería quedarme a dormir en casa de un amigo. Ni una vez subí al asiento trasero de un coche para ira tomar un helado en Friendly. Jamás recibí una llamada por la noche para cotillear sobre el colegio, sobre deportes o sobre quién había besado a quién en el baile de séptimo curso. Nunca jugué en ningún equipo, ni canté en ningún coro ni desfilé en ninguna banda. Ningún viernes por la noche animé en un partido de fútbol americano, ni me puse nunca con timidez un esmoquin mal entallado para ir a un baile. Mi vida era única debido a la ausencia de todas esas pequeñas cosas que constituyen la normalidad de cualquier persona.
Nunca supe qué detestaba más, si el mundo esquivo del que procedía y al que jamás podría incorporarme o el mundo solitario en que estaba obligado a vivir. Solitario si exceptuamos las voces.
Durante años las oí llamarme por mi nombre: ¡Francis! ¡Francis! ¡Francis! ¡Sal! Era un poco como imaginaba que los niños de mi manzana me llamarían una tarde cálida de julio, cuando la luz se desvanecía despacio y el calor del día seguía vivo mucho después de cenar, si lo hubieran hecho alguna vez, lo que nunca ocurrió. Supongo, en cierto modo, que es difícil culparlos. No sé si yo habría querido salir a jugar con ellos. Y, a medida que crecí, también lo hicieron las voces, y sus tonos cambiaron, como si siguieran el ritmo de los años que pasaban por mi vida.
Todos estos pensamientos debieron de salir de algún punto del mundo vaporoso entre el sueño y la vigilia, porque de repente abrí los ojos en mi casa. Debía de haberme quedado dormido un momento, con la espalda apoyada contra la pared. Eran pensamientos que los medicamentos solían sofocar. Tenía tortícolis y me levanté vacilante. Una vez más, el día se había desvanecido a mi alrededor, y volvía a estar solo, salió por los recuerdos, los fantasmas y los murmullos familiares de esas voces tanto tiempo reprimidas. Parecían todas bastante entusiasmadas con volver a apoderarse de mi mente. En cierto sentido, era como si despertaran a mi lado, como imaginaba que haría una amante de verdad si alguna vez la tenía. Reclamaban atención, como un grupo feliz que pujara por diversos objetos en una subasta concurrida.
Me desperecé nervioso y me acerqué a la ventana. Contemplé cómo la oscuridad de la noche avanzaba por la ciudad como tantas veces antes, sólo que esta vez me fijé en una sombra tras una tienda de recambios de automóvil al final de la calle. Observé cómo se extendía y pensé que era algo inquietante, que cada sombra tenía sólo un leve parecido al edificio, al árbol o a la persona que la proyectaba. Adoptaba una forma propia que evocaba su origen pero se mantenía independiente. Igual pero distinta. Pensé que las sombras podían revelarme mucho sobre mi mundo. Quizás estaba más cerca de ser una de ellas que de estar vivo. De punto vi un coche patrulla que recorría despacio mi calle.
Tuve la impresión de que venía a vigilarme. Noté que los dos pares de ojos del interior oscuro del vehículo se alzaban y recorrían la fachada del edificio de pisos como unos focos hasta que localizaban mi ventana. Me aparté a un lado para que no me vieran.
Retrocedí y me acurruqué contra la pared.
Habían venido a buscarme. Lo sabía, igual que sabía que el día sigue a la noche y que la noche sigue al día. Recorrí el piso con la mirada en busca de un sitio donde esconderme. Contuve el aliento. Cada latido de mi corazón resonaba como una sirena de niebla. Me apreté más contra la pared, como si pudiera fundirme con ella. Notaba a los agentes al otro lado de la puerta.